Nuestro comportamiento ¿frente a las elecciones o la democracia?

Coincidimos en muchos aspectos con Saúl Weisleder, articulista frecuente, economista, político, sociólogo y, sobre todo, gran amigo de quienes integramos este medio digital. Hace unas pocas semanas escribió un artículo en el que pedía que actuáramos con dignidad y su lectura nos dejó la duda ¿es falta de dignidad parte de la problemática nacional? ¿No es la irritación y el enojo una expresión más auténtica de las circunstancias por las que pasa el país y una presión más fuerte por el cambio que los políticos nos siguen debiendo? Quisimos dar algunas respuestas a esas preguntas, pero se nos quedaron “en el tintero”.

No obstante, hoy el mismo matutino nos trae otra nueva reflexión de Saúl, a la que queremos referirnos, en cierta forma con un contenido similar al que le habríamos dado en la búsqueda de respuestas a las anteriores preguntas. Nos parece que hay similitudes entre su pensamiento y el nuestro, pero también una diferencia fundamental. Nosotros ya no defendemos la democracia, en su forma actual, como solución a los serios problemas que enfrenta nuestro país, o los países de la nuestra región y, de alguna manera, muchos de los países del mundo occidental. Tal vez parafraseando a Churchill, no creemos que la democracia es la menos peor de las organizaciones políticas existentes, simplemente es un mal sistema que demanda correctivos de contenido o enfoque, si queremos realmente que sea abrazada por nuestros pueblos y que se imponga sobre cualquier forma de organización, incluidos el populismo o el autoritarismo.

Nuestra visión es que la democracia llega a un nivel casi perfecto en sus componentes liberales, de los cuales dependen nuestras libertades y derechos humanos fundamentales. Por supuesto, esto no es poca cosa y debemos protegerlos y reforzarlos en la medida de nuestras experiencias y posibilidades. Falla, sin embargo, en hacer que esos componentes estén accesibles para toda la población. Pero la realidad es que esa democracia no está hecha para todos, que hay importantes sectores que quedan sistemáticamente excluidos y que ello es la fuente inestabilidad, irritación y enojo que dominan en muchos de nuestros países como un sentimiento de alcance nacional.

Agregaríamos, para ser más contundentes que, mientras la democracia no sea para todos, habrá sectores que “tienen poco que perder” y estarán dispuestos a correr riesgos optando por otros sistemas. Además, concreto nuestra posición en la siguiente manera: la gran falla de la democracia reside en su incapacidad para hacer que su instrumento principal, el Estado, pueda funcionar, de acuerdo con criterios y tecnologías existentes, para utilizar sus vastos recursos de forma tal que lleven bienestar, sino a toda la población, al menos sin las groseras diferencias que producen irritación, enojo e inestabilidad social.

Saúl es también contundente cuando nos dice: “Pero es esencial entender esta premisa fundamental a la hora de juzgar al país y a sus responsables políticos. De lo contrario, deberíamos esperar más frustración y desánimo, abonaremos al desencanto y contribuiremos a debilitar y quebrar ese aire puro que hemos respirado todos los que aquí habitamos, nuestra libertad y nuestra democracia. “Así van muriendo las democracias”, dijo alguien ya hace décadas, ante intentos extremistas y demagógicos”. A lo que respondemos: ese aire puro que hemos respirado todos”, se agotó con el agotamiento de la Segunda República y quienes la recordamos somos la generación más vieja, una minoría con respecto a la que hoy enfrenta un mundo distinto, por cierto, descrito con bastante claridad en otra intervención periodística anterior de Saúl.

Lo que Saúl nos propone tiene poco que ver con la crisis por la que atraviesa nuestra democracia. Uno, la elección de nuestros diputados, surge del “buen” juicio de las jerarquías partidarias que nos entregan una lista, producto de juegos políticos, algunos “sanos” y otros tramposos, en los que se baraja interés especial y con frecuencia del tamaño de la chequera. Otro, la falta de distritos electorales que permitan algún nivel de compromiso político cuando se eligen los diputados y la posibilidad de rendición de cuentas, sobre alguna base regional o local. También tienen algún grado de irrelevancia los programas que son, en su mayoría, buenos para nuestras realidades. Lo sabe Saúl porque él ha tenido una fuerte participación en algún programa reciente. Pero ¿de qué sirven los programas, si no se cumplen? Es por ello que una creciente proporción de votantes simplemente le dan la espalda al proceso electoral y que hoy, según todas las encuestas, los indecisos representan el bloque más numeroso.

Nos preguntarán, entonces ¿cuáles son las opciones que tenemos? Nuestra respuesta es simple: reconstruir la democracia. No es tarea simple, pero es posible. Hay infinidad de diagnósticos que apuntan en la dirección correcta y contamos también con propuestas concretas, entre ellas, las que nos entregaron los “notables” nombrados por la Administración Chinchilla Miranda, aunque sin la fuerza política y la convicción para impulsar la discusión y la adopción de propuestas de cambio muy sensatas. En esta línea de análisis, recomendamos el excelente artículo Foro, concertación y acuerdo nacional, del economista Miguel Gutierrez Saxe, que apareció en La Nación del pasado domingo 10 de septiembre. Nosotros agregaríamos que lo que ha faltado es la posibilidad de integrar un acuerdo nacional de cambio, porque la población está preparada para ello, aunque no hemos tenido el liderazgo político para darle forma, plantear la discusión nacional y adoptar un mapa de ruta para el cambio.

No podemos dejar de mencionar cuáles son algunos de los componentes de cambio necesarios para hacer que los recursos cuantiosos del Estado costarricense favorezcan a toda la población, sin las groseras exclusiones que hoy arrastramos. Lo hacemos en forma de listado: restitución de la autoridad presidencial; recuperar la visión del Estado Unitario y desarrollar estrategias sobre las bases de la totalidad de las entidades públicas, es decir, el Gobierno Central, las instituciones autónomas, las empresas del Estado y el régimen municipal; racionalizar el Estado, inmanejable con más más de 330 entidades públicas y más de 300 mil funcionarios; recomponer el régimen laboral para equilibrar estímulos y disuasivos en beneficio de la productividad y de la renovación de la ética de servicio público, hoy destruida por un patrimonialismo excesivo; rediseñar un nuevo sistema de gestión pública que redefina el nivel político y el nivel técnico, en ambos casos con elementos de rendición de cuentas muy claros; y, reconstruir la tramitología empleada en función de resultados, que además sirva como base del proceso presupuestario.

Para que nuestra democracia funcione, también se requieren reformas políticas, entre ellas hacer una nueva división política administrativa del territorio nacional; recuperar la soberanía del congreso, mediante el voto directo de una buena mayoría de los diputados; crear instrumentos objetivos de rendición de cuentas, destacando en el campo político las Políticas de Estado como los principales productos de la Presidencia y de sus ministros, tanto como su capacidad para controlar su ejecución; recuperar la democracia de los procesos legislativos con una reforma sustancial del reglamento del congreso; y, crear un sistema de rendición de cuentas para la actividad legislativa que incluya la participación local y regional. Las reformas políticas deben abrir mayores oportunidades de participación civil, a través de los distritos electorales.

¿Es posible crear un acuerdo nacional y transformar la democracia? Lo hicimos en el 48, pero las circunstancias son hoy bien distintas. Insistimos sobre la idea de un proyecto nacional, que una al país en torno a transformaciones institucionales de fondo. Sin ellas, no habrá “buen gobierno” que nos lleve, de nuevo, por la ruta del progreso. Lo más importante es que el país está preparado para ello. Nos falta el liderazgo político. No hay razón para pensar que no existe en el entorno actual, alguien que, privilegiando el interés nacional, se pueda liberar de las rigideces ideológicas que nos dividen y que focalice la solución de problemas, como fuente de energía nacional para actuar en concordancia con la naturaleza del reto. Por supuesto, ofrecemos este mismo espacio si Saúl quiere referirse o rebatir nuestras ideas.