¿Cómo recuperar la confianza en la política, la democracia y en nosotros mismos?

editorialEstamos en plena campaña. Catorce candidatos disputarán el privilegio de dirigir el Gobierno por los próximos 4 años, aunque de ellos posiblemente dos o tres puedan tener posibilidades reales de alcanzar ese privilegio. Es más probable, sin embargo, que sea el candidato del PLN quien, por un tercer período consecutivo, sea nuestro próximo Presidente. La legitimidad de la presidencia es un tema que subyace en la realidad del entorno político actual. La población simplemente no cree y los altos niveles de ausentismo posiblemente crezcan en el 2014. Es, por tanto, relevante pensar qué podrá producir un cambio para nuestro país y para nuestra democracia, la más sólida de Latinoamérica.

Nuestro país tuvo una transformación radical y positiva a partir de la revolución de la década de 1940 y de los gobiernos subsecuentes. Curiosamente, no fue anunciada con grandes planes de desarrollo, aunque sí con grandes ideas. Fueron producto de mentes excepcionales, como la del Gral. Volio, Manuel Mora, Monseñor Sanabria y Calderón Guardia, pero se concretaron principalmente por una corriente socialdemócrata que las adoptó a finales de la década como Política de Estado bajo el liderazgo de don José Figueres Ferrer. La democracia liberal quedó atrás y emerge la democracia social, con gobiernos dispuestos a intervenir en el desarrollo del país.

A partir de la década de 1950 el país cambió en forma radical, impulsado por una nueva concepción de cobertura universal en áreas tan críticas como la salud, la educación, infraestructura sanitaria, electricidad y una profunda reforma institucional que incluyó la nacionalización bancaria. La decisión de eliminar el ejército fue la llave que abrir los recursos que el país requería para implementar las coberturas nacionales. Pasamos entonces de un país agrario, esencialmente pobre, con una expectativa de vida que apenas llegaba a los 50 años, a una sociedad de ingreso medio, con niveles de desarrollo envidia de países mucho más ricos y con una expectativa de vida que ronda los 80 años. Y todo se hizo en paz y democracia, mientras todos los países de América Latina se desangraban para lograr muchas de estas conquistas.

¿Por qué el desarrollo del país no ha seguido su ritmo inicial de progreso y en cambio nos hemos sumido en la frustración y desesperanza e incluso en el rechazo a esta democracia que ha sido tan generosa con todos? Hay una amplia gama de causas, pero unas pocas tienen de peso mayor. Para evitar un desgaste innecesario, como el que está experimentando el país, es necesario identificarlas y entenderlas.

¿Por qué don Pepe lo logró y cómo podemos emularlo? Es posible que una gran mayoría de los costarricenses reconozcan en don Pepe el gran visionario de la segunda década del siglo pasado. No tenía planes y programas, porque don Pepe no creía en ellos, pero sí una clara visión de lo que había que hacer para producir un cambio fundamental, identificado como la segunda República. La idea de tomar iniciativas de alcance nacional en campos tan esenciales como los ya mencionados, complementados con una firme decisión de ejecutarlas, posiblemente fueron los grandes motores del cambio. Para ello, don Pepe se hizo acompañar de otras mentes brillantes, como Rodrigo Facio, Daniel Oduber, Jorge Dengo, entre muchas otras.

El mundo cambió y hoy enfrentamos grandes retos, incluso una deuda social con la población en  pobreza. Pero, parece una tarea imposible, articular las grandes ideas de cambio, coherentes con las necesidades particulares de nuestro momento histórico, y que todos nos unamos en la gran empresa de ejecutarlas ¿Qué nos ha pasado? ¿Perdimos la capacidad que demostró con creces don Pepe y quienes lo acompañaron?

Nuestra sociedad de los años 40 era más pequeña, pero posiblemente los problemas no tenían inferior complejidad a los actuales, como lo demuestra el hecho de que medió una guerra civil para impulsar el cambio. Sugerimos que hemos complicado el camino para lograr una visión de cambio y socializarla entre todos los costarricenses. Piense usted, amigo lector, en los principales partidos cuántos equipos de trabajo se han constituido para ayudar a los candidatos a decidir su plan de gobierno ¿Nos ayuda o nos obstaculiza ese esfuerzo de decenas, tal vez centenas, de técnicos y expertos? Creemos que ocurre lo segundo y que se producen volúmenes de documentos técnicos que no concentran la visión de cambio y que, en todo caso, el pueblo no los leen, entienden o le interesan. Pensemos que haría don Pepe. Sin duda tendría algunas ideas básicas – 5, 7 tal vez 10 – como eje centrales del cambio que reoriente al país por la vía del desarrollo que todos sabemos posibles.

Estas grandes ideas, si son las apropiadas, la gente las entiende, las internaliza y la compromete. Es lo que pone al país a caminar en una dirección de cambio. No quiere decir que el trabajo de los técnicos y expertos no sea esencial, pero eso corresponde a otro plano de acción en gobierno. La gente entiende que todo es caro, que hace falta crecimiento, que para ello es necesario infraestructura que no tenemos, más ETI (educación, tecnología, investigación) y desde luego seguridad. Y que cada uno de esos campos tienen un determinado orden de prioridades que, de nuevo, reduce el espacio de entendimiento y compromiso.

Lo segundo que se requiere es otra idea central de cambio: el buen gobierno. Y esto depende esencialmente de un Estado que se ha vuelto oneroso y que, más que ayudar, obstruye los procesos de cambio requeridos para retomar la ruta del progreso.Don Pepe y sus colaboradores no tenían que reformar mucho. Tenía que crear una nueva realidad institucional, dejando atrás el Estado Liberal y reemplazarlo con un Estado comprometido con el bienestar de la población. Hacerlo requería todo un proceso complejo y lleno de tecnicidades. Pero lo más importante era, primero, que la idea social de cambio tuviera el respaldo de todos los costarricenses. En la delicada coyuntura actual, quienes pretenden de liderazgo político no nos han esbozado su idea de cambio. Es más, la imagen popular de que todo es chorizo, nos lleva a pensar que existen muchos compromisos con intereses particulares para embarcarse en una idea de cambio nacional, como la reforma de nuestro inequitativo, ineficaz e ineficiente Estado.

La democracia hoy enfrenta grandes riesgos. El respaldo popular ha decaído, al igual que crece el respaldo a regímenes de corte autoritario. Una amplia mayoría considera que los políticos han perdido la capacidad para resolver los problemas que enfrentamos. Recuperar la confianza conlleva dos aspectos: primero, compartir una visión de cambio. Y, como en los 40, la ideología no debería ser un escollo para lograr una “visión país”, compartida por amplias mayorías. Segundo, necesitamos un buen gobierno, el cual intervienen la capacidad de decisión de nuestros líderes, pero más importante, un Estado que con sus vastos recursos y competencias sea un factor de desarrollo.