Costa Rica ahora y Chile hace 40 años: la necesidad de un “Think Tank” como mejor relacionarse con los EE. UU.

Warren Crowther, (warren13@racsa.co.cr)

Como estadounidense, mientras mis compatriotas adoptan el término “9/11” (referente al 11 de septiembre) como la sigla del terrorismo por los ataques a la torres gemelas en Nueva York y al Pentágono hace 13 años, a mí me hace revivir otro evento: La fecha “9/11”, del golpe del estado en Chile hace 40 años.   En ese día, vivíamos cerca de la casa de Salvador Allende y todavía escucho las bombas cayendo de los aviones Hawker Hunter recién llegados a Chile, y mis hijos bajo la cama llorando espantados.

En el año 2013, han proliferado seminarios, exposiciones, eventos artísticos y culturales y programas de televisión destinados a analizar la singular experiencia que encabezó el Presidente Allende y que terminó ese día del 11 de setiembre del 1973con el golpe militar.

Asistí al foro en la UCR este 11 de septiembre del 2013 sobre el tema, y salí muy decepcionado con algunas afirmaciones que estimo sumamente incorrectas sobre la realidad de esa represión y como llegó a establecerse.  La gran sorpresa para mí fue, frente a preguntas al respecto, un historiador minimizó el papel de los EE.UU., utilizando la palabra “sobredimensionado” cuatro veces, sin reparos de los otros conferencistas acerca de este muy incorrecto e inoportuno mensaje a los costarricenses.  Los expositores también incorrectamente descontaron la posibilidad de un análisis de rigor sobre el funcionamiento operativo del golpe y la intervención de los EE.UU. porque los documentos son privilegiados en Chile y Washington y/o porque los testigos chilenos se verían muy afectados si tratamos de entrar en tanto detalle sobre lo que les hizo tanto daño.

Para mí, la mejor evidencia de la intervención de los EE.UU. fue su grado de finesa y singular eficiencia de una sorprendentemente e imponente estructura de represión desde el mismo día del golpe y la sincronizada preparación del mismo.   Hay que explicar esta originalidad  y como los militares chilenos lograron armar algo tan complejo, eficiente y prolongado.

Toda América Latina, inclusive y especialmente Costa Rica, debe tomar lecciones de esta experiencia.

Mi residencia y trabajo para las Naciones Unidas en Chile durante 8 años los últimos 2 ½ después del golpe, mis intentos de rescatar víctimas y mi nacionalidad me dieron ocasión para observar directamente el funcionamiento de la represión que obviamente respondió a un diseño estratégico muy excepcional.

Antes del golpe, observé la organización de la sociedad civil para crear la huelga de camioneros y el subsecuente desabastecimiento de productos de consumo cotidiano, y para tirar “miguelitos” (estalla-llantas) a los buses con pasajeros.  Estos grupos identificaban a los activistas izquierdistas y los vigilaban y denunciaban durante y después del día del golpe hasta que fueran apresados.  Estos grupos y la misma CIA tantearon mi disposición como estadounidense para ayudarles en su causa.  El día del golpe ya funcionaba en pleno la estructura compleja de centros de detención, de un extremo como él de tortura en Tejas Verdes y otro como de presos VIPs.  Este último fue usado como muestra para los visitantes al país y contaba con su propia organización comunitaria y universidad en un campo  minero abandonado de salitre en el sequísimo Desierto Atacama.  Implementaron inmediata y continuamente un sistema de allanamientos masivos y selección de presos en etapas.  Al inicio, se escogían a los presos al azar y en rotación especialmente en comunidades de trabajadores, para luego tener mayor selección y especialización, siguiendo una receta perfecta para sembrar la intimidación y el terror.  Lograron a poner hermano contra hermano.

Un colega español Carmelo Soria Espinoza (del Centro Latinoamericano de Demografía, CELADE) y yo (de la Comisión Económica para América Latina, CEPAL) “abusamos” de nuestros pasaportes de la ONU (es decir, actuamos sin autorización de la organización) y entramos en campos de detención y tortura,  buscando presos con la intención de tratar de arreglar su éxodo del país.  Además, participé en un grupo de apoyo psicológico en Santiago para personas que habían  pasado por estos campos incluso de tortura, descubriendo su impotencia psicológica incluso en forma muy repleta al obligarlas a ser testigos de la brutalidad contra otros.  Los carabineros (policía) del barrio dijeron que fue sensato que puse la Declaración de Derechos Humanos en la ventana de mi casa, no sabiendo aparentemente que escondimos potenciales víctimas durante meses.  Me increparon colegas en la CEPAL por poner un collage sobre los desaparecidos en la oficina.  En 1976, Soria fue torturado y asesinado y me soplaron que yo era uno de los próximos en la lista, debido al mi conocimiento íntimo de parte de la estructura y funcionamiento del sistema de represión.  Lógicamente, decidí hacer definitiva mi intención de terminar mi relación con la CEPAL y salir del país.

El mayor  Raúl Eduardo Iturriaga Neumann fue el encargado del rastreo y la matanza de numerosas personas  no aceptables para el régimen, especialmente de extranjeros en Chile como Soria.  En combinación con otros regímenes represivos sudamericanos en la Operación Cóndor, mandó a rastrear y matar muchos chilenos en otros países incluyendo Argentina, Brasil, Estados Unidos, Italia y México.    Pienso que, estando en la lista de eliminación, me salvaron mi salida del país, mi nacionalidad y que recorría sin residir en un lugar fijo un buen tiempo.

Aparte de mis observaciones personales, hay considerable evidencia adicional(x) de la participación de la CIA y del Departamento del Estado.  A la vez, no se puede ignorar la íntima influencia en todo esto de las agencias estadounidenses de inteligencia militar como la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y la Oficina de Inteligencia Naval (ONI).  Mucho antes del golpe, la ONI ya conducía a una persecución y “neutralización” de militares chilenos en desacuerdo con la viniente sublevación contra el proceso democrático o con las tácticas “antisubversivas”.

Desde el año 1950, más de 3000 militares y carabineros chilenos recibieron instrucción en escuelas militares estadounidenses, muchos en cursos directamente especializados en tortura; esa cantidad fue creciendo en los meses antes del golpe militar.  El mismo Mayor Iturriaga fue instructor invitado en la Escuela de las Américas.   Entre 2000 y 2011, solamente  69 militares han sido condenados de los 766 quienes han sido procesados por acusaciones de torturar y asesinar hechas por 3186 víctimas o sus representantes.

Chile recibió de los EE.UU., de veteranos franceses  de  la guerra de Argelia, y de militares brasileños con el lema de Doctrina de Seguridad Nacional, considerables aportes bien documentados de asesoría técnica, equipamiento, guías para la organización de la represión y la tortura, sistemas de intercomunicación, acoplamiento de la sociedad civil y técnicas de encubrimiento.  Las sistematizaciones de estos aportes se discrepan entre ellas en cuanto al motivo más subyacente de todo esto: el neoliberalismo económico o la ideología militar.

¿Por qué es inoportuno ahora en Costa Rica el falso mensaje sobre la supuesta sobredimensión de la intervención de los EE.UU. en Chile?    Voy a elaborar este punto en dos próximos artículos.