Mercenarios de la crítica.

Por:  Raquel Castro

Desde su computadora, detrás de un micrófono o una cámara se dedican a reprochar cualquier acción, comentario o proyecto que el gobierno intente desempeñar.

No es que fiscalizar, informar u opinar esté mal. No, bienvenidos sean aquellos que ayudan a transmitir información y nos permiten a los ciudadanos analizar temas de relevancia nacional. No, eso no está mal. Lo que reprendo son las malas intenciones y afán por vender que sobresalen ante cualquier labor de denuncia social que uno podría atribuirle a semejante cacería que tienen algunos medios y periodistas.

Las críticas son simplistas, salen a relucir ataques personales y cuando no se encuentra motivo de peso basta con tildarlo de ¡CHORIZO!, gritar ¡corrupción! Y hacer una caricatura ofensiva para empañar cualquier esfuerzo por hacer las cosas bien, cualquier intento de proyecto o solución, y hasta poner en tela de duda la honorabilidad de una persona.

Recientemente en una columna nos recetan una compilación, cual temario de examen de bachillerato, de los problemas recientes que enfrentamos como país. Grita su autor que perdimos a Costa Rica. ¿Qué gana dicho señor tirándole leña a la hoguera del descontento social actual? ¿Cómo contribuye su columna pesimista al bienestar del país?

Estas acciones que muchos tildan de “valiente denuncia” en mi opinión no tienen ningún mérito. Cualquiera es capaz de sentarse a criticar y no hacer nada al respecto. Peor aún. Muchos detrás de su falsa capa de súper héroe le proponen al pueblo mediante llamativos editoriales soluciones sin fundamento legal, sin financiamiento, sin viabilidad. Soluciones que después el pueblo exige sin entender que por ganar audiencia les recetaron cascarones vacíos.

Así que invito a todos aquellos que se toman la molestia de escribir esos editoriales cargados de cizaña, a los que reproducen en las redes sociales cual robots dichas publicaciones sin tan si quiera haberlas analizado y a los que en general a diario justifican ofensas e insultos con descontento, a todos ellos los invito a hacer algo. A involucrarse.

¿Qué pasaría si el periodista, el ciudadano y el funcionario deciden un día promover juntos un proyecto en pro de la niñez o de la preservación de la cultura indígena, por ejemplo? Un proyecto serio, estructurado, a largo plazo. Empiezan, como nos pasa a muchos, entusiasmados, haciendo un gran esfuerzo por cumplir los requisitos, las fechas fijadas, el papeleo, etc. Durante el proceso van surgiendo diferentes obstáculos; limitaciones de presupuesto, procedimientos confusos, burocracia innecesaria, etc. Obstáculos que enfrentan muchos de nuestros funcionarios públicos a diario. ¿Entenderían entonces en carne propia esta frustración? Yo creería que sí,  y esto ayudaría a cambiar el enfoque y el modo en que se informan los aconteceres nacionales al pueblo.

Una experiencia de este tipo mejoraría la calidad de la información que se transmite a las masas. Tanto el periodista como los ciudadanos comprenderían que, aparte de derechos, tienen deberes, ¡y que deberes! El impacto de ver una acción positiva (y todo el esfuerzo que esta conlleva) motivaría a los funcionarios a seguir abogando por mejoras, a no dejar que sus iniciativas desaparezcan bajo una cascada de dificultades innumerables.

Costa Rica no necesita ciudadanos mediocres que pasen haciendo berrinche. Costa Rica necesita ciudadanos responsables, optimistas,  trabajadores, sensatos y visionarios. Ciudadanos que, de manera desinteresada, estén dispuestos a dejar el confort de su hogar y vida privada para involucrarse en puestos públicos. Ciudadanos que no se enfoquen en los problemas si no en resolverlos sin claudicar. Así y solo así volveremos a estar todos orgullosos de nuestro país y del que le heredaremos a nuestros hijos y nietos.