Nuestro desarrollo entre corrientes cruzadas ¿cuál ha sido el impacto social y económico?

La realidad de nuestro país cambió en la década de 1940 con grandes conquistas sociales. En la década de 1980 el modelo se agotó y adoptamos uno de clara orientacion liberal ¿Cómo ello cambió nuestro país? ¿Cuál fue el impacto social y económico en la población?

Qué bueno que al menos un movimiento político ha tomado la iniciativa de revitalizar la capacitación de sus miembros, como una forma de integrar su filosofía política progresista, analizar los problemas y soluciones que encara el país y construir propuestas generales que orienten las acciones del partido, de  sus candidatos presidenciales y de los gobiernos. La temática es variada, pero generalmente desemboca en ética pública y las deudas sociales pendientes, donde sobresale la pobreza. El estudio de la problemática política, social y económica constituye la mayor contribución que hoy podemos hacer a nuestra democracia. Bueno sería que otras agrupaciones, hoy atomizadas, debilitadas y con intenciones contradictoras de alianzas, pudieran focalizarse en encontrar semejanzas entre sí, construir un armado ideológico más perdurable y fortalecerse como alternativa viable al partido dominante. Y emularlo en la capacitación de sus bases, más allá de los procesos electorales.

Invitaron al responsable de esta página editorial como conferencista y ahora quiero compartir con los lectores mis reflexiones principales. En los grandes momentos revolucionarios del país, tenemos que reconocer las luchas de muchos compatriotas por un país más solidario y equitativo. Partiendo de la institucional liberal, en estas luchas participaron notables figuras como don Alfredo González Flores, Omar Dengo, el general Jorge Volio, Manuel Mora, Luis Demetrio Tinoco, Carlos Luis Fallas, entre muchos otros. Estas luchas tuvieron su síntesis, de base social cristiana, en el primer producto realmente revolucionario del siglo XX: las conquistas sociales de la década de 1940, viabilizadas por un acuerdo de coincidencias entre el Presidente Rafael Angel Calderón Guardia, Manuel Mora Valverde y Monseñor Sanabria.

Pero los cambios en esa década no se detendrían ahí. Los fortalece –y en cierta forma los rescata y profundiza- la guerra civil 1948, un un punto de inflexión en nuestra historia: la función proactiva del Estado costarricense en el desarrollo y el bienestar de la población. Un nuevo modelo que se impondría y cambiaría en forma sustancial nuestra sociedad en las décadas de 1950, 1960 y 1970. Eramos una sociedad agraria, sustentada en el café y el banano, integrada en más de un 80% por jornaleros, el 90% de ellos en pobreza, sin servicios básicos de salud, educación, electricidad, agua potable, sanidad básica, y una expectativa de vida inferior a 50 años. Nuestra población era entonces de unos 500 mil habitantes. A partir de la década de 1950 se producen sustanciales índices de bienestar, inimaginables en décadas anteriores, con coberturas crecientes y aceleradas de electricidad, agua, salud y educación.

Concurren en esta revolución un conjunto importante de líderes de gran visión y sensibilidad social, así como lo que llamaría el Estado Excelencia, que enfrentó los problemas asociados con el bienestar social de las mayorías y lo resolvió con gran eficacia y eficiencia. Esos “burócratas” traían consigo el espíritu de cambio que se había cultivado en años previos, incluso con la guerra civil, y no cedían ante nada. Simplemente todo era posible. La población depositó su confianza en ese Estado, que respondió con equidad, eficacia y eficiencia. En el campo económico aplicó el modelo de sustitución de inversiones (MSI) impulsado por CEPAL, fundamentado en un desarrollo hacia adentro (relativo aislamiento del entorno externo), el control de las importaciones y el proteccionismo en aras del promoción de las capacidades industriales del país.

Este modelo claramente socialdemócrata, se agota con la crisis internacional de fines de la década de 1970 (altos precios del petróleo) y la crisis interna de nuestra economía. Entramos en recesión con un crecimiento de -3%, la inflación se mantuvo entre un 80% y un 100%, lo que significó pobreza las mayorías, que tampoco encontraban empleo, la deuda externa superó el 44% del PIB con un importante déficit fiscal e intereses internacionales prohibitivos para nuestra quebrada economía. Pero, más importante, un modelo que aislaba el país del entorno internacional no podía sobrevivir en una economía crecientemente globalizada. Mantener el MSI habría conducido a una ruina mayor. El país tenía que hacer ajustes de fondo para recuperarse de la crisis y para mantener sus niveles de desarrollo.

Surge entonces un nuevo modelo y una pregunta que hoy persiste en toda la población ¿Cómo un país y un gobierno claramente progresista adopta un modelo de definitiva orientación neoliberal? ¿Cuál fue el impacto social y económico? Hay que destacar el contexto internacional de fuerte orientación liberal, fortalecido por los EE UU y el presidente Ronald Reagan (1081-1989) y por la Inglaterra del primer ministro Margaret Thacher (1979-1990), a lo que se agrega la caída del Muro de Berlín (1980). Y el músculo financiero del Banco Mundial y  delFondo Monetario Internacional, instrumentos del llamado el consenso de Washington que, entre otras cosas, proponía el equilibrio fiscal; la racionalización del gasto público; la reforma impositiva; la liberación financiera; una moneda competitiva; el  libre comercio internacional; las privatizaciones; la desregulación; y la protección de la propiedad privada.

Más allá de la influencia del entorno político y el dominio de la ideología liberal, hubo otras razones para explicar el abandono del MSI. La crisis internacional, combinada con un mal manejo de nuestra economía durante la administración de 1978-82, dejo el país en mal pie: recesión con un crecimiento que llegó a -3%; altos niveles de desempleo; déficit fiscal por encima del 44% del presupuesto nacional; altos intereses internacionales que agravaba el problema de la deuda; la pobreza golpeó a más del 50% de la población. Por encima de estas razones, el país no podía mantenerse aislado en una economía cerrada, mientras el mundo se abría en forma acelerada y  el entorno global empezaba a adquirir características definidas. El viejo modelo no era apto para las nuevas circunstancias nacionales y mundiales. Así la Administración Monge Alvarez adoptó el Programa de Ajuste Estructural, PAE1, como un principal instrumento del nuevo modelo en 1985 y debió haber terminado en la Administración Figueres Olsen, pero el BID otorgó un préstamo a la Administración Rodríguez para profundizar las reformas al Estado (1999), que en gran medida fracasó.

¿Cómo afectó el nuevo modelo liberal a nuestro país? ¿Cuál fue su impacto social y económico? La discusión ideológica conceptual entre derechas e izquierdas, entre socialismos y neoliberalismos, pierden mucho sentido cuando nos ubicamos en el plano de las aplicaciones, en el mundo real. Hay principios fundamentales que no cambian, pero los instrumentos que le dan expresión concreta, tienen la capacidad para introducir correctivos esenciales en función de la percepción de necesidades de los beneficiarios finales. Algo de esto debe haber pasado con el modelo, seguro retocado con la creatividad tica, como parece ser evidente de algunos indicadores.

Según Lizano y Monge (Programa de Ajuste Estructura en Costa Rica, Academia de CA) en el período 1986-93 el crecimiento fue 4,8%; los servicios crecieron en un de 60%; la agricultura y manufactura lo hicieron a un 4,5% y 4,6%, respectivamente; y el turismo en un 20,7% promedio, llegando a superar al café y el banano en generación de divisas. El empleo entre 1986-1992 creció en 4,7%, casi el doble que el crecimiento de la población. En la misma obra, Lizano y Monge agregan un dato crítico: no fue sino hasta 1993 que se pudo reducir la pobreza a los niveles de mediados de los 80, gracias al rápido crecimiento económico. Además el coeficiente gine bajó de 0,27 a 0,10, aunque desafortunadamente, hoy este indicador está entre los más altos de la región. En todo caso, la región también se vio favorecida con una reducción de pobreza de 70 millones de latinoamericanos.

Ha habido impactos negativos, el más prominente, la capitalización del agro, la concentración de la riqueza agraria, el desplazamiento del pequeño campesino, su localización en las zonas urbanas y el crecimiento del precariato. Pero el balance general parece sugerir que, si bien el modelo impulsaba cambios en una determinada dirección, el aporte criollo privilegió el interés social de la población y  logró mantener un buen equilibrio entre reformas económicas y las sociales. Por ejemplo, la administración Arias Sánchez concluyó con el mayor gasto social de cualquier gobierno precedente y uno de los más altos en la región en el año 2010. Además, adoptó un “escudo social” para proteger a los más vulnerables de los efectos adversos de la crisis de 2008-2009. Y, gracias a nuestra institucionalidad y al mantenimiento de ciertas prioridades sociales, los efectos de esta crisis, al igual que la de 1980, han sido menos severos  y prolongados que en otros muchos países. persiste un aparato estatal que se resiste al cambio, que obstruye el desarrollo y que nos cuesta, por ineficiencia, varios miles de millones de dólares al año. Por fortuna parece haber un buen nivel de consenso en la necesidad de un un cambio institucional de fondo, a juzgar por existencia de unas 5 propuestas de reforma formuladas por grupos de distinta orientación política. Las encuestas también reflejan un repudio popular a la ineficiencia en todos los órganos públicos y en todos los poderes del Estado.

Hoy nuestro modelo económico, sustentado en las aperturas, el libre comercio y las exportaciones,  parece consolidado y exitoso. Tenemos unos 10 acuerdos de libre comercio y más en proceso,  un crecimiento exitoso de nuestra exportaciones (cerca de los $17,000 millones) y la diversificación de nuestra economía, con sólido crecimiento tecnológico, que alimenta el desarrollo y competitividad de nuestro recurso humano. Para una situación de crisis mundial, nuestro crecimiento es más que satisfactorio. Nuestros gobiernos necesitan focalizar la política pública en la principal deuda pendiente, la reducción sustancial de la pobreza y la vulnerabilidad, y en el fortalecimiento de una debilitada clase media. Ello no será posible si otros cambios complementarios, entre ellos un nuevo sistema tributario, una legislación financiera que traslade los beneficios de los banqueros y especuladores a las mayorías; y la reforma de fondo a nuestra organización y modelos de gestión pública, para evitar el peor derroche social de recursos que tenemos: un Estado disfuncional.