Las causas del populismo y los riesgos para Costa Rica

Eeditoriall tema dominante en la prensa nacional o internacional es ¿Por qué Trump ganó las elecciones presidenciales de EE UU? En realidad, la pregunta que debería preocuparnos y ocuparnos es ¿Qué hace que la población se incline por ofrecimientos fantasiosos, sin que se aporte alguna evidencia objetiva de que tales ofrecimientos serán cumplidos? En adición, tenemos que preguntarnos, por qué la tendencia favorece a propuestas de extrema derecha, que no tienen éxitos históricos que las justifiquen. Aunque, en un sentido más estricto, lo que subyace es alguna forma de populismo, de distinto signo ideológico, que se sustituyen en movimientos de péndulo.

En todo, al menos en Costa Rica, parece que no entendemos cuál es la causa de un entorno de crispación social, que se manifiesta en un severo enojo contra la política tradicional y contra el “sistema”, es decir, contra nuestra democracia. Parece lo que nubla nuestro entendimiento es una aparente contradicción entre nuestros logros históricos y ese enojo contra la política y el político, ambos caracterizados con la expresión popular de chorizo y choricero. Hay, además, indicadores objetivos del enojo, uno de los más claros, que la población le dé la espalda a la más importante institución democrática, el proceso electoral. Para que votar, si los presidentes, incluso los más exitosos, incumplen su compromiso político-electoral. E, incumplen, porque la democracia que hemos construido, no aporta los medios necesarios para ello. Recordemos que el 43% de los votantes se abstuvieron en el 2014 y el 65% lo hicieron en las más recientes elecciones municipales.

Aun así, los partidos y los líderes tradicionales no se han focalizado en las reformas estructurales que hagan del Estado un maquinaria equitativa y eficiencia, en favor del bienestar de toda la sociedad. Hay además un sesgo, en favor de reformas liberales, valiosas para quienes tienen la llave del bienestar económico y, dispensables, para quienes tienen necesidades básicas que no pueden suplir. Lo absurdo de esta situación, es que todos los costarricenses aportamos, como costo de operación del Estado en el 2015, la friolera de 22 billones de colones, que equivalen al 77% del PIB. Si se quiere, es un exceso de recursos, que convive con carencias importantes, originadas en sus modalidades de uso.

Hay también una brecha generacional. La población más vieja, vivimos o fuimos testigos del cambio que se dio, a partir de la década de 1950, con la implementación de la Segunda República. Fuimos, además, beneficiarios de una clase media estable, que perduró por lo menos durante la segunda parte del siglo pasado. La realidad actual ha cambiado. La “nueva” clase media no disfruta de esa estabilidad, en un mundo en el que todo cambia en tiempo real y, por tanto, las competencias están sujetas a la misma transformación. Si a ello se agrega la realidad de mercados laborales internacionales, nos podemos explicar la incertidumbre que sufre es “nueva” clase media. Súmese más de una quinta parte de la población en pobreza, para integrar un sector, tal vez mayoritario, en la que se conjugan estos elementos para generar un estado de crispación social. Y este amplio sector “enojado” no tiene memoria historia que le sirva de referencia para valorar los logros nacionales de la segunda década del siglo pasado. Su reto es cómo lidiar con un entorno en el cual todo es inestable, fluido, que incluyen sus oportunidades de trabajo e ingresos, base de la estabilidad familiar.

La clase media que muchos de nosotros, hoy adultos mayores, integramos, era también reflexiva. Es posible que, por ello, veamos diferente el mundo actual, del cual somos parcialmente parte. Reconocemos los éxitos pasados y vemos con orgullo que el Índice de Progreso Social nos ubica, junto con Uruguay, a la cabeza del desarrollo social de América Latina y el Caribe (ALC). Pero el resto de la sociedad no tiene ese condicionante a su visión. Y, es aquí, donde entra el populismo. Es parte de una oferta, que la recibe una sociedad intuitiva y que es parte de un entorno en continuo proceso de cambio. Sus respuestas son espontáneas, porque la inmediatez es su entorno social y laboral. Si la democracia ofrece y no cumple, el rechazo es espontáneo. La oferta política, igual que su mundo, no está sometida a reflexión y puede ser bálsamo para sus enojos.

Por supuesto, quienes sí estamos generacionalmente predispuestos a la reflexión, nos damos cuenta que, casi como regla general, esos ofrecimientos del populismo tienen un mayor costo social y económico, porque no son sostenibles. La experiencia reciente de ALC está llena de ejemplos del fracaso populista. Uno piensa en la tragedia de Venezuela que, con un supuesto izquierdismo, confirma el fracaso del facilismo ideológico. Pero no hay ninguna evidencia de que el modelo democrático precedente tenga las capacidades para superar ese fracaso y, por tanto, se mantiene la semilla de otra crisis futura. De la misma manera que, en su forma actual, institucionalidad democrática en Costa Rica, carece de la capacidad para transformar su vasta cantidad de recursos del Estado, en crecimiento y mayores oportunidades de empleo e ingresos, sin las groseras exclusiones actuales. El Estado tico es visto hoy, como un conjunto de privilegios abusivos, incapaz de ofrecer resultados que guarden alguna coherencia con la enorme inversión de recursos que aportamos para su funcionamiento, de nuevo, equivalentes al 77% del PIB. Y, esto, es una perversión de la ética del servicio público, cuyo sustento es servir, no servirse. Lo cual justifica el alto nivel de rechazo al proceso electoral y, que hoy, según un sondeo de la UCR, un 71% de la población se disocie de todos los partidos políticos. Este nivel de rechazo político, es un serio riesgo para nuestra estabilidad democrática.

Entonces, el gran reto de la sociedad costarricense, que los políticos parecen ignorar, es cómo construir un Estado que, sin perjuicio de sus ricas conquistas liberales, actúe como una maquinaria eficaz en generar los productos del bienestar social y, además, eficiente en el procesamiento de sus vastos recursos. Lo podemos enfrentar, si empezados por reconocer que hemos fallado y que tenemos una deuda pendiente, en favor de los que sufren pobreza y desigualdad. También, que el Estado, como principal gestor del bienestar social, hay que rediseñarlo, con otra visión, por otros actores y con otros instrumentos. Si actuamos igual que lo hicimos en el pasado, los resultados serán los mismos. El enojo no es ideológico. Hay problemas que demandan soluciones. Nuestra tesis es que el “buen gobierno” es la solución sostenida y sostenible, pero para ello requerimos otra organización y otros procesos, que privilegien los productos del bienestar social, en condiciones de equidad, oportunidad y costos racionales.