Populismo al acecho

El populismo está de moda alrededor del mundo. También está de moda buscar al culpable en sus propias inconsistencias. Es un caso típico de buscar la paja en el ojo ajeno e ignorar la biga en el propio. Lo que los analistas no hacen es auscultar en busca de las causas en las fallas de una democracia imperfecta, que es la que impulsa el populismo. En Costa Rica las señales del rechazo a los movimientos y a la política tradicional claman por la atención de la clase política, que se mantiene insensible.

El Latinobarómetro 2013 señaló que el 38% de la población tica aceptaría o sería indiferente a un gobierno autoritario. Las elecciones del 2014 lograron movilizar en favor del Presidente Solís 1,3 millones de votos, posiblemente motivados por la campaña a ritmo de quemacocos y la incumplida promesa de cambio. Una cifra muy parecida de votantes le dio la espalda al proceso electoral. Luego, en las elecciones municipales, la abstención superó el 65%. Un sondeo de la UCR advierte que más del 71% de los votantes no encuentra acomodo en ninguno de los muchos partidos políticos que congestionan el entorno nacional. Otras encuestas sugieren que las elecciones del 2018 tendrán, cuando más, la participación del 50% de los votantes. Si esto ocurre, el presidente que resulte electo solo tendrá el respaldo de un 20% de los ciudadanos calificados para votar, lo que implica un mandato soberano débil y un presidente con escaso respaldo popular. La base de la democracia se encuentra en franco deterioro. Si el populismo se mostró en las elecciones del 2014, en el 2018 puede darnos grandes sorpresas. Un candidato, sin una ideología definida, con un discurso contundente pero limitado a un par de ideas centrales, hasta hace unos días sin partido, sin haber invertido un centavo en campaña, se ubica en las preferencias nacionales en segundo lugar, cerca del margen de error con respecto al candidato mayoritario.

¿Cuál es la esencia del problema? Desde la revolución que los socialcristianos y socialdemócratas nos dieron en la década de 1940, el Estado asumió una participación activa en el bienestar de la población. La Segunda República fue la respuesta exitosa a un país agrario, monoexportador, en el que la gran mayoría éramos pobres. La expectativa de vida, que entonces rondaba los 50 años, hoy llega a los 80 y compartimos varios indicadores con países desarrollados. Costa Rica lidera el desarrollo social de América Latina y el Caribe, según el IPC, que cuenta con más de 50 indicadores. La participación del Estado en el desarrollo se toma como un hecho natural, dada su participación decisiva en salud, educación, crecimiento, infraestructura, seguridad, energía, etc. Sin embargo, las condiciones han cambiado, las expectativas han crecido y el entorno global ha exacerbado las condiciones de irritación nacional.

La democracia nos ha fallado y la población no espera, de ella y de los políticos, la visión y el carácter necesario para salir del atolladero en que nos encontramos. En las últimas décadas hemos construido un Estado inmanejable y costosísimo, que produce poco y que, en muchos sentidos, es el gran enemigo del desarrollo. La maraña judicial y política es el gran obstáculo a todo proyecto de desarrollo y al crecimiento. Según el presupuesto del 2015, el Estado nos costó 22 billones de colones, que equivalen al 77% del PIB, está conformado por más de 330 entidades públicas que se duplican y traslapan, y más de 300 mil funcionarios, que no sabemos qué hacen porque los sindicatos no permiten la evaluación del desempeño. En esencia, hemos creado un monstruo inmanejable, a un costo oneroso, que la gente no quiere sufragar. Los costos de la ineficiencia, fácilmente superan los $8.000 millones anuales, cifra varias veces superior al déficit fiscal. En esos niveles de despilfarro subyacen las causas de nuestro insuficiente desarrollo, la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades y, la incapacidad para responder a los retos del entorno global y de la nueva economía.

Somos un país diferente, pero no inmune a los riesgos del populismo que ya está con nosotros ¿Tendremos la capacidad para reconstruir la democracia y demostrar que es la vía al desarrollo con equidad? Piense usted amigo lector: 1) construimos el Estado en unos 50 años, sin grandes conflictos bélicos, mientras otros se tardaron más y enfrentaron guerras fratricidas; 2) dimos un gran salto cualitativo en favor de una democracia sólida, especialmente en la década de 1870, de donde viene nuestra Constitución; 3) hicimos una revolución exitosa en la década de 1940; 4) caminamos por el sendero del progreso desde entonces, siendo el único en ALC que lo hizo sin la presencia de dictaduras y conflictos bélicos internos; 5) eliminamos el ejército; 6) nos constituimos en los arquitectos de la paz en Centro América, enfrentando a las grandes potencias mundiales; y, 7) según el IPC, encabezamos el desarrollo social de ALC. Sí, somos un país distinto, a pesar del aparente agotamiento en visión y capacidad para construir y enfrentar los retos de la coyuntura actual ¿Podrá el país movilizar sus recursos y voluntad de cambio para recuperar la senda del progreso? Esto lo veremos en el siguiente editorial.