Floro y Solís: un síndrome en común

Recién llegado a Alajuela, los aficionados de la Liga hacían fila para ingresar al estadio donde se le rendiría un homenaje de bienvenida a Benito Floro, el técnico que había dirigido al Real Madrid años atrás y llenaba de esperanzas de cambio al equipo de fútbol, que también acababa de inaugurar presidente.

Más de un millón trescientos mil ciudadanos votaron en el 2014 por Luis Guillermo Solís para Presidente de la República quien, para la gran mayoría de ese momento, representaba la renovación y la esperanza de solucionar los grandes problemas del país.

Transcurridas las semanas y meses, Benito Floro desde lo más alto en su equipo comienza a introducir cambios, pero la fortuna no lo acompaña y los resultados son escasos o no existen. La Liga no levanta cabeza; la afición le reclama los fallos tanto en el campeonato nacional como en las salidas al extranjero, donde hacen el papelón.

No había pasado un año cuando el Presidente se ve enfrentado a las contradicciones. Sus decisiones no coinciden con los postulados de campaña, ni siquiera se perfilan cambio en materia de austeridad e imposición de la ética como regla para gobernar. Las críticas y acusaciones por excesivos viajes al exterior, nombramientos ilegales, tráfico de influencias, mal manejo de los bancos e incapacidad demostrada en el manejo de las finanzas de Estado, marcan la desilusión de los electores.

Pareciera que Benito Floro y el Presidente Solís, desde diferentes sillas, comparten un síndrome común. ¿Cómo llamarlo? Tal vez el “síndrome de las promesas incumplidas”.

En uno y otro caso, las personas reaccionan pasiva pero enérgicamente. Se sienten defraudadas; parece que alguien les mintió y eso duele.

En Alajuela, porque el equipo de sus amores, a pesar de los títulos y pedigrí del entrenador español, no obtuvo los resultados que todos esperaban.

En el país, porque el candidato que ofreció un gobierno de cambio no lo hizo ni le alcanza el tiempo para hacerlo. Dejó al costarricense frustrado por la incapacidad de su equipo de gobierno y su falta de claridad y honestidad en el manejo de los recursos públicos, salvándose por supuesto los bien intencionados y rectilíneos en sus principios.

Concluyendo, aunque Benito Floro no haya visitado Zapote ni el Presidente Solís haya estado en la gramilla del Morera Soto, el contagio del “síndrome de las promesas incumplidas” traspasó las barreras del tiempo y lugar, dejándonos atónitos al convertirse en paradigma casi científico.