Democracia en crisis ¿Cómo salir del atolladero?

editorialReconocemos que hay un una actitud de descontento, rechazo y desconfianza con la política, pero no que es la propia democracia la que está siendo cuestionada por la ciudadanía y por los políticos, aunque ambos evaden los temas de fondo y por tanto la solución de una crisis que tiene raíces profundas, con efectos profundos en lo que somos como sociedad y como país. Es, además, un sentimiento contradictorio, por una parte, porque Costa Rica ha demostrado que es posible avanzar en paz y democracia, como lo ha hecho durante los 63 años que van desde la revolución más profunda realizada por las principales fuerzas políticas en la década de 1940, en una extraña asociación entre el conservatismo socialcristiano, el comunismo y los socialdemócratas; y, por otra, porque tuvimos, a partir de la década de 1950, la capacidad para construir un nuevo país, pero, a diferencia del resto del continente que se desangró en ello, lo hicimos en paz y democracia, lo que creemos -y repetimos con cierto orgullo- representa un rasgo fundamental del carácter costarricense y de nuestra vida política.

La cuestión es, por tanto, si tendremos como sociedad la capacidad para reencontrar ese camino tan nuestro de serenidad, paz y democracia, para resolver los problemas que hoy nos afectan, con las características particulares de nuestro tiempo, en un país distinto y en un nuevo entorno. Lo que hemos hecho hasta ahora no da para mucho optimismo, aunque tal vez tenemos que reconocer también que son procesos de cambio de largo aliento.

Más bien algunas señales de crisis parecen profundizarse: 1) el movimiento de occidente que logró parar la concesión de la carretera a San Ramón y unió a la población en un tema nacional, fue una bocanada de aire fresco, desgraciadamente contaminado por oportunismos gremiales y políticos que buscan re-direccionarlo hacia intereses particulares; 2) los partidos políticos hablan de renovación, a la vez que aplican el viejo sensato recurso de la meritocracia, lo que a su vez podría profundizar el problema de identidad y dispersión ideológica; 3) a pesar de algunas iniciativas visibles de cambio, entre ellas vía costarricense, las propuestas de los notables, la agenda nacional, no parece haber voluntad política para focalizarnos en ellas; 4) persiste la atomización política y la dispersión ideológica, como es evidente de la presencia de 14 tendencias de cara al 2014 y de que, con una única excepción, tienen preferencias electorales que se cuentan por un dígito; y, 5) la mayoría de la población se declara aislada del proceso electoral o tiene dificultad para identificarse con alguna de las tendencias.

Es posible que en esta coyuntura, el pasado también nos pueda servir para encontrar las raíces de éxito de los procesos de cambio. Dos aspectos fundamentales parecen ser de particular importancia. El primero es la focalización en conceptos estratégicos que puedan determinar la naturaleza del cambio, incluso algunos de carácter instrumental, esenciales para lograr las bases de una nueva sociedad. Nuestro país cambió en torno a grandes ideas, como la seguridad social y coberturas universales en aspectos tan esenciales como infraestructura sanitaria, vías de comunicación, electricidad y educación. Por supuesto, somos hoy un país diferente, con nuevas necesidades, pero con los mismos retos: nueva visión para nuevos problemas y un entorno global que, nos guste o no, es una realidad que debemos confrontar. Lo cual demanda una nueva visión de infraestructura, comunicaciones, educación, salud, energía, etc. Es fundamental entender que podemos tomar del pasado los elementos del proceso de cambio, pero no sus soluciones. La sociedad agraria de la década de 1940, con menos de 1 millón de habitantes, con esperanza de vida inferior a los 50 años, es hoy un complejo país, predominantemente urbano, con casi 5 veces la población de los 40, mayores y más costosas expectativas, alta longevidad, problemas de una complejidad mayor altamente tecnológicos, y la amenaza (a su vez oportunidades) de un entorno agresivamente competitivo. Es la visión clara de los problemas de esta sociedad distinta que conformamos hoy, de sus carencias y de sus necesidades de transformación, la que nos puede unir en torno a la imagen del perfil del país que queremos ser.

Segundo, hay que recuperar la esencia de la democracia, como lo hicimos en la década de 1940 y en las acciones concretas a partir de la década de 1950. Nos referimos a dos aspectos prácticos, por una parte en la autoridad de gobierno y, por otra, en la obediencia civil. Nos explicamos: para vivir en democracia – y más aún para impulsar procesos de cambio – es esencial que el gobierno mande y que la sociedad obedezca. En democracia nos organizamos para que los políticos, como liderazgos construidos en procesos sociales donde se filtran las necesidades de la población y la visión política, conformen propuestas coherentes de desarrollo. Esas propuestas se traducen en un compromiso político y en la delegación popular de autoridad para su ejecución. La crítica constructiva, individual, colectiva o institucional, también esencial en democracia, no debe ir en perjuicio de esa autoridad de gobierno porque constituyen obstáculos al mandato popular y a las propuestas de desarrollo.

Sin embargo, la obediencia civil es producto del buen gobierno, a su vez, nuestra gran carencia. La ingobernabilidad implica que no estamos dando respuestas oportunas y apropiadas a las necesidades del país y, por tanto, la relación de mando/obediencia se ha roto. Los gobiernos no deciden y la población no obedece. Todo lo contrario, ha encontrado oportuno violentar los derechos sociales, especialmente el derecho de tránsito de bienes y personas que la Constitución nos da, porque encuentran que es la única forma eficaz para que el gobierno actúe en beneficio de sus intereses particulares. Y es la forma más eficaz, a su vez perversa, de imponer el interés particular sobre el interés nacional. El gobierno es así obligado a privilegiar el interés de los motociclistas; de los taxis piratas; de los arroceros, cafetaleros o frijoleros; de unos huecos en las calles de Cachí; de los gremios de la Caja, de JAPDEVA o del ICE, en vez de focalizarse en problemas de envergadura nacional que son los que garantizan la estabilidad y el crecimiento en paz y democracia, como lo hiciéramos en el pasado.

Nuestro error es culpar a los políticos de turno, por problemas que exceden sus posibilidades. Cierto que los políticos con frecuencia aportan a los problemas, pero más importante es hoy una institucionalidad que precisamente sabotea y obstaculiza el cumplimiento del mandato popular antes mencionado. No se vale que la democracia ofrezca la posibilidad de generar mandatos populares validados en procesos electorales, y que luego los tecnócratas creen aparatos burocráticos y jurídicos que hacen imposible su ejecución. Reiteramos, es el buen gobierno la esencia de ese equilibrio mando/obediencia, pero si impedimos que el gobierno actúe, no será posible conjuntar voluntades y recursos en la dirección del interés nacional que todos queremos, valga decir, de un desarrollo justo y solidario, que brinde bienestar para la totalidad de la población, sin la exclusión del fenómeno de la pobreza y la vulnerabilidad que hoy abarca a más de 1,5 millones de personas.