2014 ¿Qué nos conviene?

En el imaginario colectivo, nos encontramos en una coyuntura difícil, más aún porque hemos perdido nuestra capacidad para enfrentar grandes decisiones y, sobre todo, para ejecutarlas en plazos razonablemente cortos. La desconfianza en el sistema político y el pesimismo nos ha invadido. Frente a esta “realidad” ¿Qué le conviene al país de cara al 2014?

La respuesta a esta pregunta es compleja. Cierto, hay grandes focos de crisis, exacerbadas por un entorno global agresivamente competitivo. Sin embargo, seguimos disfrutando de niveles de bienestar superiores a la mayoría de los países en vías de desarrollo. Pasamos, desde la revolución de la década de 1940, de una sociedad agraria, pobre, con una expectativa de vida cercana a los 50 años, sin coberturas de servicios esenciales; a otra más dinámica, con una economía diversificada, empleo de calidad, superiores niveles de ingresos, con coberturas universales en electricidad, agua potable, salud y educación. Nuestros indicadores de desarrollo son objeto de reconocimiento internacional, en buena parte porque los logros alcanzados responden más a la creatividad que a la disponibilidad de recursos.

¿De dónde sale entonces la pérdida de confianza en nuestra capacidad colectiva para enfrentar grandes retos? Podría ser que nuestro éxito sea la fuente de nuestros problemas. Aunque, por otra parte, no hemos logrado resolver el problema de vulnerabilidad que afecta a un buen sector de la población, un poco más del 20% que se encuentra en pobreza y un 15% de los que rondan los linderos de la línea de pobreza, para sumar un 35% o algo cercano a los 1,5 millones de compatriotas. Una deuda social que debe pagarse en el corto y mediano plazo.

Pero somos una sociedad de ingreso medio, con una fuerte propensión al consumismo. Tenemos una fuerte exposición, mediática y en lujosos “malls”, de productos y servicios, digna de países desarrollados, que contrasta con nuestro bolsillo de subdesarrollo. Más o menos, si consideramos que hace algunos días llenamos el Estadio Nacional, el Estadio Morera Soto y Gimnasio Nacional, con entradas desde $20 a casi $200, para ver Lady Gaga, el clásico Liga-S y a J. L. Perales. Además, a pesar de la crisis, la economía sigue creciendo a niveles que posiblemente sean los más altos de la región. Sin embargo, un cierto grado de bonanza relativa, en un mundo en crisis, puede alimentar expectativas que están más allá de las posibilidades de nuestra economía, o al menos de los ingresos populares, en un modelo que no distribuye con equidad los productos del crecimiento. Se juntan así dos problemas: la certeza de que podemos disfrutar de un mayor bienestar, por una parte; y la sensación de que algo y alguien (el sistema y los políticos) no nos permiten alcanzarlo.

Bajo estas circunstancias, pensemos por un momento qué no nos conviene de cara al 2014. Salta a la vista que la posibilidad de alianzas o fusiones entre agrupaciones políticas e ideologías diversas, es un paso al abismo. Más allá de las opiniones, mejores son como hechos y evidencia fáctica, los resultados de la reciente Alianza por CR que conformó el directorio legislativo durante el anterior período; y también la convergencia nos gobernó durante el período 1978-1982. La primera se caracterizó por agrias divisiones e improductividad; la segunda dejó quebrado el país y a más de la mitad de la población en pobreza.

nos conviene encarar el problema de ingobernabilidad, cuyo costo de ineficiencia alcanza una cifra superior a los $4000 millones por año. Es nuestro principal escoyo para lograr mayores niveles de desarrollo. O, si persiste, el camino seguro para llegar donde hoy se encuentra Grecia y España. Demanda un esfuerzo nacional serio y transformaciones que nos permitan atender problemas inmediatos, tanto como corregir otros de carácter estructural que alimentan las numerosas crisis de nuestras principales organizaciones públicas, en todos los poderes de un estado agotado. Es el nudo que hay que deshacer para soltar el potencial de nuestros recursos, públicos y privados.

Segundo debemos poner a la gente como el objetivo principal de nuestro desarrollo. Pareciera que hoy producimos la riqueza necesaria para llevar bienestar a todos, sin exclusión, pero no hemos encontrado la forma de que esos recursos lleguen a los sectores vulnerables. Ello requiere focalizar nuestra atención en el sector informal (principal fuente de pobreza y pobreza extrema), dándole un mayor acceso de empleo bien remunerado y oportunidades para las micro y pequeñas empresas, a fin de lograr ingresos mínimos, compatible con la dignidad de todos nuestros compatriotas. Y, por supuesto, mantener los niveles de crecimiento, iguales o superiores al período anterior a la crisis del 2008. Ello requiere un aumento en las inversiones en infraestructura, para el cual tenemos los recursos, aunque nos falta capacidad ejecutiva. Igualmente requiere de una inversión en educación, tecnología e investigación, para un alto nivel de competitividad y, de nuevo, para facilitar el acceso de la fuerza laboral a las oportunidades que la economía ofrece. El crecimiento debería complementarse con una reforma impositiva, sin la cual los ingresos públicos seguirán siendo insuficientes para estimular el desarrollo y brindar niveles de protección social esenciales.

Pero, a juzgar por nuestras propias experiencias, no es suficiente tener las ideas claras sobre un modelo desarrollo social inclusivo. Nuestra gran debilidad es insuficiente capacidad para ejecutar, en forma oportuna, equitativa y eficiente, los proyectos que nuestro desarrollo demanda. De hecho, es frecuente que los logros de los gobiernos apenas nos permiten mantener el status quo, que igual nos deja atrás cuando otros países avanzan. Al margen de las diferencias ideológicas que el lector pueda tener, es difícil no reconocer que la Administración Arias Sánchez (AAS), se alejó de esa tendencia y logró una obra sustancial, bajo condiciones especiales de ingobernabilidad y con un proyecto nacional que dividió a los costarricenses. No es este el espacio para hacer un recuento de las realizaciones de la AAS, que el lector puede encontrar en el excelente artículo Socialdemocracia ¿Hablar o hacer?, de Lina Barrantes (ver AQUÍ).

Por el momento, la única propuesta progresista, sometida a la crítica pública, es la de Rodrigo Arias Sánchez (RAS), partícipe de la AAS, en función que muchos analistas consideran se acerca a la figura de un primer ministro en los gobiernos de tipo parlamentario. Se destacó como un gran negociador y un factor decisivo en superar los obstáculos de la ingobernabilidad y la división en torno al TLC para lograr la ejecución de importantes iniciativas. En considerable medida, los proyectos que hoy ocupan al gobierno y los escudos que protegen a los sectores sociales de la crisis, fueron impulsados por la anterior administración.

La propuesta de RAS anda muy cerca de lo que hemos planteado como respuesta a los retos que enfrenta el país. Tiene un buen equilibrio, que parte de focalizar una posible gestión suya, 2014-2018, en el principal problema de nuestro desarrollo: la pobreza y la pobreza extrema. Entiende que, en efecto, hay que privilegiar la equidad y que ello implica sacar a los trabajadores del sector informal, con especial referencia en la madre soltera jefa de hogar, facilitando su acceso a los empleos y oportunidades del sector formal de la economía. Considera también que hay que reactivar la economía para alcanzar niveles superiores de crecimiento, que provean la riqueza necesaria para impulsar esas metas sociales e inversiones sostenidas cercanas a los $1000 millones anuales. Pone igualmente énfasis en educación, tecnología e investigación, lo cual refuerza las oportunidades para el trabajador y la juventud. RAS también parafrasea a su hermano expresidente, cuando nos dice que un gobierno con muchas prioridades, no tiene prioridades. Su prioridad No. 1 es la reforma institucional para modernizar un estado que ahora absorbe cuantiosos recursos y obstaculiza el desarrollo.

En fin, una propuesta de cambio con un fuerte énfasis social, que apuesta al crecimiento en equidad y que, dada la experiencia de su proponente, otorga una razonable confianza en que serán ejecutadas; sin duda un aporte para estimular una nueva actitud de confianza y positivismo popular.   Seguimos a la espera de otras propuestas para analizar su coherencia, relativa a la problemática social y económica de nuestro país.