Turbulencia política

editorialSabíamos que la población costarricense se encuentra en un estado de desconfianza y rechazo al sistema político, una cuyas manifestaciones es que, según las encuestas, más de la mitad de los electores tienen poca identidad partidaria o se excluyen totalmente del proceso electoral. Pero la renuncia del candidato del PUSC, Dr. Rodolfo Hernández, pone en descubierto otra dimensión de la crisis política nacional, evidente sus propias palabras: “…cuando me entero de que políticos de mi propio partido andan de pueblo en pueblo pidiendo que no voten por mí… candidatos a diputado, (que) una vez elegidos, se niegan a trabajar junto a mí bajo el argumento de que lo único que importa  …es llegar a Cuesta de Moras… cuando sé que mis detractores le informan al candidato oficial que harán lo posible para que yo no gane las elecciones… (presión de) quien pensó que mi candidatura sería no para ganar sino para resucitar al partido y allanar el camino para que otro sea el candidato en el 2018… cuando personas que se dijeron sinceras abandonan sus obligaciones y procuran chantajearme (contra) los colaboradores que estuvieron conmigo… cuando muchos se resisten a respaldarme por la sencilla razón de que hago política sana, transparente, honesta y sin componendas…

¿Es esa una correcta descripción de la política nacional? Posiblemente siempre ha sido así y tal vez el Dr. Hernández no tiene la “concha” de los políticos que se han formado en distintas lides electorales y que están inmunizados frente a las durezas del empedrado camino del electoralismo. O a las componendas, en las que se distingue siempre la imagen de que, un candidato cualquiera, “es viable si tiene el apoyo del empresariado”, en referencia a la estrecha relación entre el interés político y los grandes intereses económicos, mientras en el plano retórico surge prominente la pobreza de un millón de compatriotas y la vulnerabilidad que afecta a más de millón y medio.

Por supuesto, la división no es nada nuevo, sólo que tal vez no estábamos conscientes de su dimensión. Fue dramatizada en el PAC cuando aparece su fundador separado del resto de los miembros del partido por una cuerda; cuando, después de permanecer en EE UU por algún tiempo, hace declaraciones sobre la presencia de “chavismo”; cuando se hace pública una fuerte disputa entre el presidente de PASE y su Secretario General; cuando se separan varios diputados de sus respectivas fracciones en el PUSC, en el PASE y en el ML; O, cuando en el PLN se habla de un “nuevo partido”, construido sobre las cenizas del Arismo y dominado por viejos liderazgos, cuyas pretensiones presidenciales fracasaron en otras tiendas y están de regreso en el PLN.

Es posible que la esencia del problema se encuentre en vicios que hemos arrastrado del pasado y se exacerban por la pequeñez de la mayoría de los partidos que hoy conforman el mencionado archipiélago. 15 partidos estarán presentes en las elecciones del 2014, cuyas diferencias ideológicas son difíciles de precisar. A menos que sólo se hayan constituido con la esperanza de repartirse algunos puestos políticos, especialmente diputados, motivados por intereses particulares que ponen el interés nacional en un plano secundario de importancia.

Una parte importante del problema parece ser la atomización política a la que nos hemos referido como un archipiélago que aporta a la ingobernabilidad, por la dificultad de lograr acuerdos y comunicación en las distintas islas que lo conforman. El fenómeno de pequeñez genera una especie de incertidumbre existencial, que estimula la atención de problemas políticos de poca monta, en perjuicio de otros de envergadura e interés nacional, como elevar a “meta” la pretendida alianza para destruir al partido dominante, en vez de mirar a lo interno sobre las deficiencias que los mantienen con caudales electorales medidos por un dígito. O la facilidad con la que algunos diputados cambian de posición y asociación con las distintas tendencias representadas en el congreso.

La renuncia del Dr. Hernández es un momento triste para el país y agregará al sentimiento de rechazo popular y desconfianza en el sistema político. Por otra parte, sugiere que ese “sistema político” no tiene capacidad de renovarse a sí mismo. Si queremos proteger la democracia de mayores riesgos, tendremos que hacerlo a partir de movimientos civiles.