¿Pierde terreno la democracia en América Latina?

editorialLa evidencia apunta en esa dirección. De alguna forma, Hugo Chaves tiene que ver con ello, por un discurso falaz, atractivo para las mayorías empobrecidas, olvidadas por democracias disfuncionales, presa de intereses sindicales, que usan el servicio público como una fuente de privilegios y beneficios de los que no gozan otros trabajadores, o sectores económicos dominantes en las estructuras de poder político.

El fenómeno de Chaves proporciona un parámetro para valorar las actitudes y realidades en torno al estado de la democracia en el continente. No es nuevo, pues Chaves no oculta la fuente de su inspiración política: los hermanos Castro y el modelo comunista autoritario cubano, postrado después de una experiencia fracasada de medio siglo. Pero esos fracasos y los propios de Chaves, parecen ser ignorados en el plano político e institucional. Sorprende, por ejemplo, el apoyo abierto de Luis Ignacio Da Silva, expresidente de Brasil, país respetuoso de la democracia, antes a Chaves y ahora a quien podría sucederlo, Nicolás Maduro. Otros países han seguido su ambivalente ejemplo, pero más notable es la postura del Secretario General de la Organización de Estados Americanos, que ve desde la barrera las frecuentes violaciones a la institucionalidad democrática, o brinda su tímido apoyo, justificándose en el principio de no intervención que Chaves irrespeta en forma sistemática. Sorprende también la presencia de numerosos presidentes de gobiernos democráticos en los funerales de Chaves.

La pregunta es ¿Qué ven en Chaves o en el chavismo, que sea bueno para el desarrollo de la democracia y para el bienestar de los pueblos de la región?

El modelo del Chavismo parte de la continuidad de una figura que se escuda en la democracia, pero que sustenta en la fuerza bruta, representada por el ejército, la milicia gubernamental y varias decenas de miles de militares cubanos, responsables por el mantenimiento de su propia dictadura que ya pasa los 50 años; del rompimiento de la estructura de controles cruzados entre poderes e instituciones, como una forma de tener acceso a todos los recursos del Estado; del maniqueo recurso dialéctico que enfrenta a buenos y malos,  patriotas y traidores, defensores y enemigos de la patria, para generar fractura social y odio; del uso de instrumentos legítimos para propósitos ilegítimos, por ejemplo las comunicaciones para promover una verdad única, o los presupuestos sustentados en $60 dólares por barril de petróleo, que le deja otro tanto para uso discrecional del Presidente. Por otra parte, dos aspectos esenciales de la institución democrática, la alternabilidad del poder y la pureza del sufragio, no son posibles bajo este entorno de autoritarismo y brutal concentración de recursos por la parte oficial.

El discurso populista juega un papel importante en todo este fenómeno. Y ciertamente Chaves ha trasladado una cantidad importante de recursos a la población más pobre del país, al igual que ha permitido el ingreso de varios cientos de miles de nuevos burócratas públicos, cuidadosamente seleccionados para asegurar el compromiso con su visión política. Sin embargo, son medidas que no tienen sustentabilidad en el mediano y largo plazos, porque la economía no los soporta y porque el empleo público no guarda relación con las necesidades de una administración eficiente.

En sentido económico, la evidencia del fracaso es contundente: deterioro marcado de la producción, que se repone con miles de millones de dólares en importación de productos alimenticios; escasez crónica de productos esenciales; déficit fiscal cercano al 18%, increíble para uno de los países más ricos del mundo; deterioro incremental de la industria petrolera; grandes problemas de infraestructura, en especial comunicaciones y electricidad; devaluación superior al 30%, empobrecedora de la población; la mayor inflación del continente; país con mayores tasas de criminalidad del mundo, entre muchos otros indicadores negativos de desarrollo. Es decir, el modelo no funciona. Repetimos la pregunta ¿Qué tiene de bueno Chaves y del Chavismo que valga la pena copiar o que produzca el respeto internacional? Y, si la respuesta no fuera evidente por sí misma, recuérdese que el modelo autoritario de planificación central ha sido un fracaso en Cuba, como lo han descubierto los propios hermanos Castro 50 años tarde y a un costo humano elevadísimo, al igual que los países de Europa del Este, que pagaron costos aun mayores.

Venezuela no representa la única evidencia de fracaso. Nicaragua, con un importante subsidio de Chaves, sigue el modelo en forma más o menos disfrazada. Ortega logró el control del Poder Judicial para cambiar el sistema de votación que le permitiera elegirse y reelegirse. A pesar de que la legislación lo prohíbe, cualquier visita a una institución pública revela que se encuentra saturada de propaganda y activismo sandinista. Peor, a pesar de sus aparentes bueno niveles de desarrollo (crecimiento entre el 4% y el 5% en el 2012), las fuentes principales de ingresos del país son café, ganado y minería. La primera usa empleo ocasional, la segunda poco intensivo y las tres proporcionan empleo de baja calidad y remuneración. Aún sin contar la rampante corrupción y una débil institucionalidad, pasarán décadas antes de que la economía nicaragüense evolucione hacia mejores niveles de bienestar. Otros miembros del ALBA podrían seguir el mismo curso, aunque pareciera que en algunos casos la asociación es de conveniencia (ingresos petroleros) más que de convicción.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) no está ausente en la falta de compromiso con la democracia. Los llamados indicadores de desarrollo humano son una verdadera falacia porque, si bien guardan una relación importante con el bienestar material de los pueblos, ignora lo esencial de la democracia: las libertades civiles y el respeto a los derechos humanos. Esto es grave, porque privilegia a países que violan esas instituciones fundamentales, demerita la labor de los que las respetan plenamente. Es posible que no pueda haber desarrollo sin libertad, aunque tampoco sin bienestar material. Pero crear un sistema de indicadores focalizados sólo en el bienestar material – y llamarlos de desarrollo humano – es una distorsión conceptual y práctica inaceptable, una especie de sanción a soluciones insostenibles que luego pueden evolucionar en crisis mayores y mucha inestabilidad social. Igualmente, algunos de los “indicadores de desarrollo humano”, pueden ocultar la negación de otros derechos. La educación de corte ideológico constituye uno de los principales soportes de la dictadura castrista, porque les transmite valores consistentes con la visión ideológica dominante, como ocurre en Cuba y se intenta hacer en Venezuela, desde la escuela, pasando por el colegio y la universidad, hasta producir un adulto comprometido con esa ideología y con el autoritarismo que engendra.

Todo lo anterior no implica apoyo a las democracias disfuncionales que han ignorado las necesidades de las mayorías. Sí implica verdades comprobadas por la historia. Primero, reconocer que las dictaduras, incluso en democracia, como pretenden disfrazarla algunos países, no tienen posibilidad de éxito en términos sociales y económicos estables. Y, segundo, que la democracia sigue siendo el mejor entorno para un desarrollo equilibrado, con respeto a los derechos humanos y el bienestar material; pero que hay que hacer un esfuerzo estructural más de fondo en nuestras instituciones y nuestros modelos de desarrollo para equilibrar ese factor desequilibrante: el bienestar material de las mayorías.