La Operación Río Negro: Prólogo

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PRÓLOGO.

Walter Kellerman, el renombrado director del Centro de Investigación de Genética y Avanzada caminó tambaleándose por los pasillos que llevaban hasta su oficina. Sus manos llenas de sangre se aferraban a las paredes del edificio y eran la prueba exacta de que lo que acababa de observar no era parte de un terrible sueño. Era real. Había sucedido.

– Tengo que llegar hasta mi oficina… –repetía con insistencia para darse las fuerzas necesarias para lograr su objetivo. Sabía que era su única salvación–. Esto no puede estar sucediendo. No es posible que realmente me esté pasando.

Aquel hombre de cincuenta y tres años sacó con desesperación la tarjeta que encontraba en la parte de afuera de su maletín, la introdujo en la cerradura de seguridad y se apresuró a activar el escaneo de identidad.

– Bienvenido –la dulce voz del simulador virtual de reconocimiento, patentado por el Instituto, le resultaba por primera vez desesperante al hombre que había diseñado el actual sistema de seguridad–. Por favor proceda a la identificación de retina.

– ¡Estúpida máquina del demonio! –refunfuñó mientras ponía su ojo en el identificador láser– tan solo abre la maldita puerta… ¡Por favor!… ¡Abre la maldita puerta!

– Verificación de datos completada –una luz verde parpadeo en la cerradura y un leve pitido dio la alerta– Bienvenido Dr. Kellerman. Que tenga un buen día.

La puerta metálica finalmente se abrió. Al instante y sin ninguna orden previa el sistema de corriente se activó y la oficina se llenó de luz. Kellerman corrió abatido hasta el final de su oficina y arremetió contra el cuadro que estaba sobre la pared. Con sus manos arrancó la pintura de la pared, esa que le había costado una fortuna a su esposa, hasta encontrarse con la caja de seguridad donde guardaba su más preciado secreto.

– No permitiré que puedan llegar hasta ella –el doctor sacó la llave maestra y digitó rápidamente la contraseña sobre el tablero–. Nadie la apartara de mí. ¡Nadie!

El cajoncillo secreto se abrió y Walter contempló con deleite su proyecto insignia. En una pequeña caja negra se encontraba su máxima creación. El trabajo de toda su vida.

– Entrégamela –dijo una voz muy cerca de él.

Un escalofrió llenó el cuerpo de director. “Está viva” pensó con terror. “No puede ser posible, yo la vi morir… ¡La vi morir!”. El pánico se apoderó de él. Kellerman permaneció inmóvil como una estatua frente a su bóveda. Lentamente movió su cabeza hacia atrás. Lo que sus ojos vieron detrás de él hizo que se le congelara la sangre. “Imposible” pensó. “Esto no puede estar sucediendo… yo la vi morir”.

Continuará…

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