Pensar positivamente para construir nuestro futuro

editorial¿Podemos sentirnos bien por lo que somos como país y pensar,  con seguridad y confianza, que podemos enfrentar los retos de un nuevo mundo en continuo proceso de cambio? Sugerimos que sí y lo hacemos pensando objetivamente en nuestro pasado. Veamos un par de ejemplos: el Estado costarricense lo construyeron hombres como Braulio Carrillo, Juan Mora y Tomás Guardia, en el breve período de unas 7 décadas, lo cual es sorprendente relativo a la experiencia mundial. Pero, más notable, es que lo hiciéramos en paz.

En la década de 1940 el país experimentó una transformación profunda. Éramos menos de un millón de costarricenses, en su mayoría pobres jornaleros, dependientes del cultivo del café y algún otro producto agrícola, carecíamos de infraestructura sanitaria y otras coberturas esenciales y, la expectativa de vida era inferior a 50 años. En las décadas siguientes, cambiamos esa realidad y, al iniciarse el siglo XXI, la población se acerca a los 5 millones, tenemos índices de desarrollo humano inusualmente altos para países en vías de desarrollo, disfrutamos de las coberturas esenciales y la expectativa de vida ronda los 80 años. Pero, de nuevo, todo eso lo hicimos en paz y democracia, mientras otros países del continente eran dominados por dictaduras y pagaban con sangre la conquista de sus derechos humanos y el bienestar social. Además, en la segunda mitad del siglo pasado compatriotas distinguidos tomaron decisiones que podríamos llamar heroicas: por una parte, la eliminación del ejército en Costa Rica y, por otra, el logro de la paz en Centro América, cuando la guerra era promovida por las fuerzas más poderosas del mundo, la Unión Soviética y los Estados Unidos. Todo ello sugiere que sí tenemos la capacidad para encarar los más complejos retos que nos ofrezca el entorno y las coyunturas de nuestra época.

El país se encuentra bien, aunque tiene carencias que atender, la más importante, la persistente pobreza de poco más de un 20% de la población propia y migratoria. Para superar nuestra irritación y recuperar la confianza en nuestras capacidades, conviene alejarse del discurso político e ideológico, y focalizarnos en los problemas esenciales, por ejemplo…

El Estado como fuente de irritación y retroceso: estamos invirtiendo algo cercano a la mitad los recursos de la producción nacional en un Estado que viene agotando sus posibilidades de aporte al desarrollo. Es esencial cambiarlo para recuperar capacidad productiva e impulsar los grandes proyectos que enfrentamos. La reforma institucional es el instrumento y las acciones requeridas han sido identificadas por los notables y otros grupos de estudio de nuestra problemática nacional. Tenemos que actuar, ya sea presionando al sistema político, reticente a asumir el costo de las transformaciones o que la población civil se organice para producir un mandato de reforma vinculante por vía de referendo. El contacto de los costarricenses con el Estado es una realidad que se repite a diario. Nos irrita cuando no “resuelve” o cuando lo hace solo mediante la mordida. Es nuestra principal fuente de  enojo, desconfianza y rechazo del sistema.

Fortalecer la democracia: el proceso electoral constituye una de las instituciones más poderosas de la democracia. Es precisamente ahí donde se establece un contrato (o bases de un programa),  entre la población y el Gobierno, representado por el líder que triunfe en las elecciones. Sin embargo, los costarricenses nos hemos arreglado para limitar la capacidad para que el Presidente cumpla con el compromiso popular adquirido. Los hicimos cuando se adoptó la Constitución del 49, preocupados por los abusos políticos de esa década. Y lo hemos confirmado después, creando un Estado cuyas instituciones compiten y se limitan entre sí, en vez de complementarse y producir sinergia. Los costarricenses, o quienes han judicializado todo el modelo de gestión pública, parecen desconocer la importancia del mandato popular que resulta de las elecciones y se empecinan en controlar al Presidente, en vez de facilitar el cumplimiento de su compromiso. La reforma institucional debe inspirarse en la necesidad de fortalecer el ejecutivo, mediante procesos que, sin perjuicio de ciertos controles esenciales, se focalicen en la generación de resultados o productos del desarrollo y del bienestar social.

La pobreza: la discusión ideológica sirve de excusa para evadir el problema. La pobreza se combate de dos formas: con niveles de crecimiento que proporcionen empleos e ingresos; y con procesos educativos que mejoren la empleabilidad de los pobres. También ayudan los subsidios, construidos en forma  inteligente para evitar dependencias negativas, pero el país posiblemente no tenga los recursos para ello. Por otra parte, es importante distinguir la pobreza de la equidad. El país ha hecho notables progresos en la generación de empleos de calidad, a los cuales han tenido acceso el sector más educado de la fuerza laboral. Hemos favorecido al sector que ya estaba bien y lo hemos alejado de la población en pobreza, con lo cual probablemente se incremente la inequidad. La equidad puede mejorar con más escolaridad para la población vulnerable o con sistemas tributarios que hagan que el rico aporte más al desarrollo en beneficio de todos.

La economía: el llamado sector productivo ha sido exitoso y ha permitido el crecimiento de las exportaciones, el más alto de América Latina per cápita. Pareciera que el factor crítico, recurso humano, anda bien, si confiamos en un indicador importante: nuestros muchachos compiten con éxito en certámenes científicos alrededor del mundo. Debemos mantener el crecimiento de las exportaciones, pero posiblemente debemos estimular más la producción nacional, de tal manera que se reduzcan algunas importaciones.

Tenemos deficiencias notables en infraestructura, pero pareciera, por otra parte, que el país adquiere conciencia de que tiene enormes reservas de recursos para invertir en obras de infraestructura que son esenciales para el crecimiento y la competitividad. Entre fondos de reserva laboral y excedentes de algunas empresas públicas, hoy superamos los $20 mil millones de dólares, que pueden ser utilizados para constituir un fondo para infraestructura pública, mediante préstamos con intereses de mercado, con lo cual los fondos mismos adquieren estabilidad y crecimiento. Igualmente, fortalecería el capital nacional y sería una fuente importante de mano de obra para los sectores vulnerables.

Conclusión: no tenemos o, tal vez, no existe una fórmula mágica para recuperar nuestra tranquilidad, sentido común y confianza en nuestras capacidades. Es posible que la lucha ideológica, asociada con intereses mediáticos, haya alimentado los sentimientos negativos que hoy nos perturban. El país está bien y la solución de los problemas que enfrentamos está al alcance de nuestros recursos y posibilidades. Otros compatriotas enfrentaron con éxito grandes retos. Nosotros también podemos hacerlo. Pero para ello es necesario superar la retórica y focalizarnos en la acción.