¿Cómo confrontar las crisis que detienen nuestro desarrollo?

editorialParece que vivimos en un contexto de múltiples crisis. Aún en campos donde aparentemente hacemos bien las cosas, quedamos debiendo. Puede que sea así porque el mundo actual nos exige más. Por ejemplo la competitividad reclama más intensidad de progreso en el campo educativo. El Estado se ha constituido una barrera infranqueable para cualquier proyecto y para las cosas más simples, de las cuales depende en mucho el ciudadano en su actividad diaria. El transporte colapsa fácilmente cualquier día y es fuente de irritación para todos. La infraestructura general es insuficiente y la que existe está en franco deterioro. La parálisis de la economía es cosa frecuente porque los grupos de interés especial encuentran que es la forma eficaz de atender sus reclamos, legales o ilegales. La lista es interminable, pero no podemos dejar de mencionar el problema de actitud que sume a la población en un negativismo, que debilita su voluntad de actuación social y que rechaza el sistema político, lo que implica un rechazo a la democracia que ha sido generosa con el país.

El problema adquiere relevancia porque pronto cambiaremos de gobierno y la población parece rechazar, mayoritariamente, el proceso electoral hacia el 2014. La renuncia del candidato del PUSC, Dr. Rodolfo Hernández tendrá el efecto de profundizar ese rechazo, especialmente por el contenido de la renuncia y la caracterización que hace al proceso político, en el que sobresalen la envidia, la traición y las puñaladas por la espalda. Y para empeorar las cosas, el Dr. Hernández, después de soltar la bomba de su carta de renuncia, no tiene obstáculos para volver a la campaña solo dos días después, disque para complacer a un centenar de personas que se lo pidieron en manifestación pública, frente a su casa. Ciertamente, el comportamiento del Dr. Hernández es una herida más al sistema político cuando, según las encuestas, más del 50% de los electores lo rechaza.

Surge la pregunta: ¿es esto reflejo de la realidad del país? El candidato del partido mayoritario, con amplias posibilidades de ser nuestro próximo presidente, lo cree así. Lo confirma al decir que “Lamento que se encontrara ese mundo que ciertamente está presente en la política. Hay mucha intriga, serruchada de pisos, y eso que él alega es cierto, son situaciones con las que uno tiene que enfrentar en la política”. Pero un conocido analista económico lleva la crisis política a otro nivel, al señalar en su columna semanal que “En política, la cosa va a puñalada por bollo de pan. Pero tampoco hay pensar que en el ambiente laboral de la empresa privada ese tipo de cosas no suceden. También la gente lucha por mejorar sus intereses. Las serruchadas de piso y puñaladas por la espalda no son exclusivas de los políticos. No es que los “políticos” sean personas diferentes a los trabajadores o empresarios. No es que son una clase aparte. Muchísima gente que se mete en política ha sido trabajador o empresario, y, cuando sale de la política, vuelve a serlo”. Nosotros agregamos que, si lo anterior es cierto en el ambiente laboral, lo debe ser más en la totalidad del mundo económico por el efecto de la rentabilidad (vía de riqueza). Finalmente, un expresidente del PUSC, en entrevista radial, sugiere que son cosas de toda la vida y parte de la “naturaleza humana”.

El problema es que, si las cosas son así, nos queda poca posibilidad para conducir el país por la vía del desarrollo que todos sabemos posible, pero que no logramos concretar. El país necesita superar estos problemas y, sobre todo, sustituir su negativismo y desconfianza en las posibilidades colectivas para encarar los más complejos retos, como lo hicieron otros costarricenses en el pasado. Ayudaría entender que somos un país con problemas, pero a su vez exitoso. Somos líderes en desarrollo humano, a pesar de la crisis tenemos un crecimiento económico relativamente bueno y con perspectivas de mejorar en el 2014, lideramos a la América Latina en desarrollo del capital humano según noticias de esta semana, y nuestros muchachos compiten con éxito en eventos científicos internacionales con países desarrollados. Además, nuestra institucionalidad democrática es apreciada por ciudadanos de muchos países que trasladan a sus familias para convivir con nosotros. Pero sí, tenemos serios problemas que debemos superar su queremos seguir progresando y alcanzar el desarrollo sin la exclusión inaceptable actual, de más de 1,5 millones de compatriotas que hoy se encuentran en pobreza y vulnerabilidad.

Para ello es necesario focalizar nuestra atención y recursos en los principales problemas, condicionantes de todos los demás. Para empezar, es evidente que nuestros valores fundamentales han sido trastocados y nos encontramos la influencia de corrientes que impulsan un creciente materialismo, consumismo e individualismo, en buena parte condicionado por la cercanía con la economía de los Estado Unidos donde esas corrientes prevalecen. Esa cercanía e  influencia existe, ha existido y seguirá siendo parte de nuestras vidas, pero no tenemos necesariamente que copiar sus estilos de vida. Recordemos que en muchos sentidos, en el pasado éramos lo que eran nuestros padres. Y, precisamente porque hemos logrado éxitos notables, la mujer logró un espacio en el mercado de trabajo. Al dejar el hogar y asumir sus nuevas responsabilidades laborales, se debilitó la estructura familiar, de la cual emergían los valores que formaron el carácter del costarricenses. Hoy nuestra juventud será lo que son sus maestros y profesores, que los tienen cautivos durante la mayor parte del tiempo, si es que estudian, porque de otra forma su educación es producto de la calle.

La consecuencia de este razonamiento es que necesitamos una profunda reforma educativa, lo cual es difícil entender, porque el país ha hecho notables avances en ese sector. Sin embargo, si queremos desarrollo, igual que lo hicieron muchos países que hace algunas décadas estaban atrás de nosotros, hay que replantear el problema. Uno aspecto importante es que debemos asignar más recursos, especialmente en la formación de maestros y profesores a quienes podamos encomendar la suerte de nuestra juventud, en cuestión de valores y también en proporcionar los conocimientos para insertarse en el entorno global, con crecientes demandas tecnológicas y competitivas. Y, para un país que no tiene ejército, eso no debería constituir un problema.

Por otra parte tenemos que ser ambiciosos con nuestras metas. Hoy la escolaridad sigue siendo baja y las metas parecen encaminadas a paliar ese problema. Hay que sustituirlas y plantearlas en forma coherente con las demandas del desarrollo. Esencialmente, debemos de elaborar una Política de Estado que nos lleve en el mediano y largo plazos a lograr – para algo cercano al 100% de la población en edad escolar, primaria, media y superior – que completen esos ciclos con éxito y concluyan con un título universitario.

Por otra parte, ni la reforma educativa ni el desarrollo serán posibles, a menos que realicemos una reforma institucional de fondo que pare en seco el nivel de despilfarro de recursos y oportunidades que produce un Estado disfuncional, reconocido así por todos. Hay cifras contundentes y dramáticas que refuerzan la urgencia de esa reforma. Tenemos una economía estatizada que produce un enorme desequilibrio, limitante de cualquier ineciativa. Según información de la Contraloría General de la República, el Estado costarricense nos cuesta aproximadamente $35.5 mil millones. Y según estimaciones del Banco Central, el producto interno bruto nacional (PIB) alcanzará en este año $44.2 mil millones. Es decir, nuestro Estado cuesta el 78% del PIB. Esto es simple locura e implica que las características de nuestra economía están determinadas por las del Estado, que sabemos es disfuncional, ineficiente y despilfarrador. Los costos de ineficiencia que pesan sobre las espaldas de quienes menos tienen, se contabilizan en muchos miles de millones de dólares por año, suficiente para cubrir el déficit fiscal y canalizar otros tantos miles de millones a inversión en infraestructura económica y social. La reforma institucional es de la mayor urgencia.

Para dar una dimensión más concreta del problema, piense usted, amigo lector, que si la ineficiencia tuviera un costo del 10% de los recursos invertidos, ello equ ivaldría a unos $3500 millones por año. Sin embargo, usted coincidirá con nosotros en que los indicios que nos llegan todos los días, apuntan a un nivel de ineficiencia mucho más elevado. Además, a menos que nos enfoquemos en las causas primarias del problema, más asociados con el gasto que con los ingresos, el Estado disfuncional seguirá alimentando el déficit fiscal e impidiendo el logro de metas superiores de desarrollo.

Estamos empezando a ver brotes de indignación, que es necesario encausar por la vía de la democracia y la paz, como siempre se ha hecho en Costa Rica. Los riesgos son evidentes y refuerzan la urgencia de emprender reformas sustanciales. La población ya no se nutre solo de los beneficios políticos de la democracia, sino que quieren bienestar material. Es la razón por la cual el llamado Socialismo Siglo Veintiuno (SSXXI), ha hecho importantes avances en la región. Bajo el simple principio de la jerarquía de las necesidades, vastos sectores de la población regional se han volcado en apoyo del SSXXI, ignorando la evidencia fáctica según la cual esos regímenes carecen de sustentabilidad en sus procesos, como lo revelan con claridad la situación del país que lo originó, Venezuela, y el que lo inspiró, Cuba.

Pero estamos hablando de procesos y metas complejas, que no se pueden construir sin una voluntad colectiva nacional ¿Tenemos esa capacidad? Es posible que el sistema político no la tenga, a pesar de la retórica electoral y de sus aparentes compromisos con un desarrollo superior. Los obstáculos parecen confirmarlos la renuncia del Dr. Hernández, las palabras del candidato con mayores posibilidades de triunfo y la generalización de los vicios políticos al sistema económico que hace un analista. Las ambiciosas metas que hemos señalado, no serán posible, a menos que se cree una conciencia colectiva entre los sectores civiles para generar una presión irresistible sobre el sistema político y para coadyuvar en un “nuevo Estado” y una “nueva educación” como ejes del modelo de desarrollo.

El movimiento de occidente para detener la concesión de la carretera San José-San Ramón nos mostró un modelo de cambio, pero también su potencial y riesgos. El potencial reside, posiblemente, en el enfoque por problemas nacionales, con objetivos que interesen a todo el país y generen apoyo nacional. La carretera, ruta 1, es el corazón de nuestras vías de comunicación y eje central de la economía, valga decir, de empleos e ingresos. Fue la razón por la cual el movimiento de occidente tuvo respaldo nacional. Los riesgos estuvieron representados por oportunistas que intentaban sustituir el interés nacional, por intereses particulares, especialmente gremiales y políticos. A mayor presencia de grupos de interés particular, el movimiento se debilita, se polariza y pierde apoyo nacional. En consecuencia el gran reto que encara el país es cómo abrir espacios a la participación civil, para reformas que produzcan motivación nacional; y cómo impedir que oportunistas de distinto cuño sustituyan los liderazgos centrados en el interés nacional.