Reflexiones sobre los debates preelectorales

Los debates entre los precandidatos del Partido Liberación Nacional (PLN), de cara a las elecciones de febrero 2018, ha puesto en discusión el tema de las disculpas. Eso pareciera relevante en el caso de José María Figueres, a quien se le cuestiona una falta ética por recibir una suma mayor a $900 mil por un trabajo, cuyo contrato no existió y tampoco la evidencia del trabajo realizado. También lo es para Antonio Alvarez Desanti, quien se retiró con fuertes critica del PLN, para luego regresar y ser hoy un precandidato, quien, con Figueres, tiene las mejores perspectivas de constituirse en candidato. Sin embargo, la relevancia se pierde cuando el país se encuentra estancado, frente a retos que deben encararse con el propósito específico de resolver los serios problemas de pobreza y desigualdad. Nuestra mira debería estar puesta en el futuro.

Los debates son importantes para la democracia, pero, en los que hemos tenido, se busca el factor mediático explosivo, más que las ideas de fondo sobre la propuesta cuyos perfiles ya deberían tener los precandidatos. En materia de disculpas, predomina el deseo de exhibir la paja en el ojo ajeno y ocultar la viga en el la propio. Los serios problemas que encara Costa Rica, talvez producto de una coyuntura internacional, han sido creación del sistema político/institucional, producto del aporte de todas las agrupaciones políticas. Todas ellas necesitarían ofrecer disculpas al país, pero la población que las reciba tampoco está exenta de culpa, para asumir el rol de parte ofendida, porque todos hemos sido parte integral de los partidos. Por lo menos hasta ahora, porque en años más recientes, la población se está aislando del proceso electoral, pilar fundamental de la democracia. De modo que, lo que corresponde, es fijar la atención en el futuro: ¿qué hacer, cómo hacerlo, cuándo y con quién? Dicho esto, conviene aportar algunas críticas, pensando más en el proceso que habrá de continuar, cuando cada partido tenga su candidato.

Primero, llama la atención la pretensión de algunos precandidatos a enfatizar el tema ideológico. La ideología es necesaria a lo interno de cada partido, porque define los valores que sirven como parámetros de actuación política. Pero, el diablo está en los detalles y, en la historia política reciente, todos los gobiernos han venido actuando al ritmo de las presiones de un Estado crecientemente corporativo. Además, el atomizado entorno político, conformado hoy por varias decenas de partidos, la distinción ideológica se vuelve un asunto retórico. El debate debería enfocarse en los grandes problemas nacionales que nos tienen en la situación en que estamos. Tómese en consideración que el sector votante mayor de 50 años, que arrastra memoria histórica de los acontecimientos de nuestro desarrollo a partir de la década de 1950, cuyos principales actores fueron los hoy llamados partidos tradicionales, suman solo el 25% de los electores. La nueva generación, entre 18 y 49 años, conforma una contundente mayoría cercana al 50% del electorado, condicionada por el nuevo entorno social y económico, más intuitiva y nada sensible al pensamiento reflexivo de sus padres.

Segundo, el actor principal de nuestra problemática ha estado ausente. Nos referimos a Estado disfuncional, cuya renovación constituye el principal reto nacional. Sin reformas sustanciales, los planteamientos que los precandidatos nos hacen, no tienen viabilidad. Además, pareciera que no tenemos una dimensión apropiada del problema. Véase de esta manera: el déficit fiscal, un problema de urgente solución, se encuentra hoy por debajo del 6% del PIB nacional. El costo de la ineficiencia alcanza, fácilmente, unos $8000 millones por año, más o menos el 20% del costo del Estado y el 16% del PIB, es decir, casi tres veces el déficit fiscal. Peor, ese Estado que hoy se ha vuelto el principal obstáculo a todo proyecto de desarrollo, es el principal responsable de que la sociedad como un todo no disfrute de niveles superiores de bienestar, sin las groseras exclusiones que hoy arrastramos. La visión estatal es importante. Si no movilizamos sus vastos recursos, los que tienen que ver con energía, salud, puertos, crédito, etc., nos quedaremos pegados a mitad del camino. La visión gobierno central no debe prevalecer en las reformas que demanda el país.

Tercero, la democracia está en riesgo y los políticos parecen ignorarlo. El país no avanzará si no superamos el síndrome del nadadito de perro. Tenemos grandes problemas, que podrían ser grandes emergencias y que demandan planteamientos de emergencia. En materia reforma del Estado, de seguridad, de infraestructura, de educación, de salud, de gobernabilidad, los políticos y el país debería establecer grandes estrategias de cambio, a ser ejecutadas mediante procesos de excepción, que seguro la población está ansiosa de apoyar. Sin esas transformaciones, que demuestren que el buen gobierno ha llegado y que, además de las bellezas de nuestra institucionalidad liberal, también se atiende el bienestar material de la población, nuestro país, igual que otros, es tierra fértil para al populismo, del cual ya estamos presenciando algunos brotes. Los políticos deberían poner atención a un sondeo reciente que sugiere que el 71% de la población tiende a disociarse de los muchos partidos, hoy prestos para saltar a la palestra electoral.

Cuarto, ninguno de los candidatos ha presentado una estrategia más o menos integral, que permita apreciar cuál es su propuesta de gobierno. O, al menos, no lo ha hecho en la forma y con la brevedad que le permita al ciudadano valorar su relevancia, relativa a los problemas que hoy encara al país. Es un tema de intencionalidad, contenido y estrategia de comunicación. Los documentos largos nadie los lee y son irrelevantes como fuente de información popular. El electorado necesita información clara y contundente, pero también breve.

Quinto, la credibilidad de la propuesta política (económica y social) solo la aportará la mayor evidencia objetiva posible de que será implementada en el corto período 2018-2022, con su respectivo mapa de ruta. Tres preguntas deberían merecer muy clara respuesta:

¿cómo se lograrán los acuerdos en nuestro entorno político atomizada?

¿cómo se hará para que los tres poderes del Estado se articulen en el proceso para aprobar los proyectos y evitar que la Sala IV los tumbe (caso de las reformas impositivas, por muchos años), todo en coherencia con la brevedad del período presidencial?, y

¿cómo superarán el síndrome de La Platina, la incapacidad para movilizar procesos y recursos, pero sobre todo para alcanzar resultados en plazos perentorios y en condiciones razonables de calidad, oportunidad y costo?

Los debates preelectorales no deberían aclarar todas esas cosas, solo darnos una muestra de intencionalidad y dirección. Sí deberían hacerlo los electorales, dados los riesgos de otros 4 años de estancamiento. Los políticos deben cuidarse de las buenas noticias de los indicadores económicos, que nos dicen que el país está bien, solo porque superan la media de la región. Un crecimiento cercano al 4%, es apenas la mitad de lo que necesitamos para nuestra realidad y aspiraciones. Este no es un tema económico, como no lo fue la Segunda República, nuestro principal impulso al desarrollo desde finales del siglo XIX. Es un tema de visión y carácter político. Hay que asumir grandes empresas, porque las necesitamos y porque es la única vía para alcanzar el nivel de crecimiento necesario para superar los problemas de pobreza y desigualdad.