Ciudades modelo (charter cities) ¿Una opción para el bienestar en democracia?

Nelson, un joven hondureño, igual que millones de latinoamericanos, vive en pobreza, sin la perspectiva de oportunidades o empleo que le provea un mínimo de bienestar y dignidad “¿Qué pasaría si viviera en una ciudad donde la energía eléctrica fuera barata, y pudiera estudiar en una buena universidad? ¿Una ciudad donde todo el mundo gozara de empleos bien remunerados, y no tuviera que preocuparse de la violencia callejera, ni del crimen, ni de la ineficiencia del estado, regido por leyes obsoletas? Y todo eso, sin tener que emigrar. Ese milagro ocurriría dentro de las propias fronteras del país miserable y atrasado de Nelson. Basta segregar una porción del territorio?”.

Es la figura que Sergio Ramírez emplea (ver AQUÍ) para discutir un proyecto de ciudad modelo que ya ha superado las normas políticos y jurídicas de la hermana república hondureña, una de las más pobres de América. El proyecto que podría ser una realidad en el mediano plazo, plantea algunas reflexiones importantes ¿Tiene la democracia la capacidad para llevar bienestar a las poblaciones o solo para generar un entorno de libertades y respeto a los derechos humanos? ¿Qué otros recursos se pueden emplear para asegurar ambos, bienestar político y bienestar económico-social?

Dicen que la máxima expresión de la estupidez es hacer lo mismo y esperar resultados distintos. Nuestra democracia ha sido generosa con los costarricenses, pero seguimos arrastrando, desde la década de 1980 un 20% de pobreza y posiblemente algo cercano al 35% de vulnerabilidad, si agregamos a quienes se encuentran en el umbral de la pobreza. En otros países de América Latina esos indicadores cobijan hasta más de la mitad de sus poblaciones. Encontrar opciones para lograr un equilibrio de beneficios políticos y bienestar material es esencial para las circunstancias de desarrollo de nuestros países y para otros del mundo.

Si nos ubicamos en el contexto nacional, podría ser que encontremos algunas respuestas a partir de las cuales podamos construir modelos alternativos. Tenemos iniciativas en esa dirección, importantes pero parciales. Tomemos, como ejemplo, el caso de Coopelesca, cooperativa para el desarrollo de la zona norte, iniciada en 1965, con 365 asociados y un capital de ¢45.750, al cambio actual menos de $100. Hoy proporciona créditos, electricidad, comunicaciones, televisión, cierto tipo de seguros e incluso incursiona en el comercio de bienes para proteger a sus asociados de los intereses leoninos de otras empresas de mercado. Es un caso de éxito, con un alcance importante en servicios y usuarios. Por qué no ampliarlos, por ejemplo, cediendole la administración de los servicios de salud, obviamente dentro de políticas y un marco normativo provisto por la Seguridad Social. La crisis de la CCSS propicia un entorno contra el cual se podrían confrontar los resultados, con criterios de equidad, eficacia y eficiencia. Si son exitosos, se podría otro paso, por ejemplo, cedióndole la educación. La experiencia podría implicar un nuevo impulso a nuestra democracia que, reiteramos, ha sido generosa con nuestra población pero insuficiente para superar el problema de pobreza y vulnerabilidad.

La ciudad modelo en cierta forma pone a prueba los modelos de organización y gestión en democracia. Experiencias como la que llevará a cabo Honduras y otras como la que podríamos construir nosotros mismos, permitirían someter a crítica tres posibles componentes esenciales de la democracia que practicamos: 1) el valor de procesos de desarrollo local que requieren el aporte de tecnologías específicas, alejadas de los procesos político-electorales; 2) su eficacia, medida a través de indicadores de bienestar y específicamente de reducción de pobreza y vulnerabilidad; 3) el centralismo que caracteriza nuestro modelo, comparando sus relaciones de costo/beneficio del modelo local descentralizado; y 4) la posible necesidad de escudos protectores de la interferencia política en procesos donde el factor electoral puede ser un condicionante fatal.