Los riesgos país de la campaña política hacia el 2018

A río revuelto, ganancia de pescadores, reza una vieja expresión popular. Hoy el entorno político es río revuelto y no sabemos cuáles pescadores ganarán. Hay enojo popular porque el país está parado, con altos índices de pobreza y desigualdad, mientras el crecimiento no ofrece oportunidades para los sectores en riesgo social. Hay una creciente sensación de que la política y los políticos son puro chorizo. Algunos comportamientos tienden a confirmar un cierto nivel de parasitismo político y violaciones éticas: los pagos que el Gobierno del PAC, el partido de la ética, hace a tres viceministras por incentivo de prohibición, cuando, aparentemente, no cumplen los requisitos para ello; los directivos del Banco Nacional que intentaron autonombrarse también en las juntas directivas de sus afiliadas; una iniciativa de los diputados para aumentar el número de directivos del Banco Popular y reducir los requisitos para garantizar acceso a esos cargos cuando terminen su gestión legislativa; y, diputados rehúyen impulsar reforma legal para introducir un código de ética para el congreso, ignorando una sentencia de la Sala Constitucional de hace 7 años.

El Gobierno del Presidente Solís Rivera, que prometió un cambio y luego lo ignoró, ha revivido la convicción de que los gobiernos incumplen su compromiso electoral. Para qué votar si casi todos los gobiernos no quedan debiendo. En el 2014 el 43% de los votantes registrados se abstuvieron y luego, en las elecciones municipales, más del 65% lo hicieron. Un sondeo reciente de la UCR determinó que hoy más del 71% de la población se siente desvinculada de los muchos partidos que conforman el entorno político nacional. Según el Latinobarómetro 2013, un 38% de los ticos aceptarían alguna forma de gobierno autoritario. Nos acecha el riesgo del populismo que crece alrededor del mundo, porque las condiciones nacionales pueden ser propicias para ello ¿Cuáles es el entorno que lo puede favorecer? Veamos:

La clase política ignora el sentimiento de enojo nacional: indicadores de un profundo enojo porque el país se encuentra en parálisis y el costosísimo Estado no aporta en la solución de los grandes problemas nacionales, parecen ser ignorados por los partidos y los políticos. No hay claridad sobre la magnitud de la crisis y los graves costos que la población tendrá que pagar por la inacción política. Parece haber consciencia sobre la necesidad de acuerdos, para superar la atomización del entorno político, pero falta voluntad para actuar en consecuencia. El enojo se acumula, como es evidente de los indicadores antes mencionados.

Ideología: algunos partidos han querido volver al pasado, prometiendo recuperar los valores perdidos. Esto es particularmente cierto para las tendencias tradicionales. Cierto que el socialcristianismo inició la revolución en la década de los 40, con la seguridad social y las garantías sociales; y que los socialdemócratas la profundizó con la Segunda República, impulsando el bienestar social, al punto que hoy tenemos indicadores propios de países desarrollados. Pero el país no quiere ideología, está cansado de la retórica política y privilegia la solución de problemas.

Discurso político: al iniciarse la actividad política de cara al 2018, hay alguna evidencia de que los partidos tradicionales siguen una retórica tradicional. En el nuevo entorno global, el pueblo privilegia el discurso corto, simple y directo, referido a problemas y soluciones para los males que aqueja a la Nación. Los políticos en los partidos tradicionales (también en otros) siguen empleando un lenguaje que no llega al nuevo electorado.

Inconsistencia entre las propuestas y la magnitud del problema: falta visión, como la que tuvieron los liderazgos socialcristianos y socialdemócratas de los 40. En la mayoría de los casos, esa visión alcanza solo a reformas parciales, insuficientes para atender los problemas nacionales más relevantes, que se proyectan a la totalidad del Estado y a la política. El Estado creció más allá de lo necesario y, con más de 300 entidades públicas y más de 300 mil funcionarios, es inmanejable. La política es democrática a medias, con legisladores impuestos por las cúpulas políticas, que no logran crear un nexo de representación por distritos electorales. No hay dirección, porque no hay Políticas de Estado y tampoco ejecución, como lo reflejan símbolos de la ineficiencia extrema, como La Trocha y la Platina. Urgen grandes reformas estructurales, políticas, institucionales, sociales y económicas. Tal vez incluso un nuevo diseño institucional.

El riesgo del populismo: que el país se quedó pegado, después de un pasado lleno de enormes logros socio-económicos, es un hecho que no admite discusión. En la medida que la población le da la espalda a la política tradicional, las soluciones mágicas y los discursos breves, directos, focalizados sobre los temas que son fuente de gran irritación social, tienen una clara oportunidad de atraer a quienes han perdido la fe en las políticas y en los políticos tradicionales. Como en otros países, posiblemente eso no resolverá la situación, pero para los enojados, tampoco la resuelven los partidos y políticos tradicionales. De modo que, jugársela no implica mayor riesgo, porque el statu quo no es aceptable. En todo caso, es posible que el país tenga que caer al precipicio, con un enorme costo social y económico, para reconstruirlo nuevamente y recuperar la senda del progreso al que todos aspiramos. A menos que la política tradicional despierte de su letargo, cualquiera de las dos vías, la tradicional o la populista, producirá los mismos resultados.