¿Ha cambiando algo fundamental con las elecciones 2014?

editorialEs lo que los analistas sugieren, mientras se empeñan en interpretar las señales de cambio. Y tratándose de un fenómeno político, también intentan identificar los liderazgos que personifiquen el cambio. Para nosotros las señales son cuando menos confusas. Nos explicamos.

Un proceso electoral feliz. El país volvió a vivir la fiesta electoral, o por lo menos así parecía. El Sr. Presidente del TSE parecía optimista en anunciar un nuevo amanecer con un alto nivel de participación ciudadana. Ocurrió lo contrario y el “desafiliado” fue el gran triunfador. Le ganó a L.G. Solís, el candidato más favorecido, digámoslo, con aproximadamente un 20% del padrón electoral. El abstencionismo creció a un 32% o un punto adicional si se agregan los votos en blanco.

PLN, el gran perdedor. Más o menos. Pierde por una diferencia del 1%, pero se adjudica 18 diputados contra 14 del PAC. Pero aun reconociéndole como el gran perdedor hay que ver las causas. Arrancó, por decisión propia de su liderazgo, sobre una base dividida. Apuntó a la recuperación de la vieja socialdemocracia (SD), en un viejo entorno que nos abandonó hace varias décadas. Además, no se le dijo a la población en que se basada ese volver atrás y cuáles serían los nuevos componentes de la SD recuperada. El mote del neoliberalismo hizo su aparición, pero difícil explicar su relación con la política del tío del candidato, cuando allá por los 80 adoptó los PAE (programas de ajuste estructural). Una idea de cambio requería un discurso de cambio, pero el candidato se empeñó en resaltar su figura tradicional y su obra de más de dos décadas como Alcalde de San José. Además, igual que sus oponentes, terminó echando tierra sobre el Partido que lo eligió como su candidato. Los errores visibles no dieron lugar a ajustes de estrategia o de estrategas. Por supuesto, la retórica apuntaba a la pobreza y la desigualdad, pero era la misma de sus oponentes. No nos ganaron, nosotros perdimos.

Nuevos liderazgos, concepto ampliamente usado y difícil de definir o entender. Pensemos, para los efectos de estas notas, en coherencia y credibilidad. Una parte de la crítica interna del PLN (de la que fui parte) insistía en plantear los grandes retos del país y tratar de brindar alguna garantía (medios y formas de aplicación) de cumplimiento. En cambio, el énfasis fue más de lo mismo: por sus obras los conoceréis, lo que nos alejó de un liderazgo fresco. El contráteme pasó sin paz ni gloria, pero no generó cambios fundamentales de estrategia y estrategas, una notable debilidad de liderazgo. Más importante, se quiso construir sobre las cenizas del viejo liderazgo, el más popular durante los últimos 30 años. Si algo de nuevos liderazgos se aportó en la campaña, ello fue producto de errores propios más que de méritos ajenos.

La crisis. La idea de cambio se volcó contra el PLN. Aceptamos la idea de que el país se nos cae en pedazos y que se requería un nuevo espíritu salvador. Una coincidencia más con la oposición y una oportunidad para identificar a un único culpable, el PLN. Los vivillos aplaudieron y se constituyeron en salvadores. La realidad apunta en otra dirección. Este país en crisis goza de buena salud, nos dice Luis París; y este gobierno no es tan malo como nos han hecho creer, no dice A. Urbina. El mismo mensaje ha transmitido La Fragua. Pero este mensaje estaba lejos del ánimo de los detractores del PLN en su propio interior y posiblemente en la cúpula asesora del candidato.

Liderazgo opositor. La campaña del 2014 fue más de lo mismo sin la presencia de liderazgos frescos. Villalta estaba lejos de ser una figura nueva. De hecho, era la más visible, siempre presente en cada “brote” mediático y presencia de cámaras. Cierto, representada la vos de protesta, pero no de respuestas, sin respaldo de contenido y estructuras. L. G. Solís es una vieja cara, conocida por su larga militancia en el PLN, del que fue Secretario General. Cierto, sumó en el proceso electoral, pero a un nivel similar al del PLN, con todo su bagaje de errores antes descrito. Guevara fue un claro perdedor y no se podía esperar otra cosa por su incapacidad para brindar cohesión a su Partido y aclarar unas cuántas violaciones éticas o legales. Y Piza salvó en alguna medida el descalabro socialcristiano. Por encima de todo esto, persiste un hecho fáctico: los liderazgos “viejos” o “nuevos”, se repartieron la misma torta, alrededor del 68% del electorado y siguen reinando los desafiliados con un 32% del electorado.

Replantear el problema. Mirando al futuro, es necesario definir nuestros grandes problemas, para focalizar las decisiones correctivas. Primero hay que revisar nuestra base. Es mentira que el país se nos cae a pedazos. Este muerto goza de buena salud y es importante recuperar la confianza nacional por ello. El enojo social se vuelca sobre el “sistema” (aunque indefinido, quiere decir la democracia) y el político como principal actor del “sistema”. En busca del culpable, hemos cometido un error grave, muy grave. En efecto tenemos problemas con el “sistema” y con el político, pero son adjetivos y pueden ser resueltos sin mayores traumas sociales. Además, dentro de la historia de éxito de nuestro país, bien se pueden trazar los momentos de dificultad, paralelos a las crisis cíclicas externas. La última nos pegó fuerte cuando el país había roto la “barrera” del 20% de pobreza, por primera vez desde la década de los 80. Pero la verdad histórica es que somos un país y una sociedad exitosa y debemos estar orgullosos de ello. Construyamos sobre nuestras fortalezas, que incluyen una especial capacidad para enfrentar grandes retos, no importa que tan complejos sean. El negativismo no es constructivo y tampoco se justifica.

Nuestro gran problema: el Estado. Lo hemos construido con criterio jurídico, a contrapelo del sentido común y de la teoría administrativa. Ambos nos dan una verdad de Perogrullo: para lograr fines comunes, la cooperación es esencial. En cambio, la cultura política y el criterio jurídico nos inducen a privilegiar la independencia y el control, convertidos en fines en sí mismos. La carreta tirando de los bueyes. Las consecuencias han sido ampliamente funestas.

Ese Estado tiene entrabado nuestro desarrollo y es el principal culpable de nuestros problemas de pobreza y desigualdad. Es una especie de gran presa, un muro infranqueable, que detiene toda iniciativa de desarrollo, a la vez que acumula costos y congela recursos. Y no se trata de prescindir de una relativa independencia y de controles esenciales. Se trata de que ambos no se impongan sobre los fines. Por ello matamos La Trocha, duramos 30 años en la Ruta 27 y ponemos en riesgo proyectos tan importantes como el Puerto de Moín y la nueva carretera al Caribe, ambos esenciales para el desarrollo del país y el bienestar de Limón, una de las zonas más pobres del país. Perdimos noción de lo esencial y nos hemos trabado en lo adjetivo. Por otra parte, el Estado se ha vuelto una fuente de despilfarro de recursos escasos. Nuestra estimación es que, con niveles de ineficiencia cercanos al 20%, las pérdidas ascienden a unos $7000 millones anuales. En el mediano y largo plazo, suficientes para cumplir con cualquier aspiración, no importa lo ambiciosa que sea. Otra dimensión del costo del Estado es que hoy equivale al 78% del PIB, sustancialmente más costoso que el Estado sueco, aunque nuestro país tiene “bolsillo” chico comparado con los escandinavos.

Encontrar nuestro camino al bienestar. No es un proceso ideológico, sino pragmático. Izquierdas y derechas deberían coincidir en el esfuerzo por hacer de nuestro Estado en un socio del desarrollo, no en su obstáculo principal. Con una restricción que es a su vez oportunidad: hoy la reforma del Estado no es posible por ningún Partido o Gobierno, actuando por sí solos. Es una tarea  que requiere de un proyecto y de un esfuerzo de convergencia que, a su vez, plantea el mayor reto al próximo gobierno: abrir sus puertas a todos los grupos políticos y sociales organizados y coordinar sus esfuerzos en torno al proyecto de renovación del Estado costarricense. Armar el proyecto debería ser una tarea rápida, si se parte de las 97 propuestas de reforma de los “notables” con ajustes a partir de dos propuestas más, la Vía Costarricense y la Agenda Nacional. Que el Presidente electo actúe como facilitador y coordinador tampoco debería ser obstáculo, pues todos los candidatos han venido hablando de unidad nacional. Es un proyecto complejo, pero el país ha encarado retos mayores. Tenemos las capacidades para enfrentarlo. Necesitamos mejorar nuestra actitud.