Nuestra cultura y los obstáculos a nuestro desarrollo

editorialEntre las muchas dolencias político/económicas del país, una de las principales es la sensación de que tenemos todos los recursos, económicos, físicos e intelectuales para ser un país desarrollado, pero no lo somos ¿Qué nos lo impide? Tenemos diagnósticos técnicos que llenan nuestras bibliotecas, al igual que numerosos estudios multidisciplinarios que señalan con relativa claridad el camino de posibles reformas. También contamos con un alto nivel de consenso sobre las acciones correctivas, que abarca al menos a las principales islas políticas que hoy pueblan nuestro complicado archipiélago político.

Sabemos que nuestro estado colapsó y que hoy somos ingobernables. No obstante, la crispación social no parece entender que el sistema es defectuoso y que tal vez podríamos liberar por ello a la política (es decir, a nuestra democracia) y a los políticos. Ciertamente, domina una notable ausencia de liderazgo, de creatividad y de imaginación, pero ese déficit no es tan serio y tampoco se puede traducir en que “todo es chorizo” como lo percibe la población. Tampoco nos falta talento porque, como señala el expresidente Oscar Arias, “no ha habido en la historia de Costa Rica una generación más educada y más preparada que la que vive ahora su década de los veinte y los treinta. Es una generación sensible y sensata, que discute ideas en blogs y redes sociales, que es activa en grupos civiles y de voluntariado, pero que es terriblemente reacia a entrar formalmente en la política”. Agregaría que hoy nuestra juventud está tecnológicamente mejor preparada y que compite con éxito con países más ricos y avanzados.

Un artículo de prensa sugiere que la mayor parte de los analistas se enfocan en el “que” y evaden el “cómo”, es decir, evadimos la acción, lo que guarda coherencia con lo que vienen haciendo los gobiernos: asumen compromisos políticos que satisfacen nuestras expectativas, pero no los ejecutan. Para el analista objetivo y bien informado, es evidente que hemos hecho del Estado un entorno administrativo adverso, casi hostil, para la toma de decisiones; y de los judicializados procesos, interminables mecanismos de control, enemigos de los resultados. Pero eso tampoco explica por qué permitimos que los abogados construyeran, con prescindencia de otras disciplinas, ese adefesio legal.

La dificultad de concretar las causas subyacentes responsables por nuestra situación es porque el problema somos nosotros mismos y se encuentra en los patrones de cultura que asumimos en ciertas coyunturas, especialmente en crisis. Hemos venido alimentando una serie de problemas y hemos creado, por acción o por inacción, un Estado cuyo costo de ineficiencia absorbe los recursos requeridos para enfrentar los problemas que hoy encaramos (en especial la pobreza) y cuyos procedimientos nos impiden concretar obras o hacerlo con la urgencia requerida. Pero, de nuevo, el Estado es un resultado de formas de comportamiento bastante frecuente en el costarricense. Nos llenamos de escusas para no hacer lo que tenemos que hacer.

Son excusas las que alejan a nuestra competente juventud de la función pública o de la política. Lo es el debate ideológico, cuando nuestros problemas son tan concretos como la ingobernabilidad y la solución es una reforma institucional sustentada en medidas concretas, conocidas y bastante aceptadas por las mayorías civiles y políticas; lo es cuando la crítica exacerbado domina la atención colectiva, sin aterrizar en soluciones y menos aún en acciones; lo es cuando aceptamos el discurso irresponsable que nos dice que el país se nos cae en pedazos y no hay nada que hacer al respecto; lo es cuando todo lo resumimos en el “chorizo”, a pesar de ser uno de los países más transparentes, según entidades independientes; lo es cuando los micro-partidos buscan sumar a través de alianzas en vez de revisar el por qué de su rechazo popular; lo es cuando vemos en la crisis institucional el demonio de la conspiración imperialista y; lo es siempre que privilegiamos la retórica sobre la acción.

Nuestro desarrollo está seriamente entrabado y por ello pagan el mayor costo más de un millón, entre costarricenses y población migrante, innecesariamente. Las soluciones no son fáciles, requieren de liderazgo y carácter, pero también de mucho apoyo civil para distribuir sus costos políticos derivados de las fuertes resistencias de los intereses particulares, especialmente gremiales.

Sobre todo, requieren que el costarricense, todos nosotros, cambie de actitud. Y esto no es difícil, aunque requiere mucha honestidad personal. Implica superar ese mar de excusas, aceptar la responsabilidad compartida por la crisis y creer que sí podemos. El país se destaca porque ha tenido el coraje de tomar grandes decisiones a través de nuestra historia. En décadas recientes, tirios y troyanos coincidieron en los años 40 para construir un nuevo país, sin ejército, y lo lograron. Más reciente, nuestra intervención fue decisiva para superar la guerra que desangraba a Centro América. Nuestros líderes no se achicaron frente a la magnitud de los retos y tenemos una especie de acervo genético para superar las coyunturas de crisis, lo que nos distingue en el continente. Pero tenemos que entender que el país no ha perdido esa capacidad para enfrentar grandes retos y superar el sentido de desconfianza, desmotivación, negativismo y evasión que parece dominar la conciencia nacional. Creer en nuestras capacidades, actuar positivamente y focalizarnos en los resultados del cambio, es lo que nos sacará de la situación en que estamos. Y no esperemos que algún líder haga esto por nosotros, por importante que ese liderazgo sea. El cambio tiene que ser colectivo.