Prensa, corporativismo y política

editorialDepende de cómo usted interprete la libertad de prensa, posiblemente llegue a la conclusión de que los medios tienen el derecho de escribir lo que sus propietarios, o los periodistas, o una combinación de ambos, consideren apropiado en cada momento. Sin embargo, en nuestro medio el periodismo disfruta de un régimen especial, propio de una democracia avanzada que entiende su importancia para la sociedad en su conjunto. Todo lo contrario de lo que ocurre en algunos países donde, la institucionalidad democrática misma, ha sufrido los embates del autoritarismo y los medios están sometidos a una regulación más cuidadosa. La Nación se refiere en su editorial de hoy a la situación del Ecuador: La nueva Ley Orgánica de Comunicación aprobada por el Congreso ecuatoriano contiene las trampas de siempre para la libertad de expresión. Con la excusa de buenas intenciones, al parecer inobjetables, la normativa impone serias cortapisas a la labor de la prensa. Nos preguntamos si en Costa Rica los medios hacen uso responsable de las garantías que nuestra democracia auténtica les da. Es decir, si en retribución por los beneficios otorgados por nuestra legislación, se hace un uso mediático responsable de ellos.

La respuesta es un sí y un no. Un sí, porque hay beneficios indiscutibles de la libertad de prensa, uno de los cuales es la denuncia de excesos que se vienen produciendo en la función pública y que en conjunto representan tal vez el más serio problema que hoy encara nuestra sociedad: un estado en muchos aspectos disfuncional. Y, un no, porque parece existir un lazo muy fuerte entre los intereses corporativos de los medios, su relación con los sectores económicos dominantes y la política. Podemos en estos momentos ilustrar esta afirmación con algunos acontecimientos que ya parecen ser parte del proceso electoral hacia el 2014.

Un artículo de denuncia, que aparece en uno de los principales medios de prensa escrita/digital, ilustra esta situación. Dice entre otras cosas: “El diario La Nación ha registrado, en numerosos reportajes y comentarios editoriales recientes, los avances de nuestra ciudad. Por eso sorprende el pesimismo del contradictorio reportaje publicado el pasado 7 de agosto… ¿Habrá cambiado repentinamente la realidad? Lo que varió es el color de los anteojos, pues ¡comenzó la campaña política!… Confío en la buena fe del periódico para dar a mi “derecho de rectificación” un despliegue comparable a la difusión masiva de numerosas inexactitudes que me agravian”.

¿A qué se refiere el agraviado que escribe estas notas? Se refiere a varias intervenciones periodísticas de La Nación, en las que se tomó la casi totalidad de la portada, foto incluida, y dos páginas enteras más en sus reportes. Los títulos fueron seleccionados para explotar y avivar la emotividad electoral de cara al 2014. Uno dice “Araya maquilló caos que vive San José por 22 años” y se repite en una página interior; otro “Visitar San José en silla de ruedas toda una odisea” y un tercero “Auditoría: el alcalde solo logró cumplir el 27% de sus promesas”. Sin embargo, los contenidos de los artículos no son tan severos como sus titulares. Luego agregó, en el curso de esta semana, dos páginas más en referencia a las presuntas deficiencias de la alcaldía de San José. Ningún otro candidato, menos el que aparece segundo en las encuestas, ha sido objeto de tan distinguida cobertura por La Nación. El Sr. Alcalde confía en la buena fe de La Nación. Nosotros no. Su respuesta aparece, en la sección Opinión o página 15, que sólo visita una minoría de los lectores de La Nación. Una desproporcionalidad de difusión enorme. El daño que se quiso infringir está hecho.

Somos críticos frecuentes del atropello a las instituciones democráticas, incluida la libertad de prensa, por parte de algunos países partidarios del llamado socialismo siglo XXI, que más debería llamarse capitalismo de estado siglo XXI, porque de socialistas tienen muy poco. Pero también tenemos profundas reservas si comportamientos como los antes mencionados deben estar amparados por la libertad de prensa. Seguro que los medios no son libres de alguna tendencia ideológica, pero el evidente sesgo político que revelan los periodistas de La Nación contradice la ética profesional, que deberían desplegar en su trabajo profesional. O, peor, el medio utiliza nuestro régimen particular de libertad de prensa para impulsar la ideología y sus intereses corporativos.

La democracia pasa hoy por serios cuestionamientos, principalmente porque el interés popular está supeditado a la cercana relación entre poder político y poder económico. El nuestro ha sido un país en muchos aspectos distinto del resto en América Latina. Con Chile, Uruguay y Argentina, nos hemos distinguido en desarrollo humano, pero, en nuestro caso, con un mérito particular: los logros sostenidos en la segunda mitad del siglo pasado y en lo que va de este, se han producido en paz, democracia y con una mayor limitación de recursos. Deberíamos proteger lo que tenemos y, a partir de ello, superar algunas deficiencias notables de nuestro sistema político/administrativo. Sin embargo, hay pescadores en río revuelto que quieren un cambio más radical hacia una utopía no definida, confusa y riesgosa. La cultura periodística que se sustenta en el factor emotivo; que acusa, y condena a la vez, en perjuicio del derecho a la inocencia mientras no se demuestre lo contrario; y, que asume posiciones políticas electoreras sesgadas, por falta de profesionalidad periodística o por intereses corporativos, no ayuda al fortalecimiento de la democracia y no debería estar amparada por el régimen de libertad de prensa.