Confusión ideológica y retórica

Una referencia, mencionada en un artículo de prensa de esta mañana (ver AQUÍ) introduce un testimonio según el cual don Pepe Figueres habría dicho que la ideología es el dogma de los que no tienen ideas ni tampoco soluciones. Tenía razón don Pepe, un gran intelectual pero sobre todo un gran realizador. Curiosamente el economista y Premio Nobel de economía, Joseph Stiglitz se queja en Los Descontentos de la globalización, porque el Banco Mundial y el Fondo Monetarios Internacional seguían pegados a su ideología del consenso de Washington, sin capacidad para leer la evidencia objetiva que apuntaba en otra dirección ¿Para qué nos sirve entonces la ideología?

La ideología es esencial para ordenar las ideas y de alguna manera es lo que hace el autor del artículo antes referido, al reiterar el compromiso social con los sectores más vulnerables de nuestra sociedad ¿Qué importa si eso cuadra con una ideología que podría ser socialcristiana, socialdemócrata o progresista? El PLN tiene un compromiso histórico con las mayorías, expresado por algunos líderes como la producción con eficiencia y la distribución con equidad. Bajo esos principios, el PLN ha impulsado enormes cambios que llevaron a nuestra sociedad de fines del siglo pasado, abrumada por la pobreza, la enfermedad y la ignorancia, a los niveles de bienestar que hoy disfrutamos y que nos ubica entre los países privilegiados del planeta en materia de desarrollo humano, aún sin los recursos y la riqueza de muchos de ellos.

No obstante la persistencia de algunas deudas con nuestra sociedad, esto es progresismo práctico, sustentado en algunos principios que calzan dentro de algunas ideologías. Sin embargo, estas están en la retórica de muchos políticos, que cada cual expone caprichosamente y en la que esconden muchas falacias. Y si las ideas (o falta de ellas) impulsan nuestra práctica política como sociedad, es evidente que esa retórica ideológica termina siendo un factor negativo de nuestro desarrollo. Es posiblemente lo que tenía en su mente don Pepe, quien aspiraba también a un PLN estable e ideológico.

Hemos planteado en varias oportunidades que las diferencias políticas hoy se centran mucho en los conceptos de aperturismo y neoestatismo. Un razonamiento, frecuente entre analistas y público en general, podría resumirse de la siguiente manera: los problemas que afrontamos son producto de una corriente neoliberal que ha invadido nuestra sociedad y nuestra economía. El Estado se debilita, mientras el mercado se extiende. En consecuencia, la solución es revertir esta situación, volver al Estado de Bienestar que tuvimos el siglo pasado, especialmente en las primeras dos décadas de la segunda mitad. La nostalgia nos lleva a pensar que las soluciones se encuentran en un PLN como el de los años 50 y 60. Curiosamente, las corrientes neoestatistas han popularizado este discurso, que parece tener atractivo retórico incluso en nuestros propios precandidatos presidenciales.

Hay algunas falacias muy claras en este planteamiento, especialmente cuando se originan en actores destacados del PLN en décadas recientes. Dos aspectos podrían explicar estas falacias, dentro de las limitaciones propias de este espacio. Primero, pensar que tenemos un estado pequeño es un absurdo conceptual y práctico. Más o menos la mitad de nuestro PIB nacional corresponde al costo de la administración pública en su conjunto. Segundo, la pretensión de que somos una sociedad neoliberal, de mercado, simplemente no corresponde a nuestra realidad, con un Estado que cuenta por la mitad de nuestro aparato productivo nacional, y un mercado con fuertes limitaciones, impuestas por nuestra realidad social, en la que el cooperativismo es muy fuerte y disfruta de considerables ventajas con respecto a las empresas con las cuales compite. Además, las empresas estatales que operan en condiciones de mercado, lo hacen con importantes beneficios y protección estatal, lo que igualmente las pone en posición ventajosa con respecto a la competencia. Y contamos con importantes órganos reguladores, financiados por el mercado, algunos de los cuales trasladan parte de las ganancias a programas sociales, como en el caso de las coberturas de Internet.

Más grave, si siguiéramos las pretensiones del neoestatismo, estaríamos sepultando cualquier posibilidad de llevar equidad a las mayorías. Nuestro aparato estatal cuesta poco más de $21.000,00 millones, más o menos un 44% del PIB. Hace algunos años un ministro de hacienda dijo que la mitad de nuestro gasto público era despilfarro (Oscar Barahona Estreber). Nosotros hemos calculado, muy conservadoramente, que el despilfarro por ineficiencia pública tiene un costo aproximado de $4000 millones por año, lo cual equivaldría sólo a un 19%. Sin embargo, la evidencia es más contundente, a juzgar por la platina, la trocha, las carreteras a Caldera, San Ramón y San Carlos, RECOPE, JAPDEVA, la CCSS y además los regímenes de privilegio en todos los poderes del Estado (pensiones, vacaciones, tiempo efectivo de trabajo, incapacidades, cesantías y pluses salariales).

El punto es que la equidad fue secuestrada por ineficiencia pública y por los regímenes de privilegio que se han instalado en el Estado. No es posible llevar bienestar a las mayorías con niveles de despilfarro, seguro superiores a la cifra de $4000 millones anuales que nosotros hemos calculado, mientras el Gobierno sólo tiene recursos para cubrir el 52% del gasto público. Y ello sin considerar el efecto de bola de nieve (crecimiento geométrico) de los privilegios laborales del funcionariado público, que nos acercan peligrosamente a una crisis como la española. Don Pepe tenía razón cuando se refirió en términos negativos contra ciertas posiciones ideológicas. Resulta irónico que tengamos un Estado de tal costo y además que sea tan ineficiente, al punto de representar hoy nuestra principal limitación a un desarrollo superior que todos sabemos posible. Es un Estado grande, costoso, esclerótico, que impide producir con eficiencia y distribuir con equidad. Mucho se puede hacer a favor de los sectores vulnerables, pero todo pasa por una reforma institucional de fondo, que corrija estos desequilibrios fundamentales. La ideología y la retórica puede seguir cualquier camino que satisfaga ciertos sesgos, pero las realizaciones tienen que enfocarse en los problemas reales que limitan el bienestar de las mayorías.