Entre ideología y pragmatismo

editorialEl proceso electoral nos sirvió para aclarar posiciones frente a los retos que encara el país, o para confundirlas, en una retórica para “encantar” al elector, en sacrificio de temas de interés nacional. La ideología aflora en el discurso político, aunque las encuestas sugieren que no tiene efecto en el electorado o, tal vez, es responsable de la enorme dispersión política. Sus señales son claras: ocho partidos y un par de diputados independientes conformarán el congreso; las principales fuerzas, el PAC y el PLN, tuvieron un virtual empate, pero el primero obtuvo solo 12 diputados y el segundo 18. Es cada vez más claro que todos los partidos tienen fuertes divisiones internas y que el entorno político es un abanico de ideologías. Y que todo ellos agrega a la ingobernabilidad, de por sí ya un serio problema ¿Cómo podemos revertir esta situación y hacer que los próximos 4 años sean productivos para el país, especialmente en materia de pobreza y desigualdad?

Hay que reconocer un cierto fracaso del proceso electoral que habrá de concluir en una semana, el 6 de abril. El PLN fracasó sobre una falaz plataforma de renovación, que “enfrió” a una parte importante del liberacionismo y, peor, fracasó en la atracción de votos “externos”, que hicieron posibles las dos anteriores administraciones. Corresponderá gobernar al PAC, con divisiones internas, posiciones encontradas, reservas sobre su capacidad para encarar los retos del momento y un compromiso que sorprende y siembra dudas, el compás de espera de dos años que el Presidente virtual ha anunciado antes de actuar en uno de los campos más complejos: el déficit fiscal y la problemática institucional que actúa como causa.

Sin embargo, a partir de mayo todos los costarricenses debemos poner nuestra filiación partidaria en un segundo plano y colaborar con el Gobierno en aplicar las medidas que nos lleven por la ruta del desarrollo en equidad y solidaridad. Pobreza y equidad siguen siendo los temas dominantes y la medida de éxito o fracaso de lo que hagamos. La ideología partidista es divisiva y un enfoque por problemas podría ser el recurso metodológico de unión entre costarricenses, de cara al reto del cambio y el progreso. Sabemos además que para repartir tenemos que crecer a niveles pre-crisis, pero algunos aspectos pueden ser centrales para generar recursos frescos y actuar con rapidez en áreas prioritarias. Algunos ejemplos:

Estado disfuncional y oneroso: nos cuesta el equivalente al 78% del PIB y datos conservadores sugieren que las pérdidas por ineficiencia alcanzan unos $7000 millones por año. Además, es el obstáculo principal a los proyectos de desarrollo, muchos de los cuales tardan décadas en cumplirse. Esos niveles de despilfarro de recursos e ineficiencia deben superarse para que el país pueda retomar la ruta del desarrollo deseado.

Infraestructura: la platina es el mayor símbolo de fracaso. Pagamos el costo de la obra (unos $10 millones) y no obtuvimos nada por ello. Es evidente que se requieren reformas sustanciales, tal vez incluso, eliminar la organización actual. Sin embargo, hay que localizar al villano: uno de ellos es la gerencia colectiva que se ha impuesto a través de consejos (o juntas directivas). Este modelo, abundante en la administración pública, no funciona, entre otras muchas razones, porque la rendición de cuentas se diluye y se pierde en las intricadas figuras jurídicas de sus procesos. Como se verá luego, el país tiene los recursos para renovar su infraestructura y hacerlo motor contra la pobreza.

Creatividad a partir del conocimiento: es el capital más importante del entorno global. Tenemos recurso humano para desarrollar una capacidad creativa importante, pero las condiciones no se dan para ello. Se requiere invertir en investigación y la asociación estratégica entre los sectores público y privado, para  costear la investigación y para diseñar encadenamientos que la potencien en el plano económico.

Educación: sigue siendo el peldaño esencial para salir de la pobreza. El país ha hecho notables progresos, pero se requiere mayor agresividad para brindar oportunidades y estímulos para los sectores en pobreza.

Pobreza: la solución en el largo plazo reside en elevar la escolaridad de nuestros jóvenes. En el corto plazo la reactivación de la economía es fundamental. El país tiene una infraestructura precaria que lo hace menos competitivo. Tenemos además recursos por montones, si los queremos aprovechar. Los fondos de reserva laboral y algunos excedentes de empresas estatales, superan hoy los $20 mil millones, suma que alcanza para los más ambiciosos proyectos. Pero requiere alguna iniciativa para crear un fondo de inversiones en infraestructura, que pueda, por una parte, costear proyectos autofinanciables y, por otra, fortalecer esos fondos con intereses razonables. El país podría acabar con la pobreza si invierte en forma sostenida unos $2000 millones por año y nuestra infraestructura requiere ese nivel de inversión.

Desigualdad: la inequidad ocupa un espacio de privilegio en el discurso político, pero la acción gubernamental es incoherente. Un estudio reciente del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) destaca varios factores que podrían hacer una diferencia sustancial: 1) nuestro exitoso modelo favorece empleos e ingresos de calidad y conllevan una oferta creciente de empleo para la persona que tiene niveles educativos medios y altos. Es decir, favorece el que se encuentra bien, y se aleja del pobre sin educación o con solo educación básica. Como ya se dijo, se hace necesario un esfuerzo más agresivo para elevar la educación de los sectores en pobreza; 2) el sistema impositivo, dependiente del impuesto sobre las ventas, que es regresivo; y 3) los regímenes de privilegio, especialmente el sistema salarial público que supera al privado en un 79%, mientras que 1,2 millones de trabajadores privados avanzan a un ritmo de 0,4% anual. Como es bien sabido, los salarios públicos representan el principal disparador del gasto que alimenta nuestro elevado déficit.

Al país se le vendido la idea de que nos encontramos en una profunda crisis. Esta es otra falacia de los políticos. El estudio en referencia ofrece algunas pistas importantes que nos dicen que hemos tenido éxito, aunque arrastramos algunos problemas como los sugeridos en estas notas. En lo positivo, la clase media creció en forma sustancial, de un 30% en el 2000, a un 40% en el 2011; varios indicadores negativos denotan el impacto de la crisis del 2008-2009, la más severa desde la gran depresión de 1929, pero los programas sociales del 2006-2010 mitigaron su efecto sobre la población más vulnerable. Varios otros indicadores, como la tasa de desempleo y el crecimiento se desempeñan mejor de lo esperado y hay señales positivos para el 2014, gracias a la recuperación de nuestros socios comerciales. El país debe abandonar el negativismo, reconocer sus fortalezas y encarar los restos sabiendo que tenemos las capacidades y competencias para ello.

Se vienen tiempos preocupantes, porque nos hemos dispersado en el campo político y no le daremos al próximo gobierno un mandato contundente. Sin embargo, existe en la conciencia colectiva claridad sobre los problemas que impiden un desarrollo más favorable para todos. El próximo presidente enfrentará el reto de priorizar, identificar problemas estratégicos y formular propuestas muy concretas de cambio. Un discurso claro, directo, de esos problemas y soluciones puedan ser un factor de unión, esencial para cumplir con las tareas pendientes, especialmente en pobreza y desigualdad. Es ceder un ideologismo divisor y optar por un pragmatismo integrador.