Crisis: desgaste político e ideológico como obstáculo del progreso

editorialEl país parece caer en una profunda crisis, que pone en evidencia las falencias y oculta las fortalezas de nuestra democracia. La ingobernabilidad – incapacidad del Estado de ejecutar los proyectos que reclama nuestro desarrollo- genera un vacío que se llena mediante brotes de protesta “popular” en los que las decisiones son el producto de la debilidad política y la fortaleza gremial, derivada del recurso de paralizar la economía nacional. Ese enfrentamiento desigual resuelve, bien o mal, intereses particulares (arroceros, motociclistas, taxistas, docentes, privilegios laborales, etc.), pero no aborda los graves problemas nacionales.

¿Cuál es la respuesta política? La atomización política, el síndrome de la pequeñez y el instinto primario por la supervivencia política, pone en segundo plano el interés nacional. Los grupos políticos, cuya presencia en el mejor de los casos conlleva un apoyo del 12% de las preferencias electorales, ni siquiera quieren reflexionar sobre las razones del rechazo popular y, en cambio, buscan juntar fuerzas (alianzas) con otros grupúsculos para mejorar la presencia electoral, sabiendo que no pueden ofrecer una respuesta ideológicamente coherente a la población. La población tiene buenos ejemplos de los resultados esperados, en la gestión del congreso durante el período mayo 2012-mayo 2013, con un directorio integrado por la oposición al PLN, y en el gobierno del período 1978-1982. La mayoría manifiesta su disgusto por tales alianzas en la más reciente encuesta de opinión y su preferencia por el bipartidismo del pasado.

Hay una suerte de ingobernabilidad política. Es decir, los partidos son incapaces de formular, hacia su interior, un conjunto de ideas que integren a sus políticos o aspirantes a políticos, activistas y partidarios en general. Las encuestas más recientes dan al PLN el 23% de las preferencias, al PUSC el 17% y al PAC el 9% (total: 49%). Sin embargo, la popularidad de sus candidatos varía, con un 26% para el PLN, el 12% para el PUSC y el 5% para el PAC. Pero las divisiones ideológicas pesan a su interior. En el PLN la figura más descollante de las últimas décadas y el  presidente mejor calificado por la población, brilla por su ausencia, mientras persiste, en la tendencia oficial, un llamado a algún pasado que ya no existe y críticas, de tono excluyente, contra la tendencia que perdió las elecciones internas. Las grietas del PAC son más profundas y confronta la tendencia fundacional (temas centrales: ética y reforma administrativa, mezclada con un confuso neoestatismo y monopolismo) con  la línea chavista, de izquierda radical, que incluso favorece algún acuerdo político con el grupo marxista del FA. En el PUSC también aparecen corrientes que van desde una posición más clara socialcristiana a la corriente liberal de extrema derecha.

Curiosamente el país marcha por rutas más o menos coherentes entre sí. El período pos-revolucionario 1950-1970 vio surgir el Estado de Bienestar, que sacó al país del aldeanismo, la pobreza, la ignorancia y el atraso de la década de 1940. En la última parte de ese período, una profunda crisis propició un cambio de modelo, conservando mucho del anterior y mucho también de las nuevas corrientes liberales que dominaron la década de 1980. Una economía cerrada y con fuertes subsidios no era posible en la globalización que ya se manifestaba con claridad. Costa Rica, a diferencia de otros países que adoptaron el Consenso de Washington, siguió una ruta mixta, con sustanciales beneficios para la población. La pasada administración (2006-2010) tuvo, con otros dos países, el nivel gasto social más alto de América Latina. En consecuencia, en nuestro caso, pareciera cuestionable el uso del término neoliberal, tendencia que tampoco puede el éxito de los logros de la década de 1980, “perdida” para otros países.

Todo lo anterior, para decir que el país ha mantenido la línea progresista durante toda la segunda mitad del siglo pasado y lo que va de este ¿Por qué entonces el desgaste político e ideológico innecesario? Un líder de algún partido decía recientemente que debemos de dejar de hablar tanto y ponernos a trabajar para hacer las cosas, una forma de plantear nuestro propio pensamiento. El problema que encara el país, no tiene un marcado sesgo ideológico, sino que se centra en la política pública y su ejecución. Por una parte, el país adolece claramente de Políticas de Estado, es decir, los políticos han fallado en contribuir a definir una imagen clara de la sociedad que somos y que queremos ser; y, por otra, el Estado ha fallado en ejecutar los proyectos que nuestro desarrollo requiere para mantener crecimiento, empleos e ingresos que garantice el bienestar de todas las familias.

Hemos fallado en el plano político, precisamente cuando más necesitamos contar con las grandes estrategias, en las cuales debemos focalizar nuestra creatividad, tecnología y recursos, como respuesta a una nueva sociedad y un nuevo entorno, cuyas implicaciones apenas empezamos a asimilar. Y ello provoca una crisis de identidad e incertidumbre. Pero también, cuando persisten serias brechas de equidad y solidaridad, que agregan ingobernabilidad y crean riesgos de inestabilidad social.