La globalización: El poder y la juristocracia

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Para bien y para mal la globalización conecta al mundo en todo sentido. Y esa sorprendente red de conexiones conforma una de las razones por las cuales todo está tan convulso. Este proceso vino para quedarse y se caracteriza porque es volátil, multipolar, interconectado y contradictorio dejando a cualquier sistema político conmutado y sumido en una avalancha de conflictos plagado de retos e incertidumbre. Esto no significa que debamos despreciar la globalización, si no apreciarla como una oportunidad (Fukuyama. 2014).

Hoy estamos ante una sociedad diferente, sometida a transformaciones inequívocas de siglo XXI (Piketty, 2014) con un sistema político ortodoxo, carente de liderazgos robustos y desfasado de las necesidades colectivas. Aunado a lo anterior, la crisis democrática ha debilitado las estructuras tradicionales de poder y de representación y por ende concurren en el mismo efecto los espacios tradicionales de mediación y canalización de los inputs-outputs.

A inicio de este tiempo el poder es un claro perjudicado de dicho contexto divergente, el cual nos introduce a nuevos planteamientos de cómo actúan los actores ante dicho panorama. El poder ya no es lo que era antes; en la actualidad es más difícil ejercerlo, más complejo retenerlo y tiene una multitud de actores que la anhelan y compiten entre sí por ejercerlo. Las nuevas tecnologías y los nuevos grupos sociales han marcado la pauta; el poder ahora se manifiesta en nuevas formas y lugares. Desde políticos, líderes sociales y sindicales hasta deportistas, clérigos y CEOs por ilustrar cualquier espacio donde el poder tiende a evidenciarse con mayor claridad enfrentan los rasgos disertados (Naím, 2014).

Desde el caso Nisman hasta Atyozinapa, desde la primavera Árabe hasta la de los Paraguas el resultado es indiscutible; el surgimiento de las redes sociales en conjunto con los niveles bajos de confianza e insatisfacción en el sistema demuestra que las integraciones e interacciones humanas ahora son más complejas (Carothers. (2015). Estas han llegado a evolucionar y buscar espacios que han sido eficaces para ser exigidas y concretadas como lo son las Cortes Judiciales ante la indiferencia o ineficacia de la clase política, acostumbrada a

la cultura de la indecisión por oportunismo político o impericia en el rol designado (Arias, 2013). Otro fenómeno existente son los casos de corrupción; la comunidad política y mediática ha caído con mayor frecuencia en la contienda de redimir sus diferencias, pecados y desquites en las instancias judiciales (Arias, 2012). El problema no solo es la potencialidad y variedad de demandas y derechos de los diferentes grupos de presión o de minorías, sino también la calidad de respuestas y resultados ante recursos limitados (Fukuyama, 1996). Como consecuencia de la disfuncionalidad del sistema político tenemos el aparato judicial colapsado y burocratizado.

El concepto de Juristocracia recae cuando los jueces en todas las esferas de instancia se convierten en actores políticos ante la toma de decisión por medio de sentencias debido al desplazamiento del poder compartiendo escenario político con las estructuras tradicionales y las diferentes elites. Este fenómeno ha modernizado la crítica y debate de la división de poderes a pesar de estar respaldada por normativa constitucional y puntualizarse como normal dicha interacción. De la misma manera la Juristocracia puede funcionar a la inversa, y es cuando lo judicial se politiza. Así es como los jueces en Latinoamérica han llegado a convertirse muchas veces en la primera y a veces en la única instancia de toma de decisiones, descartando los medios institucionales ya concebidos dentro del ordenamiento jurídico o la resolución de conflictos vía conciliación (Hernández, 2015). Las posturas de este comportamiento social de los actores de poder varían. Algunos defienden que lo importante es que los derechos no se vean vulnerados mientras el resultado esté apegado a la ley, visibilizando en ciertos momentos a minorías que han sido excluidas de diferentes maneras. Otros críticos sostienen que estamos ante un Estado burocrático anárquico que se instrumentaliza por medio de una democracia disfuncional acrecentando la crisis política en especial a los partidos políticos y cuestionando la existencia de ciertas funciones de los demás poderes del Estado (Hernández, 2015). El reto de la judicatura es saber cuáles son sus zonas limítrofes y defenderlas ante el poder hiperfragmentado, ya que aquí radica su existencia.

Esta coyuntura obliga no solo a mejorar los mecanismos utilizados para la democracia representativa y participativa sino también a la depuración del ordenamiento jurídico y la transformación pragmática de las instancias estatales. Un deber adicional -a mi juicio, no menor- reside en que el contexto no debería disminuir un ápice la importancia de formar mejores ciudadanos, principalmente aquellos que se visualicen en los puestos de poder, conscientes del gran reto que tienen al frente y la responsabilidad de modificar lo que por cultura ha sido imposible alterar; Recordemos algo sencillo, el ejercicio del poder inherentemente conlleva a tomar decisiones y polarizar, no hacerlo agudiza la anarquía, degrada la institucionalidad e irrespeta las luchas históricas de la humanidad. Es así que la historia nos llama a cambiar como generación la forma en que innovamos, funcionamos y llevamos a cabo nuestras actividades sociopolíticas sin importar la instancia de poder. Es así que la historia nos llama a construir nuestra quijotada, plagada de oportunidades y sueños, pero sobretodo de ideales.

 

Autor: Juan Pablo De La Herran