¿El confuso entorno político que empieza a dibujarse de cara a las elecciones del 2018?

Se pregunta un analista por quién votaría usted en la coyuntura política actual. Dice que una encuesta de Cid-Gallup deja grandes interrogantes. “Un 29% se inclinó por Antonio Álvarez (PLN); un 24% por Juan Diego Castro (aún sin partido que lo apadrine); el 22% no tiene partido ni candidato; Rodolfo Piza (PUSC) remonta al 11%; Otto Guevara (ML), 8%; Rodolfo Hernández (PRSC), 4%; y Carlos Alvarado (PAC), apenas un 2%”. Sin embargo, el mismo analista parece entrar en contradicción cuando señala que “Al agregar la adhesión por partidos, PLN acapara el 33%; PUSC y PAC empatan con el 7%; FA cae al 1%; y “otros”, un 3%. Lo relevante es que los sin partido representan el 48%” (ver Aquí). En realidad, la sumatoria de todos los partidos es 51% y los desafiliados, como los hemos llamado nosotros, suman el 49%.

La duda del analista se plantea en términos de a qué partido o candidato podría ir ese 49%, con lo cual cualquiera podría resultar electo. En realidad, pareciera que no es una posibilidad estadística real, porque, según la teoría, los votos de los indecisos se distribuirían, en forma más o menos proporcional al peso relativo de cada partido o candidato. Pero hay otra hipótesis que hemos planteado en nuestro editorial Los riesgos del populismo en Costa Rica. Según hemos dicho, hay una serie de señales claras, que hacen que un sector importante se aísle del proceso electoral, esencialmente porque no confía en la capacidad de los políticos, o de la democracia, para resolver los serios retos que enfrenta el país. Mencionemos solo dos de esas señales: una, que, según el Latinobarómetro 2013, el 38% de los votantes aceptarían un gobierno autocrático y, dos, un reciente sondeo de la UCR, según el cual el 71% de los costarricenses no se siente representado por ningún partido, mientras otras encuestas sugieren que, en el proceso electoral del 2018, solo el 50% de los votantes participarían. Lo cual es coincidente con las cifras antes mostradas por la encuesta Cid-Gallup.

Por supuesto, las encuestas son solo una fotografía del momento y sus resultados pueden cambiar con la evolución de ese “momento”. No obstante, nuestra hipótesis es que, a falta de una visión de cambio más contundente por la clase política, el rechazo a los partidos tradicionales se podría acentuar, en beneficio de la posición del “polémico y populista” Juan Diego Castro. ¿Cuáles son los riesgos involucrados? La Administración Solís Rivera pasará sin pena, ni gloria. Será la emulación de lo que ocurrió en el período 2002-2006, pero, más importante, exacerbó el enojo de la población, que creyó en la incumplida promesa de cambio, tema central de la campaña electoral.

En realidad, Costa Rica ha tenido pocos éxitos desde la década de 1980. El Gobierno del período 1982-1986 nos dio la superación de la difícil crisis que dominó la administración anterior; la administración siguiente logró la paz de Centro América y la del 2006-2010 produjo las aperturas que ya venían asomando, desde los 80, con el abandono del modelo de sustitución de importaciones. De otra forma, no ha habido grandes iniciativas, en especial que tengan un contenido social y que impacten en los altos niveles de pobreza y desigualdad. Nuestro Estado, que en el 2015 nos costó el equivalente al 77% del PIB, entró en un proceso de agotamiento total. Es hoy nuestro gran problema, principalmente por la magnitud del despilfarro de recursos, que estimamos conservadoramente en unos $8000 millones por año, una cifra muy superior al déficit fiscal. El aporte al desarrollo en equidad es mínimo y con frecuencia es su mayor obstáculo, incapaz incluso de ejecutar pequeños proyectos.

Los políticos y los partidos tradicionales, que nos dieron la revolución de la década de 1940, han perdido su encanto. Desde la década de 1980 han hecho poco en favor del bienestar de las mayorías. Si bien el país vive de las conquistas que ellos impulsaron, es insuficiente para las condiciones que alimentan ese enojo popular. La pobreza cubre a una cuarta parte de la población y la desigualdad aumenta en volumen y en irritación social. La globalización y la nueva economía, con la transnacionalización de los mercados laborales, han agregado incertidumbre e irritación a la clase media. La aparición de un candidato, con fuerza política y sin partido, es el populismo que toca nuestras puertas ¿Reaccionarán los partidos tradicionales, con propuestas de cambio, coherentes con la magnitud de los retos actuales? Somos pesimistas, pero esa es la gran interrogante.