Coyuntura histórica: retos extraordinarios demandan decisiones heroicas

editorialLa década de 1940 constituyó un punto de inflexión en el desarrollo de nuestra exitosa democracia liberal. Su punto de partida se encuentra en la primera mitad del siglo pasado y la dirección del cambio la establecieron líderes destacados como don Alfredo González Flores y el Gral. Jorge Volio Jiménez. Culmina con la convergencia de tres líderes notables, Calderón, Mora y Sanabria y se consolida con la claridad visionaria y, sobre todo, con la especial capacidad de toma de decisiones de don Pepe Figueres. La lucha no fue fácil, como lo refleja una guerra civil, afortunadamente corta, un gobierno de excepción durante 18 meses y la lenta evolución de los cambios. Una de las instituciones señeras de nuestra evolución social, la Caja Costarricense de Seguro Social, nace en 1941, con metas limitadas de cobertura del trabajador con ingresos no superiores a 400 pesos, pero logra transformarse en un sistema nacional de salud, con cobertura para todos los costarricenses, 36 años después, en 1977 con la integración de las instituciones del sector público a la CCSS.

La solución de la crisis por la que hoy atraviesa Costa Rica no puede durar tanto en madurar y concretarse. Hacerlo es infringir una dolorosa tragedia a todo el país, comparable con la que todavía viven España y Grecia. El efecto bola de nieve en que nos encontramos, en el corto período presidencial 2014-2018, nos haría caer al precipicio. Es lo que está en juego en las próximas elecciones. La desesperanza y la incertidumbre que hoy es clara en la desafiliación electoral y el voto protesta en una tendencia de dudosa orientación democrática, podría derivar, como ha ocurrido en otros países, en el colapso de nuestro sistema, el único en América Latina que ha producido, durante las últimas 6 décadas, beneficios importantes para su población sin la presencia de dictaduras y sin el costo humano de la guerra civil. Es el momento para emular la visión de don Pepe y el espíritu de unión que mostraron líderes tan distantes ideológicamente como los ya mencionados Calderón, Mora y Sanabria; es el momento y la oportunidad de las decisiones heroicas.

El proceso electoral abunda en la búsqueda de culpables. No es fácil encontrarlos, porque la crisis es el resultado acumulado de éxitos y fracasos durante ese mismo período extraordinario de poco más de 60 años. En un sentido real, democrático, todos somos culpables, los gobernantes porque no actuaron a tiempo y la población porque nunca se constituyó en una fuerza capaz de crear una presión irresistible de cambio. Ahora, como en los 40, necesitamos constituirnos ambos, gobernantes y población civil, en una fuerza de cambio, con el agravante de que hay que producir resultados en el corto plazo, para desactivar el efecto bola de nieve, y, a mediano y largo plazos, para poner al país en posición competitiva en el entorno global y proteger de la crisis a futuras generaciones.

Ya lo hemos dicho. Ese reto heroico es de todos, pero requiere de un liderazgo fuerte, facilitador y conductor del próximo Presidente. Lo que requerimos es la construcción de un movimiento de convergencia, en torno a un proyecto nacional de cambio, que unifique a todo el país, sin excepción ¿Cómo construirlo?

Sugerimos que la presencia del proyecto nacional es el factor de unión de todas las fuerzas políticas y sociales y el elemento esencial que reorienta todos los recursos del país en una misma dirección. Por fortuna, ese proyecto se puede producir en el muy corto plazo, cuestión de meses, juntando las propuestas sugeridas en los informes Estado de la Nación, Vía Costarricense, Agenda Nacional y, sobre todo, la propuesta de cambio de la Comisión de Notables. Nos falta, por tanto, el segundo elemento esencial: liderazgo político. Pero aquí también tenemos algunos elementos positivos. Por una parte, casi todos los contendientes del proceso electoral coinciden en la necesidad de un gran acuerdo político. La evidencia la encontramos en los frecuentes encuentros y debates, que dejan claro a su vez, la imposibilidad de que cualquier partido pueda asumir, por sí solo, los retos derivados de la crisis. Por otra parte, al menos el líder con mayores posibilidades de asumir el próximo gobierno, ha manifestado su disposición a incluir elementos de otras corrientes políticas. ¿Qué nos falta entonces?

Primero, una decisión más contundente, que comprenda al menos las principales 5 agrupaciones políticos, de posibilitar y participar en un proceso de convergencia, bajo los términos de un proyecto nacional. Recordemos que, según la última encuesta, la elección se definirá con el respaldo de sólo algo inferior al 30% de los votos inscritos en el padrón electoral y ello le restará legitimidad al próximo Gobierno. La legitimidad agregada, por el respaldo de al menos esas 5 fuerzas políticas, alcanza el 68% de los votantes inscritos. En consecuencia es importante que el nuevo Presidente invite a estas fuerzas políticas a participar formalmente en el nuevo gobierno para actuar dentro de lineamientos acordados en conjunto. Esta decisión de convergencia requiere que los líderes de estos movimientos adquieran, frente al electorado, el compromiso formal de participar en la construcción del proyecto nacional de convergencia.

Segundo, hay que elaborar los elementos principales de ese proyecto. Y de nuevo, tenemos la fortuna de que, en las propuestas de cambio que se han formulado, se puedan juntar voluntades civil y política. Esto se lograría encargando a representantes del cambio antes mencionados (Notables, Vía Costarricense, Agenda Nacional y Estado de la Nación) para que, antes de mayo 2014, cumplan ciertas metas concretas, entre ellas: integrar una propuesta de cambio para el corto, mediano y largo plazo; difundir esa propuesta en ámbito nacional; identificar los proyectos de ley a ser aprobados en forma ágil mediante acuerdo político; establecer un mecanismos de evaluación para su ejecución; sugerir los mecanismos políticos para conducir el proyecto nacional. Agilizaría este proceso la posibilidad de que estos representantes laboraran a tiempo completo, de aquí a mayo próximo. Esta posibilidad se podría facilitar con la participación del proyecto Estado de la Nación y del Programa de Naciones Unidas para el desarrollo, que podría proveer y/o administrar los recursos correspondientes y, por qué no, de actuar como coordinador independiente, incluso cuando se instale la nueva administración.

Tercero, hay que crear un mecanismo que incorpore a la población civil. La idea de los observatorios ciudadanos podría ser el mecanismo adecuado para estimular su organización por sectores y objetivos regionales, de los cuales surjan sus representantes en el proceso de convergencia. Cuarto, la gran duda del costarricense, justificada por los resultados de varias administraciones, es la capacidad de ejecución de los compromisos adquiridos en el entorno político electoral. Es claro que en algunos casos nos han fallados los liderazgos políticos, pero también nos falla el sistema, especialmente en dos sentidos: una organización macro estatal que privilegia el control y la independencia. La sabiduría popular y la teoría administrativa no dice que para lograr objetivos nacionales de desarrollo, se debe privilegiar la cooperación y la sinergia, sin perjuicio de controles esenciales, que no nos descarrilen de los resultados; Y un poder ejecutivo, el gran coordinador de los esfuerzos de desarrollo, cuyas facultades se han venido limitando desde la propia Constitución de 1949. Es necesario restaurar la autoridad y responsabilidad del Ejecutivo, a la vez que se identifican y corrigen los principales factores de ingobernabilidad, preferiblemente antes de mayo 2014.

Las elecciones que se llevarán a cabo en unos pocos días invitan a la reflexión. El concepto de crisis involucra dos aspectos esenciales: un Estado que dejó de ser funcional y que ha convertido los instrumentos en fines, en perjuicio de la función sustantiva del Estado: lograr el bienestar de toda la población y un entorno de convivencia pacífica. Un movimiento de timón se hace necesario para invertir la lógica destructiva que se ha impuesto; y los proyectos de desarrollo que ese mismo Estado obstaculiza y que nos impide alcanzar un alto nivel de bienestar social que sabemos posible con nuestra tecnología y recursos. Es una bicicleta estática que debemos convertir en un motor ágil, acorde con los retos del entorno global altamente competitivo.