La vos de la calle vs la vos del pueblo

editorialLos analistas no se explican los motivos (estímulos) que han producido distintos movimientos de los indignados. Algunos, como los países del Magreb, han sido violentos, con un inmenso costo de vidas, perdidas en violentas confrontaciones. Otros, como el brasileño, presumen de ser pacíficos pero no pueden contener matices explosivos. Es posible, por otra parte, que los estímulos son tan espontáneos como diversos. El elemento común, sin embargo, es que un gran desasosiego colectivo que posiblemente nos lleve a repensar las formas de gobierno y tal vez la estructura misma de la democracia, especialmente en cuanto a la interacción de los grupos de interés. Para países como Costa Rica parece importante evitar que la presión social que se viene acumulando desenfoque en manifestaciones como las que ahora confronta Brasil. Los riesgos son muchos, como lo sugieren en nuestro caso, el “combo del ICE”, el movimiento de los motociclistas frente a costo de los seguros y el movimiento de las comunidades del occidente que motivó la cancelación de la concesión de la carretera a San Ramón.

Repensar nuestros procesos democráticos pasa por una variedad de situaciones que deben considerarse con cuidado. Veamos algunas de ellas: 1) distinguir el grano y la paja, lo sustantivo y lo meramente retórico de la política. Se desprende de la retórica pre-electoral, que todos los grupos políticos buscan cambio, pero nos recetan más de lo mismo; 2) los políticos no deben de decirnos que es lo que hay que hacer, en lo que coincide la mayoría, sino cómo lo van a hacer, mediante qué acciones concretas y en qué plazos; 3) la vos de la calle debe oírse, pero es confusa y tiene el potencial de violentar el concepto democrático de representatividad. Es importante distinguir en esa vos el interés gremial del interés nacional; 4) el carácter cíclico de la crisis institucional, producto de ver los problemas de grandes instituciones (CCSS, ICE, MOPT, RECOPE, JAPDEVA…) e ignorar los grandes ejes transversales que son causa común del problema del Estado en su conjunto.

Especial énfasis debe darse al tema de los recursos. No somos un país pobre y no deberíamos tener problemas para resolver el problema de infraestructura, empleo y pobreza, que afectan el crecimiento y la competitividad. Lo que nos empobrece en la forma con despilfarramos los recursos disponibles.  La ineficiencia pública representa una fuga de recursos y oportunidades, simplemente descomunal. Deberíamos preguntarnos de qué tamaño es ese “hueco” en las finanzas del desarrollo, producido el mal funcionamiento del Estado, en gran media responsable por nuestro problema de pobreza y  vulnerabilidad.

Qué implica en realidad que dispongamos de $1500 millones en un proyecto de dudosa conveniencia nacional; que ya hayamos gastado $50 millones de fondos públicos en ese mismo proyecto; que hubiéramos entregado a OAS $3000 millones y tal vez mucho más, por impericia en materia de concesión de obra pública; que perdamos, como lo dice un informe del Banco Mundial, unos $500 millones por  año por ineficiencia de nuestro sistema de adquisiciones públicas; que hayamos gastado, según parece unos $8 millones en la platina, con cero resultados. Y agreguemos a todo eso, los costos laborales en aspectos como incapacidades, vacaciones excesivas, cesantías, período para lograr el retiro, montos de las pensiones de algunos sectores, doble sueldos para docencias, sobredotación de personal, organizaciones que perdieron su razón de ser o que se duplican con otras, etc. Estos y muchos otros indicios, es lo que ha justificado que este medio estime el costo de la ineficiencia pública en unos $4000 millones por año. Estimación que puede ser muy conservadora, porque parte de sólo un 20% de ineficiencia y esa cifra parece ser mucho más alta. Agreguemos además que ese costo lo pagamos por una labor que parece enfrentarse al interés del desarrollo nacional o, como dice hoy un funcionario que abandona el servicio público, “Pareciera que el sistema está hecho para que no hagan las cosas”.

Qué hacer para que nuestro país realice las transformaciones necesarias, sin que entremos en el patrón brasileño, podría ser la pregunta incorrecta. Hemos afirmado en artículos de opinión y también en nuestros editoriales, que nuestro país ha sido estudiado hasta la muerte. Tenemos buenos diagnósticos y también buenas propuestas de cambio, por ejemplo, las que han presentado los “notables”. No parece haber voluntad política para ejecutarlas, mientras la Refinería y la carretera a San Ramón (También la de San Carlos, con el absurdo de que no tiene principio – acceso desde la Ruta 1, o final –acceso a Ciudad Quesada) crean la profunda sensación de que nuestros gobiernos son inútiles o, peor, actúan en dirección contraria al interés nacional. Nuestra falla no está, definitivamente, en la falta de ideas, en desconocimiento de los problemas, sino en nuestra capacidad para ejecutar el cambio. Deberíamos preguntar, por tanto, cómo es que los políticos van a realizar los cambios que el país necesita y ejecutar sus compromisos electorales. La retórica política está ayuna del aporte de elementos que respondan a esa pregunta y que superen las desconfianza popular, hoy en extremo peligrosa.

Es posible que haya un campo en el cual no tengamos propuestas sensatas. El discurso político está lleno de expresiones vacías sobre la participación civil, sin la cual, por ejemplo, los políticos no asumirán el costo de la reforma institucional. Reiteramos, la vos de la calle es una vos de alarma que debe considerarse, pero también representa intereses particulares, especialmente gremiales, para proteger “conquistas” que pueden ser parte del problema. La cuestión de la participación civil va más por un camino que favorezca a las grandes mayorías. Por ejemplo, al sector laboral en su conjunto, del cual el sindicalismo solo cobija a menos del 9%.

Reiteramos, estas voces deben oírse, pero la participación civil debería tomar una dirección distinta, originada en el corazón mismo de las comunidades, que tienen una visión integrada de sus necesidades. La comunicación social es la clave de este proceso. Hoy la política funciona a la inversa, porque usa los recursos mediáticos para impulsar sus propuestas, del centro a la periferia y algún contacto con líderes locales que en gran medida funcionan como agentes de Partido o, peor, por su posición económica. La participación y la comunicación implican generar un nuevo espacio, libre y no manipulado, de base comunitaria, que se vaya agregando e integrando gradualmente, desde aldeas hasta los grandes centros urbanos. Esta es una forma de participación civil “total” focalizada, no en segmentos de interés especial, sino en una visión más rica de desarrollo social y una posible vía para democratizar la política.