Debemos combatir la apatía política

editorialO, deberíamos decir, el rechazo político. Porque las encuestas recientes revelan que solo un 34% de los electores votarán y ya eligió su candidato, un 19% tiene dudas sobre el candidato y algo cercano a un tercio no votará. Esto es consistente con la tendencia de las últimas tres o cuatro elecciones y, si los niveles de irritación social están al nivel que parece estar, es posible que el abstencionista vuelva a los niveles del 2006, cuando alcanzó un 35%. Surge entonces la cuestión de la legitimidad de un proceso electoral en el cual participan sólo dos tercios de la población y, si el presidente es electo, digamos, con el 40% de los votos, eso sólo representa el 27% del electorado formalmente registrado como votante. Peor aún, si el candidato más votado no alcanzara el 40% y en segunda ronda pierde con  otro que en la primera sólo tuvo el respaldo, digamos, de un 15% de los votantes, lo que equivaldría al 10% del total de votos inscritos.

La frustración del costarricense reside en el hecho de que las cosas no funcionan. Una encuesta cuyos resultados fueron publicados en esta fecha, denota un rechazo muy pronunciado a la gestión de la Presidente Laura Chinchilla, el mayor de cualquiera de sus antecesores en varias décadas. La población también cree que el congreso es un fracaso y sólo un 5% de los encuestados aplaude su trabajo. Por supuesto, está el antecedente de la administración que realizó el directorio durante el período mayo 2012-mayo 1013, caracterizado por disputas, incompetencias e improductividad relativa a los retos que enfrenta el país.

Un rechazo de esta magnitud a la política no es otra cosa que pérdida de confianza en el proceso electoral, punto crítico de la institucionalidad democrática. Y para nuestro futuro es necesario descubrir cuáles son las verdaderas causas del descontento popular. Según el imaginario colectivo, las cosas no funcionan y hay mucho de cierto en ello. Pero, por otra parte, Costa Rica ha sido posiblemente el país más exitoso de América Latina durante la segunda mitad del siglo pasado y lo que va de este. Y, más importante, los logros en materia de desarrollo humano, fueron gestados en completa paz y democracia, mientras otros países se desangraban luchando por alcanzar mayores niveles de bienestar político, social y económico. Esto debería ser razón suficiente para que tuviéramos una actitud positiva y confianza en nuestra capacidad para seguir encarando con éxito los retos del momento, no importa su complejidad.

Lo que frustra al costarricense es pensar que tenemos la capacidad para un mayor nivel de desarrollo, con mínimos de pobreza y vulnerabilidad, pero no logramos alcanzarlo. Y la razón principal es que hemos creado un Estado disfuncional, que no resuelve cuando necesitamos de él, que es a diario, y que su ineficiencia nos cuesta varios miles de millones de dólares por año ¿Por qué cargar sobre nuestras espaldas esas pérdidas voluminosas, cuando esos recursos podrían encarrilarse al desarrollo, atender la reforma fiscal sin incremento impositivo para las clases medias e inyectar en forma sostenida unos $2000 millones anuales para mejorar las condiciones de vida de todos los costarricenses?

Ahí reside el principal problema nacional y la irritación que la gran mayoría de los costarricenses experimentamos, aunque la canalizamos mal. No hay duda de que la actual gestión de gobierno ha sido débil y ha incumplido sus promesas. Pero este es un problema estructural, de un Estado que, con criterio jurídico, se ha construido con la anuencia de toda la población. Tenemos una institucional que compite y no se complementa. La Sala IV cogobierna y coejecuta (o impide que se haga) porque se ha atribuido la cualidad de saber de todo más que los expertos en la materia. La Asamblea Legislativa, como bien lo percibe la población, ha reusado encarar y resolver con la celeridad que las circunstancias reclaman los proyectos que, en el corto plazo de 4 años, tendrá que ejecutar el Poder Ejecutivo. Los poderes de la república han entendido que el control prevalece sobre la complementariedad para, entre toda la institucionalidad, generar productos (no pegarse en procesos) y entregarlos la población como los beneficios que espera del Estado en su conjunto.

Los tropiezos y las trampas entre unos y otros solo retardan el bienestar de la población y proyectan una imagen fallida del Estado costarricense. La Trocha  es un símbolo de corrupción e ineficiencia, que según las encuestas se refleja en forma negativa sobre la Sra. Presidente. Sin embargo, la Sra. Presidente no ha tenido ningún acto éticamente cuestionable con dicho proyecto y ningún político ha sido acusado de delito alguno. El villano es ese Estado grande, ineficiente, representado en este caso por CONAVI, sobre el cual la Sra. Presidente tiene muy poca o ninguna autoridad. En efecto, hemos creado un órgano con una gerencia colectiva (la Junta Directiva o Consejo), cuyos miembros no son seleccionados según sus competencias y que, con mucha frecuencia, responden a intereses privados no necesariamente compatibles con el interés nacional. Ese cuerpo gerencial puede actuar o no actuar, con la impunidad que su marco jurídico le asegura. La figura jurídica de CONAVI se repite con excesiva frecuencia en muchas organizaciones, dentro y fuera  del poder ejecutivo, donde la figura de autonomía se impone con diferentes características, todas en perjuicio de la autoridad del Poder Ejecutivo.

¿A dónde nos lleva esta línea de argumentación? Primero, que tenemos una democracia que ha sido generosa con los costarricenses y que es signo de respeto internacional; segundo, que los problemas están parcialmente en nuestros gobernantes, pero más definitivamente en nuestro ordenamiento institucional que, por tanto, requiere urgente reforma, cuyos contenidos han sido reconocidos y sólo requieren ser ejecutados; y, tercero, que es bueno recordar el país que somos, como una fuente de positivismo y energía para encarar los problemas que hoy nos abruman. En momentos críticos de su historia, los costarricenses hemos sido capaces de producir soluciones, sólidas, justas y creativas. Seguro que lo podemos volver a hacer.