¿Costa Rica: un país en crisis o en confusión?

editorialDe pronto las elecciones del 2/II/14 generaron toda clase de hipótesis explicando la implosión de la política nacional ¿Está el país en crisis, o en confusión? Nos parece que hay algo de lo primero y mucho de lo segundo. Sin embargo, para fijar posiciones y para dirigir el país por el camino correcto, es necesario entender ambas. Tres hechos merecen ponerse en perspectiva.

Los resultados de las recientes elecciones no dan para explicar un cambio fundamental en el país. Primero, no es sorpresivo que el PAC haya resultado con mayoría relativa, porque estuvo muy cerca de triunfar en las elecciones del 2006, producto de la polarización en torno al TLC. Segundo, que el PLN haya quedado ligeramente por debajo del PAC se explica por una pésima campaña y el rechazo sicológico al continuismo. Aun así, el PLN obtuvo mayoría parlamentaria. Tercero, que el FA se haya constituido en la tercera fuerza política, tiene algo de histórico, pero mucho que ver con oportunismo mediático, una prensa light y algo de protesta. Piza obtuvo un éxito modesto y el resto es más de lo mismo, incluso que la mayoría sigan siendo los desafiliados (abstención).

Tres hechos fundamentales requieren aclaración: 1) la imagen de un país en crisis profunda, en todos los componentes de nuestra sociedad; 2) una segunda imagen, transmitida por todas las tendencias, incluso el Arayismo, de que la culpa reside en un indefinido neoliberalismo, que comparten gobiernos recientes; y 3) una lucha electoral centrada en quién será el gran salvador de un país en crisis.

Estas tres posiciones se sustentan en premisas falsas. Primero el país no está en profunda crisis política, social y económica. Tiene problemas importantes que, de no resolverse, impone serios riesgos de caer en una crisis generalizada. Costa Rica tiene indicadores de desarrollo avanzados y es el único país de América Latina que lo logró en paz y democracia. Cierto, la pobreza es un reto persistente, aunque en el 2007 logramos bajarlo en varios puntos porcentuales y además un 20% de la población es migrante y predominantemente pobre.

Segundo, el neoliberalismo es el otro espejo del miedo, un recurso ideológico carente de contenido en nuestra realidad que, por otra parte, sirve de escudo para ocultar posiciones neoestatistas en las que se asienta lo esencial de nuestra crisis. Costa Rica no adoptó el Consenso de Washington, base del neoliberalismo impulsado por Reagan en EE UU y la Thatcher en Inglaterra. Hay evidencia seria de investigadores nacionales y extranjeros que así lo acreditan. Y, a diferencia de otros países de la región, Costa Rica mantuvo un notable avance durante la llamada década perdida de 1980 y la siguiente.  El neoliberalismo es el recurso del miedo de las izquierdas, para esconder un aberrante neoestatismo que sí tendría la capacidad para hundir al país en una profunda crisis.

Tercero, la izquierda tiene respuestas que nos alejan de las realidades del mundo actual. Por una parte, las aperturas económicas han sido exitosas y han puesto al país por la senda del crecimiento, es decir, de más empleos e ingresos. Hasta la crisis del 2008-2009, el desempleo fue mínimo y aún después de esa crisis, la mayor desde 1929, el impacto social ha sido más favorable que en el resto de la región ¿Qué ofrece objetivamente la izquierda? El contexto electoral no puede obviar una realidad: la cercanía del FA con el llamado socialismo siglo XXI; y, el reconocimiento por parte del propio fundador del PAC, don Ottón Solís, de una corriente en su propio partido que identificó de chavistas. Por tanto, si se toma como antecedente lo que hoy ocurre en Venezuela, en el plano económico y de las libertades civiles, no se puede obviar un fuerte sentimiento emocional contra las izquierdas radicales.

Todo lo anterior explica, de nuevo, una buena dosis de cinismo político que permea tanto a las izquierdas, al centro y a las derechas. Pero nos quieren meter juntos en la misma categoría de democracias que ha tenido éxito político, pero que han fracasado en llevar bienestar al pueblo. Es la realidad al norte de Centro América y de algunos países de América del Sur, pero no de Costa Rica. Nuestra deuda, que todos reconocemos, es con el 20% de la población que se mantiene en pobreza, a pesar del éxito del 2007, que barrió la crisis, y de una fuerte corriente migratoria, que supera el 20% de la población, en su mayor parte pobre. También aceptamos la deuda de la desigualdad social. Pero no podemos aceptar que se pierda la distinción que como país nos dan los indicadores de desarrollo humano y nuestra institucionalidad democrática.

En este entorno confuso, ¿Cuál es el punto central de la crisis tica? Hemos sido reiterativos sobre la naturaleza de nuestro problema No. 1: un Estado que nos cuesta el equivalente al 78% del PIB nacional, con niveles de ineficiencia que, conservadoramente, alcanzan unos $7000 millones por año, cifra contundente que nos permitiría resolver la crisis fiscal e inyectar a la economía varios miles de millones cada año. El nuestro debe ser uno de los estados más costosos del mundo. La media de la Unión Europea fue de 47% en el 2005 y Suecia, país con el que nos gusta compararnos, registra un costo equivalente al 56% del PIB en ese mismo año, aunque la cifra viene decreciendo en forma notable. Costa Rica no podrá aspirar a un desarrollo en justicia y equidad, sin una reforma que reduzca en forma sustancial el costo del Estado y que lo convierta en un socio en la transformación del país, no en su obstáculo principal.

El Estado no es nuestro único problema, pero sí el más importante, porque se proyecta sobre el total de la vida nacional y es causa principal de una infraestructura de quinto mundo que limita nuestra capacidad competitiva en el entorno global. Además, concordamos con don Rodolfo Piza, para quien la corrupción se centra en la tramitología, que todo lo para y que representa un estímulo para buscar portillos y pagar la mordida. El problema lo agrava un Estado que no encuentra de dónde sacar más recursos y recurre a una estrategia de sistemático hostigamiento fiscal contra la desprotegida clase media.

Costa Rica está obligada a focalizar su atención en los problemas de relacionados de competitividad, infraestructura, crecimiento, empleo e ingresos. Pero en nada de eso podrá avanzar, sin una reforma estructural del Estado, principal obstáculo a la justicia social y a  la equidad, no sólo porque obstaculiza todo proyecto social y económico, sino porque es en sí mismo una estructura de privilegio, como se refleja en el conflicto entre la CCSS y los especialistas, que buscan los mismos beneficios abusivos de sus respectivos gremios. Si un sector del PAC, por cierto muy cercano a L. G. Solís, insiste en sus tendencias neoestatistas, la crisis se profundizará y posiblemente nos acerque a una crisis mayor, similar a la que todavía experimentan España y Grecia.

El PLN es el principal artífice del modelo de las aperturas y deberá persistir en esa línea. Sí se doblega ante el interés particular, especialmente gremial, y llegara a comprometer la reforma del Estado, que ha situado entre sus mayores prioridades, el resultado será el mismo. La clave de nuestro éxito no se encuentra en las ideologías, ya que todos proclamamos ser equitativos y solidarios. Se encuentra en resolver la crisis de Estado, como punto de partida para todo lo demás, y articular una política pública para resolver el problema de pobreza y desigualdad. Debemos hacerlo, construyendo sobre las fortalezas históricas que nos han llevado por la ruta del progreso social y económico y que ha sido modelo para países de América Latina.