Expectativas y legitimidad del próximo gobierno

editorialAunque rehúsa explicarnos cómo y con quién enfrentará los principales retos, especialmente economía y reforma institucional, don Luis Guillermo nos pide un cheque en blanco. De momento, las elecciones del 2 de febrero enviaron algunos mensajes claros: 1) la mayoría la constituyen los desafiliados del sistema político, con un abstencionismo que superó en votos los que obtuvo el PAC; 2) se produjo un empate técnico a pesar de groseros errores de la campaña liberacionista, había un claro rechazo al continuismo del PLN y el candidato carecía de carisma para ser “contratado”;  3) el PLN tuvo un respaldo sustancialmente mayor en diputados; y 4) los votos logrados por el PAC representan una importante minoría, 20%, del padrón electoral.

A menos que haya una masiva participación en la votación del 6 de abril, los resultados de las elecciones no dan la legitimidad que justifique ese cheque en blanco. En cambio la realidad nos dice que el 80% que no apoyó al candidato del PAC sí proporciona legitimidad para que la población exija un mayor nivel de participación en las incompletas propuestas de gobierno del PAC y de manera particular en aquellos aspectos, críticos para nuestro desarrollo en los que don Luis Guillermo no quiere un mayor diálogo con la población, previo al 6 de abril. Simplemente nos dice “tengan confianza en quienes estamos aspirando; no hay otra”.

Un importante motivo de preocupación ciudadana son los dos años de compás de espera que pretende para actuar en materia de reforma fiscal. El problema, como hemos insistido, es que el déficit fiscal es producto y no causa. La causa es más compleja y no es otra que el problema del Estado disfuncional que absorbe una cantidad descomunal de recursos, al punto de constituir la principal carga económica que atenta contra las soluciones a la pobreza y desigualdad. Es además, el principal obstáculo al desarrollo, porque toda iniciativa pasa por el Estado, precisamente donde no hay capacidad resolutiva. El producto es la persistencia de nuestros principales problemas.

Falla también don Luis Guillermo cuando asegura, en reciente entrevista a un medio (ver AQUÍ), que “Los neoliberales creen que tenemos que ir a un punto en que los ingresos y los gastos del Estado sumen cero…”. Tal sesgo ideológico puede ser peligroso. El déficit fiscal se ha disparado y crece en velocidad y volumen a un ritmo endiablado. Nadie espera que la solución pueda venir en el corto plazo, pero si ese ritmo de crecimiento no se detiene, dos años de pausa podrían ser catastróficos y en los restantes dos años no bastarán para realizar los cambios institucionales que alimentan el déficit fiscal. En el 2018 podríamos  estar en el fondo del abismo, como lo ha advertido el Sr. Ministro de Hacienda en forma reiterada.

La crisis parece ser una realidad objetiva, pero don Luis Guillermo tiene una visión diferente y considera que el 6% de déficit fiscal “no es catastrófico”. Aparentemente, don Luis Guillermo no alcanza a comprender que, como Presidente virtual, no tendrá recursos para actuar. Precisamente la deuda pública, los salarios y un tercer rubro (pensiones, también en crisis) le dejan entre un 5% a un 6% de los recursos presupuestales para actuar, incluso para financiar nuestra precaria infraestructura, principal motor de crecimiento, empleo e ingresos.

Otro sesgo ideológico agrega dudas sobre las orientaciones de una administración del PAC, en la que, hasta ahora, han dominado aquellos que fueron identificados por su fundador como chavistas. Entre ellos hay un fuerte sentimiento neoestatista. Sin embargo, en la entrevista mencionada, don Luis Guillermo advierte contra el “debilitamiento de las políticas públicas”, el cual se origina precisamente en un Estado grande, pero esclerótico, donde toda iniciativa naufraga a menos que el chorizo  la rescate. Es decir, el Estado es inoperante porque ha crecido mucho más allá de lo razonable y porque está hecho, como lo reconoce el imaginario popular, para que nada se haga. Las presiones neoestatistas podrían ser una fuerza que agrega a la crisis y que tiene un potencial divisorio a lo interno del gobierno mismo.

Entre los puntos de vista de don Luis Guillermo hay cosas atractivas, de manera particular su imagen de cómo gobernar con minoría, “dialogando mucho, proponiendo mucho, con mucha voluntad de escuchar en serio, y generando alianzas inteligentes, y… con mucho pragmatismo”. Otros piensan que es hora de hablar menos y hacer más. Sin embargo, la posición de don Luis Guillermo tiene mucho que ver con la naturaleza misma de la democracia: cómo lograr mayor participación y diálogo, a la vez que se incrementa la capacidad resolutiva del Estado. En principio, la democracia es un sistema en el cual la población elige y el Gobierno ejecuta. En democracia la confianza se incrementa con el buen gobierno, precisamente aquel que ejecuta lo que ofrece en el proceso electoral. Y se deteriora con el mal gobierno, el que no ejecuta su compromiso político electoral. Seguro que la población le dará a don Luis Guillermo el espacio y la confianza que pide, pero esta se puede traducir en desconfianza y crítica extremas, si no ve cambios sustantivos incluso en los primeros meses de su gestión. Es posible entonces que el éxito de la nueva administración dependa de armonizar estos dos elementos con claras tendencias contradictorias, al menos en nuestra experiencia histórica, uno de proceso dominado por el diálogo y otro de resultados producto de nuestras urgencias. Precisamente la prensa despliega hoy un ejemplo más de los riesgos: Circunvalación se acerca a 40 años inconclusa y obsoleta.