Trump recibe el primer golpe y tal vez la primera lección sobre gestión pública

Hemos tratado, en editoriales previos, de establecer la diferencia entre la organización pública y la organización de mercado, señalando que la excelencia de la primera la determina la equidad y, la de la segunda, la eficiencia. Es simple, el Estado está construido bajo imperativos sociales que movilizan sus vastos procesos y recursos y, lo hacen, a través principalmente de la noción de coberturas universales, para toda la población en todo el territorio nacional, o específicas, por factor de riesgo. La organización de mercado se aferra a la eficiencia por su relación con los costos y de éstos con el lucro. Todo lo cual no implica que la equidad no sea pertinente en la organización social, al igual que la eficiencia en la organización pública. Pero en ambos casos actúan como un factor subsidiario, aunque, nuevamente, hay otra diferencia importante: la eficiencia en la administración pública tiene un contenido ético, porque el uso productivo de los recursos tiene el potencial de liberar recursos para mejorar en calidad y cantidad las coberturas.

Trump dijo, en forma reiterada, que cambiaría a Washington (la capital federal) y lo haría con gran simplicidad, dada su capacidad de negociador, demostrada por el enorme capital que ha acumulado. Grave equivocación. Una de sus promesas para los primeros días de gobierno, era acabar (repeal) con el sistema de salud de la anterior administración, reconocido como Obamacare y adoptar otro sustitutivo, de menor costo, en virtud de que funcionaría dentro de las reglas del mercado y la competencia. Pero la cosa no es tan simple. Primero, el entorno y las modalidades de negociación en el sector privado difieren en mucho de las del sector público. Trump, tenía 235 congresistas republicanos y necesitaba solo 216 para acabar el Obamacare y aprobar su proyecto sustitutivo. Pero no consiguió el respaldo de su partido y, por supuesto, menos el de los demócratas. Guardando un paralelismo con nuestra anterior referencia a equidad y eficiencia, pareciera que los argumentos económicos que maneja Trump, el empresario capitalista, son más contundentes que los valores del mundo de la política.

Tampoco está claro que la propuesta de Trump genere los beneficios esperados, de abaratar las coberturas y hacer la salud más accesible a la población. The Guardian, un prestigioso medio, destaca un ejemplo que haría todo lo contrario. Si el seguro médico se negociara de tal manera que el usuario defina sus coberturas, como lo proponía Trump, algunos servicios desaparecían de esas negociaciones (probablemente los más costosos), con lo cual se reduce la demanda y los costos suben en vez de bajar. Por otra parte, si el usuario prescinde de ciertos servicios que tiene que confrontar en algún momento en su vida, cuando esto ocurra no tendrá el dinero necesario para financiarlo. La población sería sometida a un sacrificio para superar el doble problema, económico dados los altos costos de ciertas intervenciones médicas y, personal, porque está en juego la salud y tal vez la vida misma del usuario.

Trump no entiende que la atención médica es un servicio muy particular y muy diferente de otros bienes y servicios que se transan en el mercado. Por una parte, el usuario o paciente, no sabe cuál es su malestar, qué especialidad médica es pertinente, cuáles son las causas del malestar y los elementos e insumos que están en juego, tal vez durante un período prolongado. En realidad, lo que se está transando, a un costo impreciso, es una serie de servicios que se estarían dando en un periodo que puede ser extenso.

Pero hay algo más relevante desde el punto de vista de la fuerza y popularidad que el populismo vienen adquiriendo en distintas partes del planeta. Más allá de la inconsistencia del discurso y de la posible paranoia involucrada, Trump parece (solo parece) haber reconocido las diferencias del entorno político y de las particularidades de la gestión pública. Sus contradicciones son famosas, como, frente a una contundente derrota por falta de apoyo republicano, decide categorizarla de triunfo porque, según él, Obamacare implocionará en perjuicio político de sus rivales. Pero, una luz asoma al final del túnel y ahora piensa que hay que iniciar un proceso de negociación diferente, para lograr acuerdos con sus rivales demócratas. Trump ha descubierto el agua tibia: la esencia de la democracia es el proceso de negociación/acuerdo, el cual es distinto en la política con respecto al mundo de los negocios. En el primer caso, confluyen una serie de elementos subjetivos y valores, mientras en el segundo el factor económico es mucho más concreto y fácil de resolver. Si esto es así, se podría augurar que los comportamientos erráticos del Presidente no sigan profundizando la división del país, lo que podría conducir a ingobernabilidad extrema, matizada por los brotes de protesta que ya se han venido produciendo.

Un comportamiento más racional, podría generar un cambio positivo, que aleje los fantasmas de incertidumbre que Trump ha causado en los países con los que tiene una relación cercana, en Costa Rica por ser nuestro principal socio comercial. Más allá de ello, queremos concluir estas notas con una aclaración en cuanto a las diferencias que hemos anotado entre los procesos de gestión público y privado, social o de mercado. La hemos planteado en un editorial previo, pero parece pertinente volver sobre el tema.

Hemos dicho que la equidad es el principal factor de excelencia de la administración pública. Costa Rica decidió, con la Segunda República, dotar de cobertura universal en electricidad, salud y educación a toda la población. Los costos del ICE, de la CCSS y de la educación pública son gigantescos. Si la consideración hubiera sido económica y de costos, nunca lo habríamos hecho. Sin embargo, nuestros líderes visionarios de la década de 1940, los asumieron como imperativos sociales, sin los cuales no se podría lograr el desarrollo que el país alcanzó en las décadas siguientes. Y, sin embargo, fue posible hacerlo y elevar el nivel de bienestar de toda la población.

Dicho esto, es necesario enfatizar que esas decisiones son esencialmente políticas. Tendríamos mayores beneficios, si los gobiernos se enfocaran como más atención en el establecimiento de una Política Nacional de Estado y, en Políticas de Estado para cada sector. Algunos gobiernos lo han hecho, pero en general el país adolece de grandes directrices, lo que produce confusión, incertidumbre y dispersión de recursos y oportunidades ¿Qué estamos tratando de hacer como sociedad? ¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Cuál es el Estado que queremos reconstruir? ¿Cuáles son los resultados esperados, especialmente en materia de pobreza y desigualdad? Esas son, entre otras, las preguntas cuyas respuestas las encontramos en las políticas de estado y son las que definen la igualdad a la cual aspiramos.

Pero, si tenemos carencias en materia de política pública, en su ejecución la situación es peor. La Platina se ha vuelto un símbolo de ineficiencia extrema y costosa, pero los ejemplos abundan en el Gobierno Central, las instituciones autónomas y las empresas del Estado. No hemos entendido que este es un proceso técnico, a cargo de gerentes de altos niveles de competencia, en la gestión de procesos, tecnología y recursos. Si bien la equidad es el componente más importante de la política pública, en su ejecución lo es la eficiencia. Es la condición necesaria para que las políticas se ejecuten, bajo los principios de equidad que éstas definen y, en condiciones de calidad, oportunidad y costo razonables. Esto no le hemos entendido y la política sigue causando estragos en el funcionamiento institucional, como son evidentes hoy, en el más reciente escándalo, la corrupción del sistema cooperativo.

La democracia en la región de ALC cojea, en buena parte, porque no hemos entendido esta relación entre política y técnica, que guarda un paralelismo con equidad y eficiencia. Costa Rica ha hecho notables progresos, como desechar el ejército, impulsar la paz en Centro América y ser único en la región en alcanzar un notable progreso social, en democracia. Otros países se desangraron por conflicto bélicos internos y dictaduras. Pero hoy nuestro país no está exento del riesgo del populismo. Lograr este equilibrio entre política y técnica podría ser la vía para demostrar que sí se pueden procurar los beneficios políticos de la democracia liberal, sin sacrificar el bienestar material de la población y su dignidad. Sería otro aporte histórico de nuestro país a la democracia y a la región.