Crisis institucional: ¿Soluciones políticas o tecnocráticas?

editorial 150x150 Crisis institucional: ¿Soluciones políticas o tecnocráticas?En sistemas predominantemente políticos, es fácil culpar a los políticos por las situaciones de crisis que enfrentemos. La Unión Europea, antes Italia y ahora Grecia, acuden a los tecnócratas para que rescaten el barco casi hundido. ¿Tienen los tecnócratas esa capacidad de rescate? Si fuera así, ¿por qué no prescindir de los políticos y quedarnos con los tecnócratas?

En importantes cursos que lleva a cabo el PLN, el Lic. Francisco Morales, ha dicho, muy enfáticamente, que los tecnócratas no pueden tomar el lugar de los políticos. Una opinión ciertamente autorizada, en virtud de su vasta experiencia de exministro varias veces, y exdiputado otras cuantas, reforzada por una sólida formación académica y personal. Nos dijo don Chico, que el tecnócrata no tiene la sensibilidad y formación que esta actividad demanda. Una posición ciertamente contraria a la que impulsan países como Italia y Grecia.

¿Quién tiene la razón? ¿Podrán los tecnócratas hacer lo que los políticos no han podido en países como el nuestro: llevarnos a un desarrollo que es tanto equitativo cual eficiente? Primero, en nuestro caso debemos recordar que la democracia, manejada principalmente por políticos, nos ha dado un rica institucionalidad y además niveles de bienestar excepcionales para Centro América y uno de los mejores del continente. Sin embargo, un 35% de nuestra población se encuentra en vulnerabilidad ¿Habrá alguna opción para llegar a niveles de desarrollo sin este tipo de exclusión?

En realidad no se trata de políticos vs tecnócratas, sino de dilucidar una confusión propia de nuestros sistemas políticos, principalmente en nuestro ordenamiento republicano. Para poner las cosas en su correcta dimensión revisemos las funciones, política y tecnocrática.

La primera es obvia, porque hemos visto a los políticos haciendo política y sabemos de qué se trata. Su función parte del proceso electoral, que tiene sus propias demandas, especialmente una sensibilidad particular para entender lo que piensa la gente y cómo percibe sus propias necesidades; mucha capacidad de comunicación, en un estilo que sea comprensible para distintas inteligencias; articular las ideas resultantes en la forma de estrategias que el Gobierno deberá llevar a cabo cuando y si accede al poder político; y llevar a cabo un segundo proceso de comunicación, mucho más complejo, ante una diversidad y multiplicidad de actores, para persuadir a organizaciones, grupos e individuos con intereses contrapuestos, de que dichas estrategias constituyen la mejor opción posible para el bienestar de todos.

Si examinamos las competencias del político y la naturaleza de su función, al menos de la mayoría de los casos, hay correspondencia y coherencia. En el político generalmente encontramos las cualidades y habilidades necesarias para el buen ejercicio de esta función. Sin embargo, hay un indicador negativo: la mayoría de nuestros países adolecen de políticas públicas o de Estado. Esto ocurre principalmente porque el político asume otras funciones, de carácter técnico, las cuales constituyen un pesado fardo y para las que no tiene competencia.

Pero pasemos ahora a la función tecnocrática. Las estrategias (política pública) a que nos referimos en el párrafo trasanterior requieren para su ejecución desarrollar planes y programas y ejecutarlos para obtener determinados resultados, de los cuales depende, en buena parte, el bienestar de toda la población. Esta es la tarea del tecnócrata, que demanda ciertos requisitos profesionales especializados, una visión que va más allá del período de gobierno, porque las instituciones tienen permanencia; estabilidad en los cargos de gerencia, sujetos a la calidad del desempeño; y una motivación que no responde a compromisos electorales, sino a la naturaleza de las estrategias y las metas que se deriven de ellas. Es importante destacar que se trata de procesos complejos, propios de instituciones grandes, en nuestro caso como el MOPT, el MEP, el ICE o la CCSS.

Las crisis cíclicas que enfrentamos son producto de la falta del tecnócrata en la segunda función. Es decir, de un profesional (o profesionales) con los conocimientos y el manejo de la tecnología propia de cada organización, nombrado por tiempo indefinido, mientras dure la excelencia de su desempeño y con la capacidad y carácter para dotar de personal y otros recursos en función de objetivos y siempre buscando el menor costo posible. Las crisis se producen porque el político actúa con motivación política y eso implica respuesta a los requerimientos de otros políticos y a los compromisos electorales adquiridos o incluso futuros, como una forma de mantener y acceder al poder. Por otra parte, resulta natural que el funcionario, que no tiene conciencia de costos y percibe los recursos públicos como parte de un entorno institucional –no tienen un propietario que los defienda- se organice y utilice la huelga como mecanismo de presión para aumentar indefinidamente sus privilegios. Estos, entre más voluminosos, ofrecerán mayor resistencia al cambio, lo que implica que la crisis se alimenta a sí misma.

De nuevo, ¿qué necesitan nuestras democracias para llevar bienestar a todos, a costos que los países puedan sufragar: políticos o tecnócratas? Reiteramos, el problemas no es unos contrapuestos a otros. Se trata de diferenciar la función política, la cual debe permanecer en las manos de los políticos. Y la función técnica, para la cual los políticos no tienen competencias y debe ser asignados a tecnócratas profesionales. Pueden ser, si el modelo lo permite, elementos y funciones complementarias.