Elecciones de abril: los temas que nos distingue

editorial 2012Coincidimos con Varguitas, “Las elecciones del domingo pasado no fueron un pulso por cambiar el rumbo del país, sino para desalojar al continuismo… los electores no quieren que los mismos sigan, pero no tienen claro hacia dónde desean que el país se enrumbe” (énfasis agregado). Este medio ha insistido que F2 no representa en forma alguna un punto de inflexión en la política nacional, como algunos analistas parecen sugerir. Algunos éxitos relativos se explican en parte por el anti-continuismo, pero además por una cadena de errores de estrategia del oficialismo. Los desafiliados siguen dominando (1 o 2 pp arriba de L. G. Solís), mientras los dos partidos dominantes, en conjunto, no superan el 40% de los votantes inscritos. Y ambos tendrán que juntar su caudal legislativo para poder construir la mayoría que haga posible un mínimo de gobernabilidad. Poco ha cambiado.

Más allá de los nublados del día de cara a la segunda ronda de abril, es importante señalar dos temas que parecen determinantes de nuestro futuro: el aperturismo y el neoestatismo. El primero ha definido en mucho la evolución de nuestro país desde la década de 1980. En un entorno aceleradamente globalizado, con riesgos y oportunidades, el país tuvo que abandonar el modelo de sustitución de importaciones y acomodarse a nuevas corrientes. Construyó un modelo híbrido que le permitió mantener su nivel de progreso durante esa y la década siguiente.  Los resultados son respaldados por cifras que hemos compartido con el lector en varias ocasiones (ver AQUÍ). Y no estamos hablando de un tema ideológico, o al menos, no de ideologías distintivas, a veces polarizantes. Se trata de la mejor respuesta que el país pueda dar, en un entorno agresivamente competitivo, para organizar a lo interno sus estrategias y recursos para alcanzar el crecimiento, con una distribución solidaria de sus productos, esencialmente empleo o ingresos. En estos objetivos todos coincidimos, pero no en los medios.

La realidad que enfrentó el país, por cierto bajo el liderazgo del tío del candidato oficialista, obedecía una realidad contundente. El país tenía que abrirse a una situación mundial dominada por el libre mercado (unos más libres que otros) y aceptar que el mercado interno es demasiado pequeño para constituirse en motor de la economía. No podemos lograr un mejor balance interno/externo en materia comercial, como sí pueden países con amplios mercados internos como Brasil, Argentina, Colombia o Venezuela. En nuestro pequeño país, el modelo viejo falleció de muerte natural y el nuevo se impuso por la realidad que nos ha dado un éxito relativo y que ha sido la norma para muchos países pequeños.

La otra realidad niega la validez del neoestatismo y la evidencia histórica corre en contra de esta tendencia. En torno a estados grandes surge la ineficiencia extrema y el agotamiento de la base de una política pública que intervenga con sensatez el mercado, que potencie sus bondades y que corrija sus defectos, especialmente en sus implicaciones sociales. La Europa del Este está llena de estas figuras, estados grandes e ineficientes, que por onerosos se convierten en la principal restricción al desarrollo en solidaridad y justicia social. De hecho son focos de privilegio, contrario a esos principios, que todos pretendemos defender, a menudo con gran incoherencia en nuestros actos.

¿Cuál es la magnitud del Estado como problema nacional? Muy simple. Suecia tiene un Estado que le cuesta a su población poco más del 60% del PIB. El nuestro, según cifras del 2013 (datos de la CGR del presupuesto público y estimación del PIB del Banco Central), nos cuesta el 78% del PIB. Sin embargo, los suecos, con un bolsillo más rico, reciben salud, educación pública y otros servicios públicos de calidad. El costarricense tiene que acudir al sector privado por esos servicios, porque los públicos son de mala calidad, tiene que esperar años para recibirlos – si sobrevive la espera en el caso de la salud – y paga costos más altos que el promedio de los europeos por otros servicios básicos como electricidad o agua potable. Más importante, por su efecto global en la economía, Suecia tiene una infraestructura de primer mundo, mientras la nuestra es de cuarto o quinto mundo.

Sabemos, además, porque tiene amplia exposición mediática, que los niveles de ineficiencia son extremos en nuestro caso. Pero si sólo representara algo cercano al 20% de los costos de operación, la pérdida por ese concepto nos acercaría a los $7000 millones por año, suficiente para inyectarle recursos en forma sostenida a nuestra economía, resolver el déficit fiscal y acometer las más ambiciosas iniciativas en infraestructura.

Dos elementos de la discusión actual define las posturas en relación a nuestro problema No. 1: un Estado que absorbe una cantidad descomunal de recursos y que entraba cualquier iniciativa de desarrollo. Uno, la posición con respecto al proyecto de liberación limitada de la generación eléctrica y, el otro, la reforma institucional. El primer proyecto tendrá unos 6 años de discusión, secuestrado por el neoestatismo, particularmente fuerte en el PAC y el FA. Pareciera haber un reconocimiento general de que la electricidad se ha vuelto un enemigo de la competitividad y que ya varias empresas han decidido trasladar sus operaciones a otros países del área. La competitividad obliga a una mayor productividad, es decir, producir más con menos recursos, lo que impulsa el desempleo. El mismo efecto tiene que empresas que venían operando en nuestro país hayan decido buscar otros horizontes. Menos oportunidades de empleo e ingresos, implica más pobreza y menos recursos para buscar una distribución más equitativa.  Se agrega a ello el tremendismo ecológico, también dominante en ambas agrupaciones. Ello nos impide explotar energía limpia en parques nacionales, con reposición del año ambiental, y acercarnos más a la meta de un país libre del carbono para el año 2021.

La reforma institucional es un tema más amplio, pero no por ello difuso. Los notables formularon 97 propuestas de cambio sobre las cuales se podría construir algún consenso y actuar en consecuencia con la urgencia que la situación demanda. Costa Rica se encuentra muy cerca de la situación que generó las crisis griega y española. Si bien una reforma de largo aliento requiere tiempo, gradualidad, consideración por los factores humanos y respeto a los derechos adquiridos, la acción se impone por lo menos para detener el efecto de bola de nieve que nos lleva con celeridad al precipicio. El Sr. Ministro de Hacienda nos ha advertido con claridad de estos riesgos.

El punto que queremos destacar es que el neoestatismo tiende a detener cualquier acción urgente o a producir, como ocurre con frecuencia en nuestro país, un debate improductivo que nos lleva a la inacción. No es aceptable que nos digan “vamos a discutirlo”, debemos exigir definiciones. Porque, en las circunstancias actuales, que el país no actúe implica un retroceso, simplemente porque otros avanzan y la distancia con ellos será cada vez mayor, cada vez menores posibilidades de crecimiento, más empleo  y mejores ingresos.

No sabemos hacia dónde nos lleva el instinto nacional. Según Varguitas, muy a lo tico, las elecciones de F2 parecen llevarnos por la senda del nadadito de perro. Muy bien por el respeto a nuestra cultura, pero no es compatible con los requerimientos del desarrollo y en especial con las necesidades de los amplios sectores castigados por la pobreza y la desigualdad. Es posible que las elecciones de abril estén dominadas por factores emocionales. Nosotros preferimos destacar el tema que nos preocupa a todos, la pobreza y la desigualdad, y los medios que empleemos para llegar a un mismo fin. Esto es lo que está en juego en nuestro desarrollo, aunque la política puede ser que siga otra ruta.