Las rosas del espacio en armonía

Por Víctor Corcoba Herrero

ALGO MÁS QUE PALABRAS

El universo con todas sus rosas siderales y con toda su belleza sin fin es un abecedario a descubrir. Aún no se ha escrito el poema perfecto. Por ello, con buen criterio, Naciones Unidas ha declarado la “Semana Mundial del Espacio”, los días comprendidos entre el cuatro y el diez de octubre, para concelebrar todos junto a todos, las diversas contribuciones de la ciencia y la tecnología espacial al mejoramiento de la especie  humana. Estoy seguro que muchos de los problemas actuales tienen solución desde el poético horizonte del cosmos y, en cualquier caso, siempre nos dona la más directa lección de unidad diversa, donde esta pluralidad que se divisa o se intuye, hace piña como norma suprema del infinito.

Evidentemente, esta unión y esta unidad es lo que verdaderamente imprime armonía a un espacio jamás pintado por artista humano. Por tanto, siguiendo esta estela armónica, el derecho humano no puede ser nunca de odio hacia otro humano, es la conciliación, la concordia, el acercamiento de unos y de otros, lo que nos engrandece como ciudadanos de un mundo creado para ser recreado, no para ser incendiado, sino para ser vivido con los demás.

Leamos, pues, bien las rosas de un espacio que se nos presenta misterioso y místico a la vez, evitemos suplantar el mundo que los otros viven, facilitemos la convivencia de espacios, socorramos a toda vida para que viva, autoevaluémonos cada cual consigo mismo y dejemos trazar nuevos caminos de conformidad para salvar el planeta. Desde luego, la ciencia y la tecnología del espacio, desde aquel cuatro de octubre de 1957 que se lanzó al espacio ultraterrestre el primer satélite artificial de la Tierra y el diez de octubre de 1967 que entró en vigor el Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de las naciones en la exploración y utilización de este universo, ha servido para mejorar los servicios a la ciudadanía, gestionando mejor sus recursos a través de la exploración planetaria.

Quizás, hoy más que nunca, la mirada del ser humano esté más abierta que nunca a esta observación. Y lo admirable de todo esto, es la constante llamada a valorar la grandeza de este sorprendente universo, del cual todos formamos parte. Es, por ello, que también lamentamos los recortes e incomprensiones a que están sometidas muchas personas entregadas a la investigación de estas luminosas rosas del espacio, que tantas veces nos llevan a una reflexión profunda, sobre nuestro propio sentido en este planeta.

A mi juicio, precisamos de una verdadera ciencia en momentos de tanta inseguridad. La ciencia que es ciencia, o sea que toma conciencia de ser ciencia, siempre tranquiliza. De entrada, querer adentrarse en la inmensidad del espacio, penetrar en su estructura, recorrer con la mente tanta maravilla, nos lleva cuando menos a reflexionar. El que medita siempre llega al fondo de la cuestión y pienso que una creación de vida, como el universo, ha de dejar perplejo a cualquier humano. Por consiguiente, este conocimiento debe ser entendido como  una razón más de vida, de apasionarse por la existencia.

Las mujeres y hombres de ciencia saben bien del asombro de una mirada hacia el cielo, hacia un reino superior del espíritu de amplitud liberadora, lo que debe generar una nueva mentalidad, una actitud reconciliadora con la naturaleza y con la forma de interpretar ese hábitat. Es cierto que este medio ambiente nos habla mientras nosotros no escuchamos, al igual que nos habla el universo y tampoco prestamos atención. La estupidez humana no ha llegado a entender que nosotros mismos somos un pedazo del cosmos hecho realidad pensante.

Indudablemente tenemos más medios para comunicarnos que en el pasado. Por citar algunos, tenemos los satélites de teleobservación que se utilizan para vigilar la superficie terrestre, los océanos y la atmósfera, lo que debiera servirnos para proteger el entorno mundial. Sin embargo, este medio natural continua agotando su capital ecológico con la pérdida de bosques y especies, con la contaminación y desechos tóxicos, que van a hacer insostenibles la vida y la misma supervivencia humana. Igual sucede a la hora de querer observar el universo, cada día se hace más difícil por la interferencia  de ondas, de luces, de contaminantes en definitiva. De ahí la importancia de la cooperación internacional en la esfera de cualquier exploración espacial, lo que conlleva también una responsabilidad de las naciones

Dicho lo anterior, aplaudo la semana mundial del espacio. Es el principal evento anual en el mundo relativo al uso (que no abuso) y a la tecnología espacial. El tema, de este año 2012, reconoce el significativo papel del espacio en nuestro mundo y asegura, al mismo tiempo, la protección de la seguridad humana. Al fin y al cabo, nuestra lealtad es para las especies y el planeta, para el universo y la vida, para ese cosmos inmenso en el cual nos movemos y del que dependemos. Nos conviene, en consecuencia, transmitir conocimientos y educar sobre los beneficios que se reciben del espacio, mediante un desarrollo económico sostenible. Sin duda, hace falta más apoyo público a los programas espaciales. Los jóvenes tienen que participar en la ciencia, en los espacios de divulgación investigadora, porque una especie que no enaltece la labor de los científicos tampoco comprenderá lo que busca.

Ahora bien, este creciente avance de la ciencia a través de la tecnología, no tiene porque significar el derrumbe de otras artes más filosóficas, o incluso de la misma religión. Precisamente, decía Tagore, que “la poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos”, y quizás sea esta acústica íntima la que nos hace personas. O ciudadanos con alma, igual de grandes y nobles que las rosas del espacio. La verdad es que muy pocos saben algo, como ayer y como mañana.