Al carretón se le quebró la rueda

Plena avenida doce, siete y media de la mañana. Al carretón se le quebró la rueda: no aguantó el peso de las frutas. Alrededor, una gran presa. Papayas, piñas, bananos, naranjas que rodaron algunas por la calle mientras otras se quedaron apretujadas en el cajón, con sus colores vivos y alegres marcando el contraste con el despintado tono gris del carretón y su herrumbrada rueda torcida hacia adentro. Pitos y gritos y malas caras: ¡muévanse, muévanse! Pero nada que hacer: solo esperar mientras los dos campesinos de ciudad que empujaban el carretón de frutas recogían las que podían de la calle – con una cara de congoja que no supe si era más por las frutas perdidas o por los reclamos de los choferes – y bajaban las otras del carretón para intentar enderezar la rueda, tan torcida como ellos.

Finalmente, se hizo un espacio y pasamos. En el camino vi tres más. Cocos y pipas con una hielera en uno; bolsas de no se qué en otro; otro más, vacío. Todos empujados por alguien que, a pulso, llevaba su carga hacia algún punto o iba en busca de una nueva carga. Otro más. ¿Cuántos son? Usualmente no los vemos, aunque estén siempre ahí. No los vemos, excepto cuando estorban porque se les tuerce la rueda y se cae la fruta y provocan una presa o simplemente porque, lentos, no nos dejan pasar, veloces, hacia nuestro trabajo, reunión, gimnasio, en fin, hacia donde sea que vayamos.

Nos molestan como molestan también esas personas ¿cuántas serán? que en el semáforo, en el alto, en la presa, se acercan ¿con qué derecho? a la ventana del carro (que cerramos rápidamente si no iba ya cautamente cerrada). A veces son chiquillos que debieran estar en la escuela o, tal vez – es difícil precisar su edad – en el colegio; aunque, por la pinta, muchos parecen haber pasado el punto del no retorno. Otras veces son más bien viejos, viejas, personas envejecidas que debieran estar más bien en casa ¿tendrán? chineando nietos… pero no: están ahí, siempre en su esquina. Muchas veces son hombres o mujeres que ofrecen cuanto chunche se ofrezca: chicles, lapiceros, figuritas de palma, aditamentos para celulares (siempre me he preguntado si venderán alguno); o que, simplemente, extienden la mano y una mirada que, ventana cerrada y puerta con seguro, esquivamos. ¿Por qué no estarán trabajando – pensamos – en vez de…? Pero ¿qué digo? Este es su trabajo, su empleo, su modus vivendi… porque no hay o, más bien, no hay para ellos más que este tipo de trabajo: esperando el rojo del semáforo o empujando a pulso un carretón descolorido con ruedas lentas y enclenques.

Gente, simple gente… a la que no le llegó o se le pasó el turno cuando repartimos oportunidades y derechos. Entonces los vemos: cuando nos estorban, nos atrasan, nos ofrecen, nos reclaman… Y aceleramos. ¿Nos asustan?

Fuente:

Leonardo Garnier
Ecadémico, Economista, Ex Ministro de Planificación y  Ministro de Educación en dos Administraciones
Sub/versiones leonardogarnier.com
También publicado en La Nación: 22 noviembre, 2015

www.larevista.cr

Deja un comentario