¿Por qué no exigir más de los políticos de cara al 2014?

editorialYa en plena campaña electoral, es de esperar que los políticos tengan sus ideas de gobierno claras. Los medios ofrecen algunas señales que nos dicen por dónde va la corriente, presumiendo que los filtros editoriales sean honestos y objetivos, de lo cual no hay garantía. En todo caso, la prensa destaca la opinión de los 5 principales candidatos y una entrevista particular a uno de ellos ¿Qué nos dicen? No mucho (ver AQUÍ). Es importante entender que el político no necesita de la planificación para desarrollar los elementos esenciales de su gobierno. Don Pepe, el gran visionario de la Segunda República, no tenía ni creía en planes, pero su mente albergaba iniciativas que nos dieron un nuevo país.

Todos los candidatos coinciden en áreas sensibles, indiscutibles componentes de la crisis en la que estamos inmersos. Un candidato destaca el desempleo y critica el sesgo monetarista del Banco Central centrado en la inflación. Igual lo hace otro candidato, pero luego acentúa aspectos selectivos de la reforma institucional. Un tercer candidato habla de la desesperanza y la falta de credibilidad en el sistema político y nos recuerda las características del gobernante: visión, convicción y carácter. Un cuarto candidato hace énfasis en la educación y en ¢5000 millones no ejecutados en el sector que puede emplearse para alcanzar educación secundaria universal. Finalmente, un quinto candidato coincide en empleos, crecimiento y mejoramiento de los niveles salariales.

Algo nos quedan debiendo los candidatos, porque muchas de estas cosas se hicieron en administraciones precedentes, pero los problemas persisten, de alguna manera vinculados a la crisis del 2008-2009. Lo que nos falta es la visión de un pequeño conjunto de políticas estratégicas que nos permita mover al país en una nueva dirección, mediante transformaciones urgentes, de impacto inmediato, y otras que tendrán que darse en el mediano y largo plazo. Es posible que, como lo sugiere el tercer candidato, la visión es lo esencial, pero también la mayor carencia del entorno político. Ese mismo candidato considera que la crisis no tiene solución en el corto plazo, lo que garantiza que la desesperanza se mantendrá por un período no previsible. Nosotros no concordamos con esta visión y consideramos necesario y posible realizar en el corto plazo acciones que nos lleven al país por un nuevo camino, de prosperidad y desarrollo.

Cierto, algunos problemas solo tendrán solución en el largo plazo, pero otros, seleccionados por  su impacto nacional y su efecto transversal en las estructuras que urgen renovación, son no solo posibles sino también necesarios para inyectar positivismo y confianza en nuestra capacidad colectiva para el cambio. No pretendemos tener esa visión, pero sí tenemos la convicción de que es posible construirla con los medios y los recursos que hoy tenemos a nuestra disposición. Veamos, a título de ejemplo, algunos elementos que podrían conformar esa visión estratégica.

Concertación política y civil: el costo político del proceso de cambio que el país necesita es una carga demasiado pesada para que pueda ser asumida por cualquier partido político, en buena parte por la escasa legitimidad del próximo gobierno. Según proyecciones, quien gane tendrá que hacerlo con unos 720 mil votos (40% de los votos emitidos y legítimos) y eso solo representa el 24% de los votantes inscritos en el padrón electoral. Una minoría que resalta el hecho de que un 76% le negará su respaldo, lo que refuerza la necesidad de un acuerdo entre las principales tendencias (tal vez las 5 mencionadas o al menos 4 de ellas). En este consenso debe abrirse un amplio espacio de participación civil, del cual pueda surgir un mandato popular de reforma, vía referendo. De nuevo, los partidos políticos se han pronunciado por la inclusión y es hora de pedirles coherencia con ello.

Crecimiento como factor común: todos los candidatos mencionados entienden que el crecimiento es el cacao del chocolate. El país necesita un crecimiento sostenido alrededor del 7% para generar los recursos requeridos para un cambio que produzca un impacto profundo y rápido en la situación política, económica y social del país. Y esto es enteramente posible, incluso en el corto plazo. Los economistas nos dicen otra cosa, porque la economía regional y mundial no parece dar para más, pero no tenemos que amarrarnos a las tendencias y teorías económicas, y en cambio, focalizarnos en resolver el problema. Los siguientes puntos apuntan a la viabilidad de un alto nivel de crecimiento.

Reforma del Estado: hay consenso de que nuestro aparato público ha colapsado. Por una parte, es una limitante a toda iniciativa de desarrollo. Por otra, sus costos son onerosos y generan despilfarros que hacen imposible cualquier proyecto importante. Para avanzar necesitamos resolver ambos. El primero, porque las iniciativas de desarrollo necesitan un Estado que facilite su ejecución, es decir, que pase del Estado controlador que hemos creado, a un Estado de resultados.

El segundo, porque los costos de la administración pública en todas las instituciones de los tres poderes, constituye un enorme drenaje de recursos con el mismo efecto paralizante. Unas cifras bastan para justificar esta aserción. Si relacionamos el presupuesto nacional, disponible en el sitio de la CGR, con el PIB nacional, según estimación del BCCR, resulta que el Estado nos cuesta el 78% del PIB. Por otra parte, hemos venido haciendo una estimación conservadora del costo de la ineficiencia pública, estimado en algo cercano al 20%, aunque los indicios apuntan a una cifra mayor. Ese cálculo conservador nos dice que el país pierde por ineficiencia algo cercano a unos $7000 millones por año. Un nivel de despilfarro inadmisible, que constituye el mayor obstáculo para atender problemas como la pobreza o metas más ambiciosas de educación. Sin las reformas que detengan el efecto de bola de nieve de la crisis, medidas como las que hoy propone Hacienda serán insuficientes e incluso podrían aumentar el déficit fiscal y la problemática institucional general.

Infraestructura: es evidente de lo anterior que estamos boyantes de recursos, pero tenemos un problema originado en sus formas de utilización por parte de nuestra institucionalidad pública. Pero ahí no acaba nuestra bonanza potencial. Resulta que tenemos, en fondos de reserva laboral y en excedentes de algunas instituciones autónomas, algo cercano a los $20 mil millones. Sabemos también que nuestra infraestructura está colapsando y que la que ya tenemos es insuficiente para nuestra competitividad en el entorno global. Es posible y necesario invertir esos fondos, pensando en su propia estabilidad y crecimiento, pero también en las necesidades de desarrollo del país, por supuesto, en proyectos que tengan capacidad de restitución de los fondos a intereses razonables.

No estamos proponiendo lo inalcanzable. La concertación viene siendo anunciada por tirios y troyanos. Simplemente requiere pedir consistencia entre retórica y acción práctica. Debe acompañarse abriendo espacios como los del movimiento de occidente para que la presión civil se mantenga como un factor de presión positiva al sistema político. La reforma institucional tiene sus parámetros definidos, lo cual facilita los acuerdos que lleven a la estructuración de un conjunto de proyectos para su aprobación legislativa.

En infraestructura, las necesidades no pueden ser más evidentes. El tema es encontrar mecanismos ágiles para ejecutar los proyectos urgentes que el país necesita y canalizar en esa dirección los vastos recursos económicos nacionales para su financiamiento. La banca pública debería ser parte de esos mecanismos e incluso ofrecer condiciones favorables para el establecimiento de fideicomisos. Se nos ha dicho que el MOP considera la posibilidad de un ferrocarril entre La Cruz, Guanacaste, y Limón. Pero también se nos dice que el principal problema es financiamiento. No debería serlo, considerando que tenemos esos $20 mil millones a disposición, si los manejamos con responsabilidad. Debería dar para pensar con más ambición, en una red nacional ferroviaria eléctrica, que cubra otro ramal al norte por Los Chiles, donde pasará el 30% de las exportaciones nicaragüenses en ruta a Limón, la conexión del ferrocarril de Puntarenas-Limón y también una red para pasajeros desde San Ramón a Paraíso en Cartago, que cubra también las cuatro principales ciudades de la meseta central. La Ruta 1 tiene enormes deficiencias y hay muchas otras rutas, entre ellas algunas costeras, esenciales para el turismo, solo para mencionar algunos ejemplos dentro de la amplia gama de carencias nacionales.

Y sí, podemos aspirar a un crecimiento económico similar al de Panamá, porque necesitamos invertir, aun sin canal, tanto o más que ellos. En esencia, con los recursos disponibles, podemos, fácilmente, inyectar $2000 millones anuales o más a la economía durante la próxima década. Podría ser que alcance para lograr el desarrollo que tanto ansiamos. Es cuestión de un plan inteligente de inversiones que se puede conformar en torno a zonas selectivas del desarrollo, para ejecutarlos, digamos, a partir del año 2015. Sería un segundo despegue para Costa Rica, similar al que realizamos con éxito en la década de 1950 y subsiguientes. Es lo que necesitamos para atender el problema de la pobreza sobre bases sólidas y elevar nuestra capacidad competitiva. De la misma manera, es un error pensar que con un proyecto fiscal limitado a la relación gasto/ingreso podamos encarar la crisis. El Estado es un aparato que procesa  sus recursos en forma ineficiente; si los aumentamos generará más ineficiencia y mayor déficit fiscal.