Chaves, democracia y bienestar

Fue en 1992 cuando Chaves participó en un golpe de Estado, junto con otros oficiales jóvenes. El movimiento fracasó y los golpistas, sobreseídos en 1994 por el Gobierno de Caldera, cambiaron su estrategia y se vistieron de demócratas. La  mascareta se les cayó hace tiempo, pero ahora es más evidente cuando la Corte Superior de Justicia (CSJ), dominada por Chaves, hace algunas interpretaciones caprichosas  e ideológicas de la Constitución y decide que el presidente recién electo no tiene que juramentarse, porque ya lo ha hecho en varias oportunidades anteriores y tampoco ve la necesidad de un equipo médico que determine si hay ausencia absoluta.

Nada nuevo ha ocurrido. Chaves no tiene nada que ver con la democracia y nunca ha creído en ella. Es sólo un recurso, un medio hacia un fin. Seguro que la decisión de la CSJ, llena de absurdos constitucionales, deja a descubierto el régimen. La CSJ no tiene independencia, como no la tiene el Consejo Electoral o la Asamblea Legislativa, donde la oposición tiene sólo el 45% de los escaños, aunque ganó el 53% de los votos. Chaves, en el mejor estilo de las dictaduras, controla la casi totalidad de los recursos del país. No es posible, en tales circunstancias hablar, entre otras cosas, de un proceso electoral libre o de una institucionalidad democrática, en la que todos los poderes y órganos han perdido la capacidad de actuación independiente.

Más preocupante parece ser, por una parte, el amplio apoyo internacional que recibió Venezuela en relación con el golpe constitucional respaldado la CSJ. Y, por otra, las consecuencias para el pueblo de Venezuela. Es claro que Chaves se ubica en los parámetros del modelo comunista cubano, pero además que este país participa en las decisiones estratégicas sobre el desarrollo y la economía Venezolana. En adición, Chaves cuenta hoy con un ejército, con sustancial participación de cubanos, que no está al servicio de la nación venezolana, sino de su proyecto político. De nuevo, el modelo comunista en el que la acción política se sustenta no en sus propios atributos, sino en la capacidad del ejército para imponerla.

¿Cómo explicar la presencia de unos 22 presidentes o sus representantes, que acudieron a Venezuela en respaldo del golpe constitucional, el más franco asalto a la democracia hasta ahora? Aunque no queremos especular sobre las causas, sí pareciera reflejar un estado de decepción con nuestras democracias que, en general han aportado libertad y protección de derechos esenciales, pero que han fracasado en proporcionar niveles mínimos de bienestar material.

Sin embargo, nos preocupa el impacto que todo esto tendrá sobre la población venezolana. No debería ser difícil demostrar, a puro sentido común, que los resultados serán catastróficos. Dos hechos pueden, en el corto plazo, ocultar esta realidad. Uno, que  en efecto, el proyecto chavista ha producido evidentes beneficios para los sectores más vulnerables de la población. Además, aunque se sustente en un extenso clientelismo, en la farsa electoral, en el control absoluto de los recursos nacionales, las elecciones presidenciales recientes reflejan un importante apoyo mayoritario a Chaves.

Pero si volvemos nuestra mirada a sus mentores, debería ser claro que después de 50 años los hermanos Castro han descubierto (y reconocido) que su modelo fue un fracaso. También puede revisarse la experiencia de planificación central de los países de la Europa del Este, que también colapsó. Lo que los venezolanos deberían pensar es que, encontrar una opción al chavismo, representa la posibilidad de evitar pagar el costo político, social y económico que esos pueblos tuvieron que asumir.

Si la historia no fuera contundente, los venezolanos y el resto de la región deberían pensar en los factores que producen bienestar sostenido. Jeffrey D. Sachs ofrece algún parámetro en esta dirección (El Fin de la Pobreza). Nos dice que el bienestar generalmente florece en los países en los que se encuentran 6 fortalezas: capital humano, que guarda relación con salud y la educación necesarias para que todos seamos productivos; capital empresarial, que incluye toda la infraestructura productiva, incluida maquinaria, instalaciones, transportes y comunicaciones; infraestructura, es decir, agua, energía, puertos, aeropuertos y carreteras; capital natural, que incluye tierra cultivable, biodiversidad, ecosistemas; y capital institucional público, que incluye legislación comercial, sistema judicial, políticas que respalden la división del trabajo, etc.

Venezuela tiene como fortaleza el capital natural, gracias a un país extenso y rico en recursos naturales. Pero pierde su recurso humano calificado con gran rapidez; el capital empresarial y la infraestructura se deterioran, incluso en el sector petrolero; y la institucional se derrumba aún a mayor velocidad. La población, políticamente polarizada, ya viene sintiendo el impacto directo en escasez de productos esenciales y una economía especulativa, en la que el valor de la moneda es 4 veces superior al cambio oficial.

Pero el gran problema de Venezuela se centra en la destrucción de los contrapesos que la democracia aporta. Como en Cuba, en la medida que se debilita esa institucionalidad, lo único que queda es un esquema rígido de autoridad y la capacidad militar que el gobernante aplica para imponer su verdad. Se acaban los filtros que la sociedad utiliza –congreso, poder judicial, prensa libre, población educada en la diversidad, etc.- a través de los cuales se encuentran las mejores soluciones a los problemas sociales y económicos. Sin esos filtros simplemente tenemos que esperar 50 años, como esperaron los cubanos, para descubrir que el modelo colapsó y que hay que empezar de nuevo.