Falacias de nuestra Identidad progresista

Seguro que habitamos un mundo nuevo y, como en todo proceso de cambio, acosados por una variedad de incertidumbres. Sufrimos un síndrome de identidad que, en lo esencial, nos genera la duda de quiénes somos y para donde vamos como sociedad y como país. Incluso nos ha impulsado a poner en tela de juicio las conquistas y beneficios que hemos recibido de una de las democracias más exitosas del continente, de la que hemos derivado enormes beneficios políticos (derechos civiles), pero también grandes conquistas en materia de bienestar social y material. Somos una luz en un oscuro entorno democrático que mantiene grandes deudas con sus pueblos.

¿De dónde venimos y cuáles eran las realidades que añoramos? Una cita de don Enrique Obregón no puede ubicar en la Costa Rica anterior a los hechos de 1948. Nos dice don Enrique: Cuando nuestra revolución de 1948 triunfó, Costa Rica tenía una población de quinientos mil habitantes de la cual el 82% de campesinos y, de ese porcentaje, el 90% eran jornaleros. Esa población mayoritaria de Costa Rica casi no tenía acceso a los servicios básicos de salud, educación, electricidad, agua potable ni alimentación adecuada. Era una población que vivía en ranchos pajizos y casas elementales de madera o de barro, de piso de tierra, sin baños ni servicios sanitarios. Esos jornaleros no tenían oportunidades de ninguna clase. Nacían y vivían en la extrema pobreza y sin posibilidades de mejorar esa grave situación. El pobre solo hereda pobreza. Cuando a un campesino le nacía un hijo, manifestaba: “Me ha nacido un nuevo peoncito”. El precepto de enseñanza pública, gratuita y obligatoria no pasó de ser una frase impresa en la Constitución Política, vacía de contenido. El promedio de vida era de 48 años.

Un cambio radical se gestó en los años siguientes. Nuestro país creció en infraestructura, pero sobre todo nos llenamos de escuelas y colegios, a la vez que la seguridad social se iba afianzando hasta llegar a una cobertura universal. La expectativa de vida pasó de 48 años a casi 80 años, comparable con los países más desarrollados del mundo. Hoy los adultos somos razonablemente educados y nuestros hijos tienen aún más oportunidades que las que nosotros tuvimos, en parte porque tenemos un mercado diverso, dinámico, que le brinda empleos de calidad, mejor pagados, que aquellos a los que nosotros tuvimos acceso. Hoy vivimos con una infraestructura habitacional sin pisos de tierra y con facilidades sanitarias que antes teníamos que buscar en los patios de nuestras casas. Hoy tenemos una clase trabajadora, educada, en muchos sentidos sofisticada, diversa, con ingresos variables desde los niveles bajos hasta los propios de una clase media alta. Los niveles de pobreza, que aún en 1980 cubrían al 50% de la población se han reducido al 20%, indicador que sigue siendo inaceptable. Hoy tenemos la capacidad de consumo para mantener una sofisticada infraestructura comercial que reemplazó las limitaciones de la pulpería en la cual satisfacíamos nuestras necesidades en los años 40 y 50. Y hoy tenemos recursos tecnológicos y acceso al conocimiento a través de medios que nuestros abuelos ni siquiera soñaron.

Tal cambio, que no se produjo entre países hermanos, genera algunas falacias en el pensamiento político progresista. Una es pensar que necesitamos volver al pasado para recuperar el Estado de Bienestar de los años 50 y 60. Las diferencias que hemos señalado invalidan esa pretensión. No somos una sociedad agraria de medio millón de habitantes, la economía es hoy diferente, no estamos aislados frente al mundo y disponemos de distintos medios tecnológicos para enfrentar nuevos retos. Otra falacia es pensar que nos atrapó el neoliberalismo. Eso no es posible en un país en el cual casi la mitad del sistema productivo (PIB) está en manos del Estado y en el que los mercados principales están regulados. Aunque tampoco parece razonable, como sugieren posiciones neoestatistas, que los problemas se corrijan con más estado, cuando el actual nos cuesta algo cercano al 44% del PIB. Estos malentendimos son parte de una retórica falaz, que tiene alguna resonancia popular, posiblemente producto de la pérdida de identidad que el cambio nos ha impuesto. Pero, más importante, que nos nubla el camino hacia mejores niveles de desarrollo en solidaridad.

Por supuesto que tenemos problemas que resolver, especialmente en materia de solidaridad. También de equidad, pero creemos que mientras más de un millón de costarricenses se encuentren en situación de vulnerabilidad, la equidad no debe ser nuestra prioridad principal. Debe ser llevar la pobreza a niveles razonables, posiblemente en el entorno del 10% y en períodos relativamente cortos. En todo caso, como progresistas, debemos seguir luchando por opciones más inclusivas y solidarias. Tenemos algunos principios, criollos o nacionalizados de los cuales podemos sostenernos. Muchos seguimos el pensamiento de don José Figueres Ferrer, del cual se pueden extraer principios que no han cambiado, aunque los medios para lograrlos sean necesariamente distintos. Recordemos algunos muy simples.

Decía don Pepe que debemos optar por aquello que beneficie al mayor número posible. El país, felizmente, tiene coberturas nacionales en campos tan delicados como educación, salud, agua potable, energía y comunicaciones, aunque hay algún deterioro y un crecimiento acelerado en costos al consumidor. Pero es una enorme fortaleza que nos distingue en materia de desarrollo humano sostenible. También nos decía don Pepe que no podemos distribuir pobreza, un recordatorio de que el progreso no se alcanza sin crecimiento económico. Pero, nuevamente, en esto también hemos sido exitosos y, a pesar de la crisis, seguimos siéndolo. Finalmente no decía don Pepe que debemos producir con eficiencia y distribuir con equidad.

Y en esto último se encuentra nuestro gran problema. La ingobernabilidad nos cuesta varios miles de millones de dólares por año. Nuestro país no podrá crecer con eficiencia y repartir con equidad, mientras ciertos privilegios se mantengan en el sector público y mientras perdamos miles de millones de dólares, a la vez que tenemos una crisis fiscal (los ingresos sólo cubren el 52% del gasto) que impide al Gobierno desarrollar y aplicar programas que incidan en el bienestar de los grupos vulnerables.

¿Qué podemos concluir de estas notas? Lo primero es que no podemos aplicar los mismos instrumentos y recursos que empleamos en la realidad de los años 50 y 60. Ese mundo no existe y además era totalmente diferente del actual. Segundo, la realidad actual denota los avances que hemos logrado con fórmulas ticas y con nuestra democracia. Debemos reforzarla, pero hacerlo con una perspectiva positiva que preserve nuestras fortalezas y mejore nuestras debilidades. Tercero, las falacias anotadas alimentan retóricas políticas cortoplacistas pero no llevan a soluciones de largo aliento. Debemos seguir luchando por el bienestar colectivo, manteniendo los principios esenciales del progresismo, pero pensando en métodos más apropiados a las realidades y posibilidades tecnológicas de nuestro tiempo.