El gran problema nacional

Estamos enredados en nuestros propios mecates. Los políticos no saben cómo reaccionar frente a los grandes retos nacionales y la sociedad civil se atascó en una crítica destructiva. De alguna manera, fallamos en reconocer la esencia de nuestra problemática y por ello perdemos recursos y energía, deteniendo el acceso a un nivel de desarrollo solidario y equitativo, que todos defendemos, aunque nuestras actuaciones son con frecuencia incoherentes. Recuperar el entendimiento mutuo entre estos dos elementos (políticos y sociedad civil) es esencial para poder avanzar hacia niveles superiores de bienestar para todos.

La solidez del sistema político pareciera depender de dos factores principales: Ideas que guarden coherencia con nuestros problemas y aspiraciones, por una parte, y la capacidad de ejecutar esas ideas, por otra. Las grandes estrategias de desarrollo deberían ser motivo de estudio y análisis por parte de todo movimiento con pretensiones electorales. Sin embargo, la atomización política que se viene exacerbando en el país, no es la mejor base para hacerlo. Por otra parte, el motor para impulsar la ejecución de planes, programas y proyectos de desarrollo se enfrentan a un pesado e ineficiente aparato burocrático, que succiona una parte sustancial de los recursos requeridos.

Las soluciones se complican en ambos planos. En el político, porque el entorno es inestable y genera mucha incertidumbre. La mayoría de los movimientos políticos constituyen estructuras débiles, con divisiones internas que amenazan incrementar la atomización actual. Están más preocupados por sobrevivir que por atender los problemas nacionales. Equivocan sus objetivos, al buscar alianzas para incrementar presencia política y/o la destrucción del partido con un mayor nivel histórico de apoyo popular. Es la forma segura de alimentar el rechazo civil, por la evidente carencia de una relación de causa y efecto, reforzada por dos experiencias desastrosas: la alianza de los años 1978-1982 y la más reciente administración del directorio legislativo, caracterizado por la improductividad, la confrontación y la división entre sus miembros.

El distanciamiento “políticos-sociedad civil” tiende a crecer, lo que implica que la problemática se profundiza. Una encuesta reciente revela bajos niveles de apoyo a los distintos aspirantes a la presidencia para el período 2014-2018. Los datos publicados se refieren a preferencias electorales (y partidarias) de quienes manifiestan su intención de ejercer el voto. Sin embargo, si tomamos como base a la totalidad de electores registrados (casi 3 millones al 2012) los resultados dan al PLN, partido que mantiene los mayores niveles de apoyo, el 14,53%, mientras que al PAC, posiblemente la segunda fuerza electoral, el 4,48%. El pírrico respaldo a los principales aspirantes aparecen en la tabla inserta. Johnny Araya tiene el nivel más alto de las preferencias, con un 9%, mientras varios candidatos reciben niveles de respaldo de 0,70%; 0,21%; 0,18% y 0,07% (Otto Guevara, Juan C. Mendoza, Fernando Berrocal y Luis G. Solís, en el mismo orden). Son niveles de apoyo que, si las elecciones fueran hoy, le negaría a cualquier aspirante legitimidad en el ejercicio de la presidencia.

El gran problema de nuestra democracia es, entonces, cómo lograr puentes de comunicación entre la “clase política” y la “sociedad civil”. Las cifras que hemos compartido nos dicen que está una muy lejos de la otra. De ambos lados hay formas de comportamiento que deben cambiar, pero la iniciativa es de la primera. Por supuesto, no pretendemos tener la solución a este complejo distanciamiento, sin la cual nuestra democracia no se sostendrá. Sin embargo, a título de suscitar reflexión, nos atrevemos a hacer algunas sugerencias.

Primero, los políticos no logran comprender la percepción social de los problemas y soluciones nacionales. Y, si fracasan en ello, nunca podrán hacer propuestas que reciban el respaldo de la población. Reiteramos, confundir la solución a los problemas con iniciativas de fusión de movimientos políticos diversos, trasmite la imagen de una lucha de poder y liderazgo, que ignora el interés nacional. Es el tipo de respuesta que profundizará la brecha que ya existe. Por tanto deben focalizar con mayor cuidado y sentido nacional (no de partido) los retos que el país enfrenta. Es la vía democrática, para que los niveles de apoyo se concentren en las agrupaciones políticas que verdaderamente demuestran defender el interés popular y para que las que aportan a la ingobernabilidad desaparezcan.

Segundo, es necesario un nuevo sentido de la ética. Por supuesto, hay formas explícitas de corrupción, especialmente producto del ejercicio de la dictadura del procedimiento que estimula la búsqueda del portillo mediante la coima, que por cierto se centra en el estrato burocrático. Más sutil y perniciosa es la corrupción de la retórica que domina el discurso político y de la falta de transparencia en la función de gobierno. Es necesario crear mecanismos auténticos de comunicación entre el Gobierno (y políticos en general) y la sociedad civil, de tal manera que su obra sea conocida, tanto en sus productos como en sus procesos intermedios. Comunicación implica que la reacción de la sociedad civil es, en efecto, considerada como un insumo de la política pública. Informar, como lo hace hoy un ministerio de ‘comunicación’, no se vale. La población debe tener garantía de interacción y de conocimiento de qué se hace, en qué se fallamos, y cuáles son los resultados finales. La selección de los mecanismos y los medios de comunicación que se usen es fundamental para lograr este enlace. Deben ser simples, directos, comprensibles, focalizados y permanentes. Y pueden dar lugar, como seguimiento, a formas más intensas de comunicación, por tema, región, etnia, etc., cuando las circunstancias lo ameriten.

Tercero hay reformas institucionales de fondo. De nuevo estamos faltando a la ética. No es totalmente cierto que la población elije. Lo hacen grupos especiales de interés, en procesos políticos cerrados, sin legítima participación popular. Es posible que, en lo político, sea necesario otro modelo.

Son puntos de reflexión. El país no puede seguir por dos vías separadas y contrapuestas: los políticos en una dirección y la sociedad civil por otra. Se construye así una grieta profunda, una herida sangrante en la democracia, de la cual ha emergido un país generoso con sus ciudadanos y motivo de asombro para el extranjero.