La clave del desarrollo: focalizar las grandes prioridades nacionales

La mayor frustración nacional es saber que tenemos el potencial y los recursos para un desarrollo superior y no poder lograrlo. Y hay razón para ello, porque nuestro estado de situación tiene un alto costo humano: más de un millón de compatriotas sigue sumido en pobreza y un millón y medio se encuentra en vulnerabilidad, si agregamos a los que viven en los linderos de la pobreza, que  satisfacen sus necesidades básicas, pero viven en la incertidumbre de si su precaria situación podrá resistir los vaivenes de una economía con algún nivel de inestabilidad.

Mayor irritación produce el hecho de que las trabas a un mayor bienestar para todos es, en gran parte, responsabilidad propia que todos compartimos. Por supuesto, nos podemos escudar en explicaciones sin sustento real. Dos muy frecuentes, usados en el entorno político nacional, son el neoliberalismo o la conspiración de intereses particulares que se quieren robar nuestra nuestro patrimonio.

En cuanto a lo primero, no hay evidencia objetiva que lo justifique. El  editorial de La Fragua titulado Nuestro Desarrollo entre corrientes cruzadas: ¿cuál ha sido el impacto social y económico?, plantea la tesis de que el modelo liberal, adoptado en la década de 1980 no tuvo consecuencias negativas en crecimiento y desarrollo. En efecto, durante esa década y la siguiente, a pesar de la crisis de la década perdida, la economía creció en promedio 4.8%, el empleo casi duplicó el crecimiento poblacional y hubo ganancias importantes en equidad que, lamentablemente, se han perdido en las dos última décadas. Como sugiere nuestro editorial, parece que la ingenuidad criolla se las arregló para saltarse los riegos del Consenso de Washington. En lo segundo, es cierto que importantes intereses económicos quisieran poder acceder al enorme negocio de la salud, la educación y la energía, pero no se vale escudarse en ese riesgo para evadir los urgentes correctivos que algunos de nuestras instituciones sociales requieren.

Hoy el país tiene claro su modelo de desarrollo, sustentado en las aperturas, el libre comercio y las exportaciones. Hemos crecido a niveles satisfactorios y los indicadores de desarrollo humano nos distinguen en el contexto internacional. Pero seguimos arrastrando el problema de la pobreza y la vulnerabilidad ¿Qué hacer? La respuesta es muy simple: adoptar y ejecutar una política pública focalizada en esa prioridad y en los determinantes respectivos. Lo hicimos en la administración anterior, que bajó la pobreza en 3 o 3,5 puntos porcentuales (cada punto porcentual implica más 44 mil personas que abandonan la pobreza). Además, se tomaron decisiones, como el programa Avancemos, cuyo impacto se produce en el mediano y largo plazos. La experiencia exitosa no las quitó la crisis del 2008 y el 2009, pero al menos demostró que, con los enfoques adecuados, es posible reducir la pobreza en forma sustancial.

Sin embargo, la solución de problemas fundamentales demanda recursos. Hay varias fuentes importantes. La primera es el crecimiento, en la que el aporte de las exportaciones ha llenado nuestras expectativas, con unos $17 mil millones por año que nos pone a la cabeza en la región en exportaciones per cápita. Aún así, tenemos que cuidar nuestra competitividad, en un entorno global agresivamente competitivo. Para ello es necesario invertir más en infraestructura. Y lo estamos haciendo. En los próximos años se ejecutarán dos proyectos por un costo superior a los $2 billones (correcto: 2000 millones de dólares) en la construcción de un moderno puerto y de una refinería. Hay en proceso proyectos de construcción de vías de comunicación que superan otro billón de dólares. Y sabemos que deberemos invertir en energía limpia $10 mil millones en los próximos 10 años, sólo para mantenernos al día con la demanda. Los recursos para estos proyectos existen, aportados por inversionistas, por tarifas de servicios o mediante contratación de obra pública.

Por otra parte, arrastramos un déficit fiscal de más de un 4,5% del PIB. Resolverla requiere de una reforma tributaria que eleve sustancialmente el aporte de ingresos y que, a su vez, tenga un carácter progresivo. Ambos son esenciales para reducir o eliminar el déficit fiscal y para corregir importantes bolsones de inequidad. Tenemos la cuestionable distinción de tener el coeficiente gini más alto de la región.